jueves, 18 de diciembre de 2014

Eduardo Ruiz Healy - El fin de 53 años de enfrentamientos

Fidel Castro traicionó a la Revolución Cubana y al pueblo cubano porque después de derrocar al dictador Fulgencio Batista, el 1 de enero de 1959, olvidó rápidamente sus promesas de instaurar un régimen democrático en la isla cuyos habitantes nunca han vivido bajo un régimen verdaderamente democrático. Y no solo traicionó de esa manera a sus compatriotas, ya que el 2 de diciembre de 1961se declaró marxista-leninista, después de negar serlo durante años, e instauró un régimen de tipo soviético que eliminó la propiedad privada y los derechos políticos de los cubanos.
Estados Unidos jugó un papel importante para empujar a Castro a los brazos de la Unión Soviética. Después de ver que no sería un títere más como lo fueron la mayoría de los gobernantes cubanos que lo precedieron, el gobierno del entonces presidente estadunidense John Kennedy trató de derrocarlo de diversas maneras, incluida la absurda, injustificada y fracasada invasión de Bahía de Cochinos, realizada el 17 de abril de ese año.







Pese a instaurar un régimen político dictatorial y un sistema económico comunista que a todas luces ha fracasado, Fidel se convirtió en el héroe de la izquierda latinoamericana, la mexicana incluida, sólo porque se atrevió a no seguir los dictados del Tío Sam, algo que pocos gobernantes de la América Hispana se habían atrevido a hacer hasta 1959. Imposible imaginar la emergencia de gobernantes de izquierda como Chávez, Maduro, Morales, Ortega o Correa sin el ejemplo que les dio Castro en 1961 y los siguientes 53 años.

Desde 1961 la relación entre Estados Unidos y Cuba fue de mal en peor. La situación llegó a un punto peligrosos para toda la humanidad en octubre de 1962, cuando ocurrió la crisis de los misiles, que de no resolverse como se resolvió hubiera muy posiblemente terminado en un intercambio de misiles nucleares entre Estados Unidos y la Unión Soviética.

En resumen, durante 53 años la principal potencia económica y militar del mundo y la débil nación caribeña han sostenido una guerra ideológica, alimentada en parte por el poderoso lobby cubano-estadunidense que desde Miami ha influido en la política de Estados Unidos hacia el régimen de Fidel Castro, primero, y el de su sucesor y hermano, Raúl Castro, desde 2008 en que heredó el poder de su hermano.

Y en esta absurda confrontación, que tuvo sus orígenes en un mundo muy diferente al de hoy, nadie ganó. Estados Unidos perdió prestigió ante el mundo y los Castro aprovecharon la situación para justificar su permanencia en el poder.

Por eso debe ser bien recibida y aplaudida la decisión que ayer anunciaron el presidente estadounidense Barack Obama y el dictador en turno de Cuba, Raúl Castro, de normalizar las relaciones entre sus respectivos países. Ambos pasarán a la historia como hombres pragmáticos que dejaron la ideología de lado y aceptaron la realidad tal como es.
 

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