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domingo, 26 de enero de 2014

Jose Saramago - El Centauro

José Saramago
1922 - 2010

El Centauro

El caballo se detuvo. Los cascos sin herraduras se afirmaron en las piedras redondas y resbaladizas que cubrían el fondo casi seco del río. El hombre apartó con las manos, cautelosamente, las ramas espinosas que le tapaban la visión hacia el lado de la planicie. Amanecía ya. A lo lejos, donde las tierras subían, primero en suave pendiente, como creía recordar, sí eran allí iguales al paso por donde había descendido muy al norte, después abruptamente cortadas por un espinazo basáltico que se convertía en muralla vertical, había unas casas a aquella distancia bajísimas, rastreras, y unas luces que parecían estrellas. Sobre la montaña, que cerraba todo el horizonte por aquel lado, se veía una línea luminosa, como si una pincelada sutil hubiese recorrido las cimas y, húmeda, poco a poco se derramase por la vertiente. Por allí saldría el sol. El hombre soltó las ramas con un movimiento descuidado y se arañó: soltó un ronquido inarticulado y se llevó el dedo a la boca para chupar la sangre. El caballo reculó golpeando las patas, barrió con la cola las hierbas altas que absorbían los restos de la humedad aún conservada en la orilla del río por el abrigo que las ramas pendientes formaban una cortina negra a aquella hora. El río estaba reducido al hilo de agua que corría en la parte más honda del lecho, entre piedras, de trecho en trecho formando charcos donde sobrevivían ansiosos peces. Había en el aire una humedad que anunciaba lluvia, tempestad, seguramente no ese día, sino al siguiente, o pasados tres soles, o en la próxima luna. Muy lentamente el cielo aclaraba. Era hora de buscar un escondrijo, para descansar y dormir.