miércoles, 30 de mayo de 2012

Alejandro N - Ser o no ser, el eterno dilema.

Alejandro N
Ser o no ser, el eterno dilema. 

“Los tibios serán repudiados” 

Ya quedó establecido: declararse apolítico es ya un posicionamiento político: el zoon politikon, no tiene escapatoria. De manera similar, declararse antipartidista también es tomar partido. Particularmente en esta época electoral, no hay manera de mantenerse al margen. Si bien el dejar de votar es manifestar un soterrado repudio al sistema político, no deja de implicar que los otros votos cuenten por encima del propio. Votar por alguno es evidentemente votar en contra de otro. Votar en el octavo recuadro es apostar a un indeterminado resultado.

Y es por eso que el movimiento #yosoy132 camina en la cuerda floja de las definiciones y la falta de estas implica necesariamente la ambigüedad. Si el detonante fue el repudio mostrado a EPN en la Ibero, eso llevó directamente a la pregunta: estar a favor de ¿quién? ¿de nadie? Si el movimiento hubiera surgido con una demanda particular o específica, tal como el denominado Por la Paz y la Justicia con Dignidad, la definición partidista hubiera sido menos relevante. Pero, insisto, surgió en repudio al proyecto de restauración priísta y eso conlleva un obligaría a un determinado posicionamiento.

Y por esto creo que la verdadera trascendencia del movimiento está en definirse positivamente en algún sentido. Esta definición positiva tiene una doble vertiente: por una parte, impulsar una candidatura específica tratando de hacer que ésta logre el triunfo electoral, pero también –y con mayor importancia- imponer una agenda o –al menos- ciertas líneas de acción específicas a ese candidato. Es decir, esa definición positiva no podría ser la subordinación del movimiento a un candidato, sino por el contrario, la subordinación del candidato a las exigencias del movimiento, ya que esa es la forma más natural y eficiente de participación política. Cabría recuperar al viejo barbón de Marx: de lo que se trata no es de interpretar el mundo sino de transformarlo.

La invitación a participar como observador político es inocua, por decir lo menos. Tal vez esta observación tendría mayor relevancia si se realizara en casillas en donde no todos los partidos tendrán representación. Realizarla en zonas urbanas con representación completa de partidos y presencia plural de ciudadanos solo llevaría a convalidar lo obvio, preservando opaca la opacidad. Es decir, las prácticas marrulleras de los partidos se realizan en las zonas de mayor atraso, las menos urbanizadas, las menos concurridas; en donde habita la población más vulnerable y susceptible de ser coaccionada por la fuerza de la necesidad. Es ahí donde la observación electoral cobraría alguna importancia.

En cuestiones relevantes, la tibieza es vomitiva. Si la restauración priísta es inadmisible, solo podría impedirla el triunfo de una candidatura distinta: en términos de lógica de proposiciones: Si A, entonces B; no A, entonces no B; Si gana EPN, entonces restauración del priísmo. No gana EPN, entonces no restauración. Es demasiado lo que está en juego como para permitirse el lujo de no ensuciarse. El continuismo político es garantía de la continuidad económica y social, y basta con mirar al “mundo desarrollado” para darse cuenta que el futuro inminente es de escasez de oportunidades, primacía del capital sobre el trabajo, degradación laboral, depredación ambiental y acelerada marginación, o ¿alguien supone la resurrección del Estado de Bienestar y Políticas de Pleno Empleo?


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