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martes, 21 de abril de 2015

Manuel Payno - Alberto y Teresa

Manuel Payno
1810 - 1894

Alberto y Teresa

Agosto 14 de 184 ...

Eran las diez cuando te ví por la última vez. La mañana estaba hermosa. El sol, disipando unas ligeras nieblas que se extendían sobre las praderas como un crespón flotante, se levantaba majestuoso y espléndido por encima de las montañas. Los pájaros cantaban y revolaban gozosos, las flores abrían sus cálices, y las gotas de rocio fulguraban como diamantes en las hojas de los naranjos. El cielo azul radiaba con el oro de los rayos del sol; las flores despedían aromas, y el viento traía a su paso los cánticos de los labradores, el balar de las ovejas, el bramar de los toros, y todos esos mil sonidos halagüeños de la anturaleza, cuando bulliciosa y festiva se aparta de los brazos de la noche para bendecir con su voz sublime a los genios de la luz. Y tú estabas allí, Teresa; tú, que con tu cabello entrelazado con anémona y madreselva, con tus mejillas teñidas por el carmín de la juventud y tu vestido blanco como la nieve, parecías el ángel de la mañana, que con su aliento da perfume a los campos, y con sus pequeños dedor rosados abre las azucenas y los jazmines. Tu aliento, Teresa mía, es más suave que el aroma de las flores; tu voz más melodiosa que el canto de los ruiseñores, y tus ojos más bellos que el cielo azul de mi patria. ¿Tú me has oído decir quién era Rafael? Pues bien, si Rafael te hubiera conocido, habría pintado sus vírgenes copiándote a tí. La mañana estaba espléndida; ¿te acuerdas, Teresa? Me tomaste de la mano y ambos bendijimos a la naturaleza; ambos respiramos el soplo que Dios envía al mundo todas las mañanas; ambos vimos a los colibries, esas flores con alas, chupar la miel de las rosas; ambos ... Cuando el hombre es desgraciado, Teresa mía, vienen como genios maléficos a atormentar su mente los recuerdos de los instantes de ventura.