domingo, 13 de mayo de 2012

Sabina Berman - Peña/ Putin



Tenía fama de disciplinado y maleable. Era joven y bien parecido. La imagen de una Patria joven y exitosa, decían sus patrocinadores. Se había formado en una esquina del sistema político. Ahí donde la democracia no había llegado todavía. Una esquina donde todavía operaban los mecanismos autoritarios del pasado y desde donde se miraba a la democracia y su fragmentación de los poderes como un caos que avanzaba en lentos oleajes destructivos por el resto del país.

Vladimir Putin o Enrique Peña Nieto. Uno formado en la policía secreta rusa. El otro en Atlacomulco, Estado de México. Uno formado entre policías duros y estrictos, creyentes ciegos en las razones de la dictadura comunista y ejecutores de su esencia: la abolición de los derechos del individuo. El otro formado en los jardines de las casas y las oficinas de los gobiernos de los mandamases del Estado de México, varios de los cuales trascendieron a ser operadores principales de la dictablanda mexicana del siglo XX. Carlos Hank González, Alfredo del Mazo, Arturo Montiel. Todos ellos padrinos políticos del joven Enrique, todos ellos enriquecidos fabulosamente al ejercer la esencia de aquella dictadura de formas casi siempre laxas: la cooptación, el soborno, la negociación de intereses, el lenguaje de la simulación.

Cuentan que a Boris Yeltsin los oligarcas de la televisión le acercaron al joven Putin para que lo nombrara su nuevo presidente, (Yeltsin sería el primer ministro), asegurándole lo antes escrito. Era maleable y disciplinado. No tenía ideas propias. Incluso armar una frase larga le era un problema. Y su galanura enfundada en trajes europeos le daría un sello de éxito al gobierno. Al mes de ascender al poder, Putin demostró que tras su fachada tiesa y monosilábica escondía habilidades poderosas.

Mandó explotar varios edificios en Moscú para sembrar el terror y hacerse de las riendas del poder. Su combate a los rebeldes chechenios fue inmisericorde y le procuró el control militar del país. Le irritó el reporte de sus errores que hizo la prensa libre y expropió una a una las televisoras. El hombre más rico de Rusia le presentó un estudio que documentaba cómo la corrupción del Estado empantanaba la economía y ahora aquel oligarca se pudre en una cárcel.

Putin puso así remedio a las dificultades de la incipiente democracia rusa: dio marcha atrás en cada medida democrática: reconcentró el poder en sí mismo, el nuevo dictador.

No hay favor más grande que se le ha hecho a Enrique Peña Nieto que caricaturizarlo como un joven bien parecido y sin capacidades. Un copete con aire abajo, para citar a un analista político. Un galán de telenovela que sólo puede seguir un guión escrito por otros, para citar a otro. El elegido de las televisoras para aparentar gobernar mientras ellos gobiernan a México, para parafrasear a Andrés Manuel López Obrador. El problema con esta caricatura, es que los hechos la contradicen.

Hace por lo menos cuatro años, como gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto empezó a preparar su candidatura para la Presidencia con un plan de alcances nacionales que ha venido cumpliendo metódicamente. Desde hace ya tres años, gracias a controlar a una tercera parte de los legisladores, en el Congreso nacional nada se ha aprobado sin su autorización. Accedió a la candidatura del PRI sin necesidad de elecciones, desplazando a los otros aspirantes a los sitios que negoció con ellos. Más que el elegido de las televisoras, Peña Nieto es quien ha pactado con ellas mejores ventajas, entre las que se encuentra la inclusión de sus operadores entre los legisladores del PRI o el PVEM, partido que ahora también controla.

Sus métodos no son para nada los de Putin, ni podrían serlo: los de Putin son los de la dictadura rusa, los de él los más gentiles y elásticos de la dictablanda mexicana. Cuando se descubrió que el presidente del PRI había sustraído cientos de miles de millones de pesos del presupuesto del estado de Coahuila, Peña Nieto lo solucionó con elegancia: se simuló una renuncia pero el presunto criminal no fue presentado ante la ley. Cuando su tío Arturo Montiel, enriquecido durante su mandato como gobernador del Edomex en 600 millones de dólares, se acercó con sonrisa triunfal a la campaña de su sobrino, Peña hizo lo propio: Montiel desapareció de cámaras pero no fue llevado ante ningún juez. Se deslindó de la vilipendiada Elba Esther Gordillo, pero se sabe que el sindicato que ella preside trabaja para él en la campaña. El impopular “Niño Verde” no aparece con él en las fotografías, pero recibe sus órdenes.

Gentileza y disciplina. Eficacia y negociación. Ausencia de ley y en su lugar más negociación y justicia discrecional. Enrique Peña Nieto ha reiterado cien veces que como Presidente respetaría el sistema democrático. Todavía más, en su proyecto de país, publicado recientemente, ha prometido solucionar algunas de las urgencias de nuestra democracia: la implementación del respeto a la ley, la autonomía de los jueces y el fin de la corrupción.

O bien las promesas de Peña Nieto están redactadas en el dialecto de la tradicional simulación priísta, o para cumplirlas, de ser Presidente, tendría que darle la espalda a su biografía.

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Anabel Hernández - EU gira orden de aprehensión contra hijo de Martha Sahagún



Después de vivir una larga temporada en Texas, Manuel Bribiesca Sahagún, quien estuvo implicado en numerosos negocios turbios durante el sexenio de su padrastro, Vicente Fox, regresó a Guanajuato hace un par de años. Ahí, al amparo de su madre, Marta Sahagún, lleva una vida de lujos y excesos y aparenta que no tiene problemas. Sin embargo, el hijastro del expresidente panista tiene un grave problema en Estados Unidos: el gobierno de ese país giró una orden de aprehensión en su contra, que está a la espera de ser cumplimentada, por un caso de fraude que ya fue investigado y documentado por el FBI.



MEXICO, DF, 12 de mayo (proceso).- Un secreto hasta ahora muy bien guardado tiene en vilo el futuro de la familia de Marta Sahagún, esposa del expresidente Vicente Fox. Cuando se pensaba que el primer presidente panista y la gente que lo rodea habían librado la prueba de fuego –luego de varios años de ser blanco de señalamientos por presunto tráfico de influencias, enriquecimiento inexplicable y corrupción–, una acusación en Estados Unidos contra Manuel Bribiesca Sahagún reabre una vieja herida.

En el expediente criminal 08CR4274-JAH abierto en diciembre de 2008 en la Corte de Distrito Sur de California –del cual tiene copia Proceso– se le imputan cuatro cargos al hijo de Marta Sahagún: fraude electrónico, conspiración, complicidad y encubrimiento.

La responsable de iniciar la denuncia fue la fiscal federal Karen P. Hewitt y la acusación recayó en la corte del juez John A. Houston.

En México, durante 2005 y 2006 la Cámara de Diputados investigó los presuntos actos de corrupción de Manuel Bribiesca Sahagún y de su hermano Jorge Alberto cometidos en el sexenio de su padrastro, Vicente Fox. Investigaciones de periodistas y del Congreso permitieron descubrir los negocios de Manuel en Petróleos Mexicanos (Pemex): Disponiendo de información privilegiada, el hijo mayor de Marta Sahagún actuó como intermediario de las empresas Oceanografía y Arrendadora Ocean para la obtención de importantes contratos con Pemex Exploración y Producción.

También se reveló que obtuvo jugosas ganancias cuando compró a un precio por debajo del real inmuebles subastados por el Servicio de Administración y Enajenación de Bienes. Y gracias a las quejas de vecinos de la colonia Rinconada San Jorge de Celaya, Guanajuato, se supo que estafó a muchas familias vendiéndoles casas de interés social de pésima calidad a través del Infonavit. Además se descubrió cómo había solicitado a la Sociedad Hipotecaria Federal créditos con garantías ya comprometidas.

En el caso de México, pese a las irregularidades detectadas por la Cámara de Diputados y las denuncias penales presentadas contra Manuel Bribiesca Sahagún ante la Procuraduría General de la República, él ha gozado de impunidad durante los dos sexenios panistas.

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CACAROOOO!!! SEGUNDA FUNCIÓN.

Chicogrande
2010
País: México
Director: Felipe Cazals
Chicogrande


Sinopsis
Pancho Villa, después de la frustrada invasión a Columbus, emprende la retirada y en Ciudad Guerrero es herido en una pierna por tropas carrancistas. Los estadounidenses en territorio mexicano inician una persecución masiva para capturarlo vivo o muerto. Villa se refugia en la sierra, en lo más profundo de las montañas. Chicogrande, un joven villista, tiene el encargo de conseguir asistencia médica y no duda en sacrificar su propia vida para lograrlo.





UN POEMA DE:

María Elena Walsh
(1930-2011)
Como la cigarra.

Tantas veces me mataron, 
tantas veces me morí, 
sin embargo estoy aqui 
resucitando. 
Gracias doy a la desgracia 
y a la mano con puñal 
porque me mató tan mal, 
y seguí cantando. 

Cantando al sol como la cigarra 
después de un año bajo la tierra, 
igual que sobreviviente 
que vuelve de la guerra. 

Tantas veces me borraron, 
tantas desaparecí, 
a mi propio entierro fui 
sola y llorando. 
Hice un nudo en el pañuelo 
pero me olvidé después 
que no era la única vez, 
y volví cantando. 


Tantas veces te mataron, 
tantas resucitarás, 
tantas noches pasarás 
desesperando. 
A la hora del naufragio 
y la de la oscuridad 
alguien te rescatará 
para ir cantando. 





Serenata para la tierra de uno.

Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy, 
por todo y a pesar de todo, mi amor, 
yo quiero vivir en vos. 

Por tu decencia de vidala 
y por tu escándalo de sol, 
por tu verano con jazmines, mi amor, 
yo quiero vivir en vos. 

Porque el idioma de infancia 
es un secreto entre los dos, 
porque le diste reparo 
al desarraigo de mi corazón. 

Por tus antiguas rebeldías 
y por la edad de tu dolor, 
por tu esperanza interminable, mi amor, 
yo quiero vivir en vos. 

Para sembrarte de guitarra, 
para cuidarte en cada flor 
y odiar a los que te castigan, mi amor, 
yo quiero vivir en vos.




Francisco Hinojosa - A los pinches chamacos.

Francisco Hinojosa
(1954)
A los pinches chamacos.


Soy un pinche chamaco. Lo sé porque todos lo saben. Ya deja, pinche chamaco. Deja allí, pinche chamaco. Qué haces, pinche chamaco. Son cosas que oigo todos los días. No importa quién las diga. Y es que las cosas que hago, en honor a la verdad, son las que haría cualquier pinche chamaco. Si bien que lo sé.

Una vez me dediqué a matar moscas. Junte setentaidós y las guardé en una bolsa de plástico. A todos les dio asco, a pesar de que las paredes no quedaron manchadas porque tuve el cuidado de no aplastarlas. Sólo embarré una, la más gorda de todas. Pero luego la limpié. Lo que menos les gustó, creo, es que las agarraba con la mano. Pero la verdad es que eran una molestia. Lo decía mi mamá: pinches moscas. Lo dijo papá: pinche calor: no aguanto a las moscas: pinche vida. Hasta lo dije yo: voy a matarlas. Nadie dijo que no lo hiciera. En cuanto se fueron a dormir su siesta, tomé el matamoscas y maté setentaidós. Concha me vio cómo tomaba las moscas muertas con la mano y las metía en una bolsa de plástico. Les dijo a ellos. Y ellos me dijeron pinche chamaco, no seas cochino. En vez de agradecérmelo. Y me quitaron el matamoscas y echaron la bolsa al cesto y me volvieron a decir pinche chamaco hijo del diablo.

Yo ya sabía entonces que lo que hacía es lo que hacen todos los pinches chamacos. Como Rodrigo. Rodrigo deshojó un ramo de rosas que le regalaron a su madre cuando la operaron y le dijeron pinche chamaco. Creo que hasta le dieron una paliza. O Mariana, que se robó un gatito recién nacido del departamento 2 para meterlo en el microondas y le dijeron pinche chamaca.

Los pinches chamacos nos reuníamos a veces en el jardín del edificio. Y no es que nos gustar ser a propósito unos pinches chamacos. Pero había algo en nosotros que así era, ni modo. Por ejemplo, un día a Mariana se le ocurrió excavar. Entre los tres excavamos toda una tarde: no encontramos tesoros: ni encontramos piedras raras para la colección: ni siquiera lombrices. Encontramos huesos. El papá de Rodrigo dijo: pinche hoyo. Y la mamá: son huesos. Vino la policía y dijo que eran huesos humanos. Yo no sé bien a bien lo que pasó allí, pero la mamá de Mariana desapareció algunos días. Estaba en la cárcel, me dijo Concha. Rodrigo escuchó que su papá había dicho que ella había matado a alguien y lo había enterrado allí. Cuando volvió, supe que todos éramos unos pinches chamacos metiches pendejos. Rodrigo me aclaró las cosas: la policía pensaba que ella había matado a alguien pero no, se había salvado de las rejas. ¿Qué son las rejas?, pregunté. La cárcel, buey.

Ya no volvimos a jugar a excavar. Tampoco pudimos vernos durante un buen tiempo. A mí, mis papás me decían que no debía juntarme con ellos. A ellos les dijeron lo mismo, que yo era un pinche chamaco desobligado mentiroso. A Rodrigo le dieron unos cuerazos.

Tiempo después, cuando ya a nadie le importó que los pinches chamacos volviéramos a vernos, Mariana tuvo otra ocurrencia: hay que excavar más. No ¿qué no ves lo que estuvo a punto de pasarle a tu mamá? No pasó nada, qué, dijo. Para que nadie nos viera, hicimos guardias. Excavamos en otra parte y no encontramos nada de huesos. Luego en otra: tampoco había huesos: pero sí un tesoro: una pistola. Debe valer mucho. Yo digo que muchísimo. A lo mejor con eso mataron al señor del hoyo. A lo mejor. Sí, hay que venderla.

Escondimos la pistola en el cuarto donde guarda sus cosas el jardinero. Rodrigo dijo que él sabía cómo se usan las pistolas. Mi papá tiene una y me deja usarla cuando vamos a Pachuca. Mariana no le creyó. Has de ver mucha televisión, eso es lo que pasa.

Al día siguiente la volvimos a sacar y la envolvimos en un periódico. ¿Cómo la vendemos? ¿A quién se la vendemos? Al señor Miranda, el de la tienda. Fuimos con el señor Miranda y nos vio con unos ojos que se le salían. Nos dijo: se las voy a comprar sólo por que me caen bien. Sí, sí. Bueno. Pero nadie debe saberlo, ¿eh? Nos dio una caja de chicles y cincuenta pesos. El resto de la tarde nos dedicamos a mascar hasta que se acabó la caja.

A la semana siguiente, la colonia entera sabía que el señor Miranda tenía una pistola. La verdad, yo no se lo dije a nadie, sólo a Concha. Y lo único que se le ocurrió decirme fue pinche chamaco. Lo que inventas. O que dices. Tu imaginación. Hasta que el señor Miranda nos llamó un día y nos dijo: ya dejen, pinches chamacos. Dedíquense a otras cosas. Déjense de chismeríos. Pónganse a jugar. Nos dio tres paletas heladas para que lo dejáramos de jorobar.

En esos días, para no aburrirnos, nos dedicamos a juntar caracoles. Nos gustaba lanzarlos desde la azotea. O les echábamos sal para ver cómo se deshacían. O los metíamos en los buzones. En poco tiempo ya no había manera de encontrar un solo caracol en todo el jardín. Luego quisimos seguir juntando piedras raras, pero alguien nos tiró la colección a la basura. O deplanamente se la robó.

Fue entonces cuando decidimos escapar. Fue idea de Mariana.

Me puse mi chamarra y saqué mi alcancía, que la verdad no iba a tener muchas monedas porque Concha toma dinero de ahí cuando le falta para el gasto. Mariana también salió con su chamarra y con la billetera de su papá. Hay que correrle, decía, si se dan cuenta nos agarran. Rodrigo no llevó nada.

Caminamos como una hora. Llegamos a una plaza que ninguno de los tres conocíamos. ¿Y ahora?, preguntó Rodrigo. Hay que descansar, pedí. Yo tengo hambre. Yo también. Vamos a un restaurante. ¿Dónde hay uno? Le podemos preguntar a ese señor. Señor, ¿sabe dónde hay un restaurante? Sí, en esa esquina, ¿qué no lo ven?

Era un restaurante chiquito. Rodrigo nos contó qué él había ido a muchos restaurantes en su vida. La carta, le dijo el señor. Nos trajo hamburguesas con queso y tres cocas. ¿Quién va a pagar?, preguntó el señor. Yo, dijo Mariana, y sacó la billetera de su papá. Está bien. Escuchamos que le decía al cocinero pinches chamacos si serán bien ladrones.

Nos dio las tres hamburguesas y las tres cocas. Comimos. Y Mariana pagó.

Y ahora, ¿qué hacemos? Cállate, me calló Mariana. Mi papá ya debe haberse dado cuenta de que le falta su billetera. ¿Estás preocupada? ¿Por qué?, ya nos fuimos, ¿o no? Sí. Y ahora, ¿qué hacemos? 

Vamos a platicar con el señor Miranda.

Rodrigo hizo parada a un taxi. Llévenos a la calle Argentina. ¿Quién pagará? Mariana le enseñó la billetera. Pinches chamacos le robaron el dinero a sus papás, ¿verdad? ¿Nos va a llevar o no?, le preguntó Rodrigo. Ustedes pagan, dijo.

El taxista nos llevó a unas pocas cuadras de allí. Era una calle solitita. Ahora denme el dinero. No, qué. Miren, pinches chamacos, o me lo dan o los mato. Es nuestro. Se los voy a robar como ustedes lo robaron, ¿verdad? También tu alcancía, me dijo. Yo le di la alcancía. Así es, pinches chamacos. Y ahora bájense.

Pinche viejo, dijo Mariana. Si hubiera tenido la pistola, le doy un balazo, dijo Rodrigo. Deplanamente. Me dan ganas de ahorcarlo. Sin dinero ya no podemos ir a un hotel. Yo he ido a muchos hoteles, dijo Rodrigo. Pero sin dinero… Por qué no vamos con el señor Miranda a pedirle nuestra pistola. Sí, eso es. La pistola. A ver así quién se atreve a robarnos.

Un señor nos dijo hacia dónde quedaba Argentina. Y luego: ¿están perdidos? Sí, un poco perdidos. Sigan derecho, derecho hasta Domínguez, ahí dan vuelta a la izquierda, ¿Me entendieron? ¿Saben cuál es Domínguez? Yo no sabía, pero Mariana dijo que ella sí. La verdad, era un señor muy amable.

Para no hacer el cuento largo, llegamos con el señor Miranda cuando ya era de noche. ¿Y ahora qué quieren?, nos preguntó, ya voy a cerrar. Queremos la pistola. Sí, y que nos venda unas balas. Miren, pinches chamacos, ya les dije que se dejaran de chismes. Tomen un chicle y váyanse. No, la verdad queremos sólo la pistola. Voy a cerrar, así es que lárguense sin chicles, ¿entendieron?

Rodrigo tomó una bolsa de pinole, la abrió y le echó un buen puñado en los ojos al pobre señor Miranda. Pinches chamacos, van a ver con sus papás. El viejito se cayó al piso. Yo me le eché encima de la cabeza y le jalé los pelos. Mientras, Mariana le pellizcaba un brazo con todas sus ganas. Busca la pistola, córrele, le dijimos a Rodrigo. ¿Dónde? Allí abajo. No, no está. Allí, junto a la caja. Suéltenme, pinches chamacos, gritaba. Tampoco, no está aquí. ¿Dónde está, pinche viejo? Si no me sueltan… Aquí está, gritó Rodrigo, aquí está. ¿Dónde estaba? En el cajón.

Y ahora qué. ¿Lo matamos? Mariana se había abrazado de las piernas del señor Miranda para que no se moviera tanto. Ve si tiene balas. Sí, si tiene balas. ¿Le damos un plomazo? ¿Qué es plomazo? Que si lo matamos, buey. Sí, mátalo. Pinches chamacos…

El ruido del disparo fue horroroso, yo pensaba que los balazos no sonaban tanto. Al pobre del señor Miranda le salió mucha sangre de la cabeza y se quedó muerto. ¿Está muerto? Pues sí, ¿qué no te das cuenta? Ya ven cómo sí sé disparar pistolas. Puta, dijo Mariana. Sí, puta.

Vámonos antes de que llegue alguien. Nos fuimos por Argentina, derechito, corriendo a todo lo que podíamos. Hasta que llegamos cerca de la escuela de Rodrigo. Pinche chamaca, dijo una señora con la que se tropezó Mariana, fíjate.

No sé cómo lo hizo, pero Rodrigo sacó rapidísimamente la pistola y le dio un plomazo en la panza. La señora cayó al piso y empezó a gritar. No está muerta, le dije, tienes que darle otro plomazo. Rodrigo le dio otro plomazo en la cabeza.

Ahora sí, comprobó Mariana, está fría. ¿La tocaste o qué? Está muerta, buey.

Al parecer, otros oyeron el ruido del balazo porque la gente se juntó alrededor de la muerta. Rodrigo se había guardado ya la pistola en la bolsa de su chamarra.

¡Llamen a una ambulancia! ¡Llamen a la policía! ¡Llamen a alguien! ¡La mataron! Yo creo que fue un balazo. ¿Ya le tomaron el pulso? Yo lo oí. Salí corriendo de la casa a ver qué pasaba y me encuentro con que… Yo vi correr a un hombre. Llevaba una pistola en la mano. Debes atestiguar. Claro, nomás venga la policía. No, no respira. Quítense, pinches chamacos, qué no ven que está muerta. No hay seguridad en esta colonia. Es un pinche peligro. ¿Le robaron la bolsa? Sí, yo vi que el hombre corría con la pistola y la bolsa de la señora. Era una bolsa blanca… ¿Qué no oyeron, pinches chamacos metiches? Si sus papás los vieran haciendo bulto… Eran dos, llevaban pistolas y la bolsa… Yo la conozco es Mariquita, la de don Gustavo. Lo triste que se va a poner el hombre.

En cuanto oímos el ruido de las sirenas, Mariana dijo mejor vámonos, podemos tener problemas.

No debimos matarla, les dije mientras caminábamos hacia la avenida. Fue culpa de ella. Además, así son las cosas, a mucha gente la matan igual, en la calle, con pistola. No debes preocuparte. Dicen que te vas al cielo cuando te matan a balazos. Sí, es cierto, yo ya había oído eso. ¿Tú crees que el señor Miranda se vaya al cielo? Claro, tonto.

Mariana le hizo la parada a un taxi. ¿A dónde vamos? No tenemos dinero para pagarle. Ay, qué ingenuo eres, me dijo. A la calle de López, dijo Rodrigo. ¿Cuál calle de López? ¿Saben qué hora es? No, le dije. Son las diez. ¿Nos va a llevar o no?, le preguntó Mariana. Miren, pinches chamacos, si sus papás los dejan andar a estas horas tomando taxis no es mi problema, así es que largo, largo de aquí. Rodrigo sacó la pistola y le apuntó a la cara. Ah, pinche chamaco, además te voy a dar una paliza por andarme jodiendo.

Y cuando le iba a quitar la pistola, Rodrigo disparó el plomazo con las dos manos. Le entró la bala por el ojo. Lo mandamos derechito al cielo, qué duda.

Yo sé manejar, dijo Rodrigo. Pero no fue cierto, en cuanto pudimos hacer a un lado al taxista, Rodrigo trató de echar a andar el coche y no pudo. Debes meterle primera. Ya sé; ya sé. Déjame a mí, dijo Mariana. Se puso al volante, metió la primera y el coche caminó un poco, dando saltos. Mejor vamos a pie, les dije. Sí, este coche no funciona muy bien.

Antes de abandonar el taxi, Rodrigo esculcó en los bolsillos del taxista hasta que encontró el dinero. Hay más de cien pesos. Quítale también el reloj. Luego lo vendemos. Mariana guardó el dinero, yo me puse el reloj y Rodrigo se escondió la pistola en la chamarra.

En el hotel fue la misma bronca, que si dónde están sus papás, que si saben qué hora es, que si un hotel no es para que jueguen los chamacos, que si alquilar un cuarto cuesta, que dónde está el dinero. Váyase a la chingada, dijo Rodrigo alfinmente, y todos echamos a correr.

Caminamos un rato hasta que Mariana tuvo una buena idea. Ya sé, podríamos ir a dormir a casa de la señora Ana Dulce. ¿Con esa pinche vieja? Sí, buey, dijo Rodrigo, nos metemos en su casa, le damos un plomazo y nos quedamos allí a dormir. Puta, que si es buena idea…

La señora Ana Dulce nos abrió. ¿Qué quieren? ¿Nos deja usar su teléfono?, le dijimos para guaseárnosla. Pinches chamacos, ¿saben qué hora es? Nos metimos a la casa sin importarnos las amenazas de la vieja: voy a llamarle a la policía para decirle que se escaparon de sus casas. Van a ver la cueriza que les van a poner. Vi cómo Mariana discutía con Rodrigo. Ahora me toca a mí. Si tú no sabes… Al parecer ganó Mariana porque tomó el arma y le disparó un plomazo a la señora Ana Dulce. Le dio en una pata. Luego disparó por segunda vez. ¿Qué tal?, dijo, te apuesto a que le di en el corazón. Yo pensaba lo mismo, a pesar de que la vieja chillaba del dolor como una loca y se retorcía en el piso. Al rato se calló.

La guardamos en un clóset. Rodrigo decía que era un cadáver. Luego cenamos pan con mantequilla y mermelada y nos metimos los tres a la cama con la pistola abajo de la almohada.

Durante los siguientes diez días no le dimos plomazos a nadie más. Nos quedaba una bala. Íbamos al parque todas las mañanas y comíamos y dormíamos en casa del cadáver, hasta que el espantoso olor del clóset nos hizo salir corriendo.

Ese día tuvimos la mala suerte de encontrarnos frente a frente con el papá de Mariana. ¡Pinches chamacos!, nos gritó. ¡Cómo los he buscado! ¡Van a ver la que les espera!

Nos esperaba una que ni la imaginábamos… A todos nos agarraron a patadas y cuerazos y cachetadas y puntapiés. Yo oía cómo gritaban Mariana y Rodrigo. MI mamá me dio un puñetazo en la cara que me sacó sangre de la nariz, y mi papá, un zopaco en la boca que casi me tira un diente. Por más que lloraba, no dejaban de darme y darme como a un perro.

Tardé un poco en dormirme. Pero en un ratito me desperté con el ruido de un plomazo. Ya Rodrigo debe haberse echado a sus papás, pensé. Luego se empezaron a oír gritos. Mis papás se despertaron también y corrieron a la puerta para ver qué pasaba.

La mamá de Rodrigo gritaba: ¡Lo mató, lo mató, lo mató! ¡El pinche chamaco lo mató! Cálmese, señora, quién mató a quién. Rodrigo salió en ese momento con la pistola en la mano. Córrele, me dijo a mí, antes de que nos agarren. Esto es la guerra. ¿Y Mariana?, le pregunté. Hay que ir por ella. No, qué, córrele.

Y sí: corrimos a madres. Fue un alivio encontrarnos con nuestra amiga en la calle. Ya se echó a sus papás, le anuncié. Puta, dijo Mariana, eso me imaginé. Y nos echamos a correr como si nos persiguiera una manada de perros rabiosos. No paramos hasta que Rodrigo se tropezó con una piedra y fue a dar al suelo. Le salía sangre de la cabeza.

Qué madrazo me di, nos dijo medio apendejado. Y sí que era un buen madrazo. Hasta se le veía un poco del hueso.

Los tres teníamos la piyama puesta y ellos dos estaban descalzos. Sólo yo tenía puestos los calcetines. ¿Me los prestas un rato?, me pidió Mariana, está haciendo mucho frío. Se los presté.

¿Y ahora qué hacemos? Ni modo que volver a casa del cadáver. Todavía tenemos la pistola, ¿o no?, podemos meternos a una casa y matar a quien nos abra. No seas buey, eso está cabrón. Además ya no tenemos balas. ¿Cómo se te ocurre que ahorita alguien nos va a abrir la puerta? Es cierto, somos unos matones. No es por eso.

Me dieron ganas de orinar del frío que estaba haciendo. Una parte me hice en los calzones y otra sobre la llanta de un coche. Pinche cochino, me dijo Mariana. A Rodrigo le dio risa.

Caminamos un rato hasta que nos encontramos con una casa que tenía las ventanas rotas. Debe estar abandonada. Seguro. Terminamos de romper uno de los cristales y nos metimos. Estaba oscurísimo. 

Encontramos un cuarto en el que se metía un poquito de la luz de la calle. Hicimos a un lado los escombros y nos echamos al piso, muy juntos para tratar de calentarnos, hasta que nos quedamos dormidos, alfinmente dormidos.

A la mañana siguiente, con los huesos adoloridos, desperté a los otros. Pudimos ver ahora sí el cuarto en el que habíamos dormido. Estaba muy húmedo y sucio. Había latas vacías de cerveza, colillas de cigarros, bolsas de plástico, cáscaras de naranja y cantidad de tierra. Olía a puritita mierda.

Mariana tiritaba de frío, aunque estaba calientísima. Es calentura, estoy seguro, les dije. Un calenturón como para llamar al doctor. Cuál doctor, se encabronó Rodrigo. ¿Qué sientes?, le pregunté. Ella ni contestó. Sólo tiritaba y tiritaba.

Hay que comprar aspirinas. Es cierto, le dije. Rodrigo se ofreció a buscar una farmacia mientras yo cuidaba a Mariana.

Esperamos horas y horas hasta que a Mariana se le quitó la temblorina. Cuando me dijo que ya se sentía bien le expliqué que Rodrigo había ido a buscar una farmacia para comprarle aspirinas y que todavía no regresaba. Pues ya se tardó. Claro que ya se tardó. Algo debe haberle pasado.

Lo buscamos hasta que nos perdimos y ya no sabíamos cómo regresar a la casa donde habíamos dormido. Teníamos un hambre espantosa. Y sin dinero. Y sin pistola. Y sin casa donde nos dieran de comer.

Lo demás fue idea de Mariana. En un semáforo nos pusimos a pedir dinero a los conductores de los coches. Cuando llenamos los bolsillos de monedas las contamos: eran nueve pesos con veinte centavos. En una tienda compramos dos bolsas de papas y dos refrescos.

Después de comer nos acostamos en el pastito del camellón. Durante mucho tiempo nos pusimos a hablar de Rodrigo. ¿Qué le había pasado? Sabe. ¿Lo habrá agarrado la policía por matar a sus papás? A lo mejor sólo está perdido. Como nosotros. O quizá lo agarraron cuando quiso matar al de la farmacia. ¿Cómo, si no tiene balas? O lo atropellaron. Quién sabe. O le dieron un plomazo por metiche.

Se hizo de noche y no teníamos dónde dormir. No nos quedó otra más que preguntar por la calle de López para ir a casa de la señora Ana Dulce. Aunque oliera feo, al menos habría una cama.

Tardamos como dos horas en llegar. Afuera de la casa de la señora Ana Dulce había un policía. Yo creo que… Sí, sí, no necesitas explicarme nada. ¿Qué hacemos? Puta, ahora sí me la pones canija.

Nos metimos a dormir a un terreno baldío en el que había ratas. Puta madre que estoy seguro. La pasamos delachingadamente.

Despertamos mojados y con el pelo hecho hielitos. Teníamos un hambre espantosa. Y si vamos a la casa. ¿Qué dices? No ves que Rodrigo se echó a su papá. Pues Rodrigo es Rodrigo. A lo mejor ahorita ya está muerto.

Concha fue la primera en vernos: pinches chamacos, van a ver la que les espera.

Y es cierto: la que nos esperaba… Pero, con el carácter de Mariana, tampoco se imaginaron nunca la que les esperaba a ellos.

Leído en: https://lastresyuncuarto.wordpress.com/2009/10/06/francisco-hinojosa-a-los-pinches-chamacos/

EL EREMITA ASTUTO.



Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y su rostro aparecía surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida. Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un lirio. Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos. Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego. La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino.

El ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya. Cuando llegó el emisario de la muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo.

Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo acontecido. Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión. Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño.

De nuevo, el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario. En unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya. El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales. Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:

–Muy bien, pero que muy bien. !Qué gran proeza! Y tras un breve silencio, agregó:

–Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo. Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:

–¿Cuál?

Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la muerte.

*El Maestro dice: El ego abre el camino hacia la muerte y nos hace vivir de espaldas a la realidad del Ser. Sin ego, eres el que jamás has dejado de ser.

Tomado de “Cuentos Clásicos de la India” recopilados por Ramiro Calle.

Leído en: http://es.scribd.com/doc/64467643/101-cuentos-clasicos-de-la-India

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