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| Cornell Woolrich ( 1903 - 1968 ) |
La ventana indiscreta
No sabía sus nombres. Jamás oí sus voces.
A decir verdad, no los conocía siquiera de vista, puesto que con la distancia que nos separaba me era imposible distinguir sus facciones de un modo preciso. Y, sin embargo, hubiese podido establecer un horario exacto de sus idas y venidas, registrar sus actividades cotidianas y repetir cualquiera de sus hábitos. Me refiero a los inquilinos que veía en torno al patio.
Evidentemente, no resultaba muy discreto por mi parte, e incluso hubieran podido acusarme de espionaje. Pero yo no era del todo responsable, no podía comportarme de otro modo por la sencilla razón de que en aquella época estaba inmovilizado. Trasladarme del lecho a la ventana y de la ventana al lecho era casi lo único que podía hacer. Y, a causa del calor que entonces reinaba, lo que más me atraía de la habitación era, sin la menor duda, su amplio ventanal. Por la noche, como no tenía persianas, debía quedarme a oscuras para escapar a los ataques de los insectos. No había ni que pensar en dormir, porque, acostumbrado a hacer mucho ejercicio, mi forzada inactividad me privó del sueño. En cuanto a buscar un refugio a mi tedio en la lectura, me hubiese resultado muy difícil, puesto que jamás me sentí atraído por esta clase de entretenimientos. Por tanto, ¿qué hacer en esta situación? ¿Podía quedarme allí, inmóvil, con los ojos siempre cerrados?
He aquí por qué, con el único fin de matar el tiempo, me entretenía observando a mis vecinos. Justo enfrente de mí, en un edificio de ventanas cuadradas que se hallaba al otro lado del patio se alojaba una joven pareja de recién casados: creo que ambos habrían preferido morir antes que quedarse en casa una vez anochecido. ¿Adónde iban? Lo ignoraba, pero tenían tanta prisa por salir que invariablemente olvidaban apagar la luz antes de marcharse. Ni una sola vez, estoy bien seguro, ocurrió de otro modo. A decir verdad, no es que lo olvidaran por completo. Era tan sólo que no lo recordaban hasta al cabo de un momento e, invariablemente también, veía al marido regresar a todo correr cuando debían de estar ya en el extremo de la calle, y precipitarse hacia su casa para apagar las luces. Tras lo cual, siempre tropezaba en la oscuridad al salir. Desde luego, aquella pareja resultaba muy divertida.