El
problema con los ajustes en los precios de las gasolinas y sus efectos sociales y delincuenciales
no radica en la justificación técnica de teoría económica, sino en la falta de sensibilidad para
prever complicaciones sociales y políticas.
A
nadie deberían sorprender las movilizaciones
urbanas violentas y rupturistas. A los saqueos de tiendas que venden
alimentos y bienes de uso
popular --la sociología del plasma-- le han precedido los
linchamientos, la violencia del crimen organizado con descabezados, encostalados y ahorcados, los bloqueos inventados por narcos y ahora con
uso
de protesta social, las autodefensas, los asaltos en las calles y en
los últimos años la violencia urbana en el pavimento: insultos y peleas a
golpes entre transeúntes y automovilistas.
Mucho se ha escrito diciendo que se
cuiden las formas de ejercer el poder para evitar respuestas de la desesperación y poco se ha logrado por la
insensibilidad de la clase gobernante. Los dirigentes políticos se han
olvidado de advertencias anteriores, como la del discurso de 1978 el entonces secretario de Gobernación, Jesús Reyes Heroles, advirtió: