domingo, 22 de febrero de 2015

Denise Dresser - Joyas por espejitos


En un país de instituciones de peltre, el Instituto Federal Electoral había sido
una institución de oro. En un país en el cual la conanza había sido un bien es-
caso, el IFE la había generado. En México las autoridades electorales durante años
provocaban risa; después produjeron respeto. En México los que vigilaban el proce-
so electoral solían ensuciarlo; entre 1997 y hasta el 2006 aseguraron su limpieza. El
IFE se convirtió en la única joya de la corona, la fuente solitaria de orgullo, la diade-
ma de la democracia. Lamentablemente el PRI y el Partido Verde se han embolsado
el oro ciudadano y han otorgado espejitos a cambio: un Instituto Nacional Electoral
que ya no asegura la equidad y la limpieza. Ayuda a sabotear ambas.





En la transición del IFE al INE las elecciones se han vuelto, de nuevo, una actividad 
exótica, extraterrestrse. Otra vez, en ellas participan mapaches y ratones locos, alquirnistas
y sus allegados. Las irregularidades que habían sido la excepción se han vuelto otra vez la regla. Las
contiendas producen la alternancia pero también la permanencia de las peores
trampas -como Monex y Soriana-, sobre todo en los estados. Hoy el INE contribuye
a preservar el sistema político ensuciándolo. Permite que partidos como el Verde
Ecologista violen la ley y tan sólo reciban una suave “amonestación”. Permite que
los gobernadores violen el principio de equidad a través de la publicidad. Permite
la regresión.

Y es una lástima. Cambiar la cultura del fraude y las prácticas que produjo re-
quirió -parafraseando a Churchill- sangre, sudor, lágrimas. Requirió un levantamien-
to indígena, un candidato presidencial asesinado, un país en la frontera del caos,
un presidente dispuesto a sacricar a su partido y pagar el precio por ello. Requirió
mucho dinero de parte de un país pobre. Pero aún más importante: requirió líderes
partidistas más dispuestos a pensar en el futuro del país que en sí mismos. El espec-
tro de la inestabilidad unió en una tarea común -entre 1994 y 1996- a los enemi-
gos más acérrimos: a tirios y a troyanos, a priistas y a panistas, a salinistas y a zedi-
llistas, a quienes querían salvar al sistema y a quienes querían remodelarlo.

Pero hoy el INE ya no está haciendo bien la tarea que le toca, y que va más allá
de limpiar elecciones. vigilar partidos, cuidar urnas. También le corresponde some-
ter a escrutinio lo que hacen el PRI, el PAN, el PRD, el Verde Ecologista y los demás para
llenarlas. Le corresponde crear una cultura de rendición de cuentas entre quienes
preferirían no ser parte de ella. Le corresponde exigir que los partidos comprueben
sus gastos cuando se han resistido a hacerlo. Y airear lo que se ha convertido en
un pozo de podredumbre: millones gastados y no comprobados, cuentas privadas
que esconden recursos públicos, dinero de Pemex que va a parar a las arcas del PRI,
amigos de Peña Nieto y del “Niño Verde" que se vuelven enemigos de la transparencia. 
El INE por mandato debe colocar a los partidos bajo el miscroscopio y descubrir sus
miserias. Debe hacer claro y público que debajo de las elecciones que funcionan bien hay
un inframundo donde el dinero se usa mal. Pero con su actuación reciente revela que no 
está a la altura de las expectativas que generó o de la misión que tiene.

En la era del IFE y de las multas millonarias por el Pemexgate y los Amigos de Fox,
los partidos vivieron en carne propia la autonomía del instituto y no les gustó. Miraron
a los consejeros que eligieron y les pareció que se salieron del huacal. Por eso
ahora, en el INE, quieren árbitros a la medida. Quieren abogados que se dediquen a
interpretar ad nauseam la ley sin aplicarla. Quieren un Consejo General menos echa-
do para adelante y más echado para atrás. Quieren un Consejo General con poca fi-
bra y mucha docilidad. Quieren un Consejo General que resista el cambio en vez de
liderearlo. Y lo han conseguido.

Pero habría que recordarles hoy a los consejeros que ayudan diariamente a la
coalición PRI-PVEM: el INE no es suyo. Es nuestro. No pertenece a los líderes parti-
distas que quisieran apropiarse de él. No pertenece al presidente sino a la población.
Y uno de los grandes triunfos del instituto como lo conocimos alguna vez fue la inauguración
de lo que Guillermo O'Donnell llama la “rendición de cuentas horizontal”. El IFE es una 
autoridad que tiene el mandato de supervisar a otras. Crece cuando lo ejerce. Crece cuando
institucionaliza la transparencia. Crece cuando le salen los dientes y los usa. Crece cuando no preva-
lecen las agendas partidistas y las estrategias ilegales que el instituto no sanciona
con la suciente severidad. Crece cuando cumple las tareas que la ciudadanía le pide
y no las que los partidos le imponen.

El IFE —hoy INE— tenía razones para sentirse orgulloso de sí mismo. Hoy no.
Hoy está en riesgo de perder lo que ha ganado; está en riesgo de retroceder sobre
el camino andado en lugar de proseguir con más ahínco sobre él; está en riesgo
de partidizar el Consejo General en vez de asegurar su imparcialidad; está en riesgo
de colocar en la Comisión de Fiscalización a alguien que cierre los ojos en lugar de
poner el dedo sobre la llaga. Un INE partidizado no va a enfrentar el tema del uso
electoral de los programas sociales. Un INE domesticado no va a atacarlos.

Ahora que el PRI y el Verde Ecologista intentan remodelar al INE para que se
convierta en correa de transmisión de los intereses partidistas en vez de ser valla
ciudadana contra ellos, es necesario decir "no". No a que el Consejo General se tor-
ne un club de amigos del “Niño Verde". No a que los priistas y los verde-ecologistas
apoyen allí a quienes prometan velar por su voluntad. Porque en esta metamorfosis de 
institución autónoma a institución doblegada vernos cómo el PRI y el Partido Verde se 
roban la joya de la corona. Y a cambio nos entregan puros espejitos.


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