domingo, 27 de mayo de 2012

Jaime Sánchez Susarrey - Ahummmm

Jaime Sánchez Susarrey
No hay que tener una bola de cristal para afirmar que si Ebrard hubiese sido el candidato, la coalición de izquierda estaría hoy claramente posicionada en el segundo sitio.

Jesús Zambrano, presidente del PRD, afirmó en Sinaloa: "No estamos buscando una alianza con el PAN, lo que sí prevemos es que los acontecimientos pudieran llevar a una declinación de Josefina Vázquez Mota en favor de Andrés Manuel, y sería muy buena contribución al salto de nuestro país hacia adelante".

El problema está en que JVM está empatada con AMLO. El promedio de seis encuestas (Mitofsky, Excélsior, OEM, Milenio, El Universal y UnoTV) para el mes de mayo arroja 24.8 por ciento para Vázquez Mota contra 25.4 por ciento para AMLO. La diferencia es de apenas 0.6 por ciento. No es relevante. Se trata de un empate técnico.

La paradoja, sin embargo, es evidente. Si se suman los promedios de las seis encuestas, la intención de voto por EPN alcanza 46.4 por ciento contra 50.2 por ciento de votos a favor de JVM y AMLO.

Esta correlación remite a tres antecedentes. En Oaxaca, Sinaloa y Guerrero la alianza PAN-PRD se impuso sobre el PRI en las elecciones para gobernador. Esa misma vía se quiso explorar en el Estado de México, pero la torpedeo el propio López Obrador.

El cálculo de quienes apoyaban a Marcelo Ebrard para la candidatura del PRD a la Presidencia de la República se asociaba a esos antecedentes: a) Ebrard tenía mucho menos negativos que AMLO y sería un candidato mucho más competitivo; b) podría jalar parte del electorado panista.

Esas dos ventajas estratégicas no las tuvo ni las tendrá nunca López. Porque hay un sector muy importante del PAN que no está dispuesto a ir con él ni a la esquina. En esa corriente se ubican Germán Martínez, ex presidente del PAN; Vicente Fox y, por supuesto, Fernández de Cevallos.

Además, no hay que tener una bola de cristal para afirmar que si Ebrard hubiese sido el candidato, la coalición de izquierda estaría hoy claramente posicionada en el segundo sitio. Amén que la distancia entre él y el puntero sería mucho más corta.

Pero las cosas son como son. Y son así, porque López se empecinó en ser candidato. Ignoró razones y argumentos. No debe sorprender, por lo tanto, que en su entorno se empiecen a decir disparates. 

Primero se afirmó que el debate sería el punto de inflexión. Peña Nieto, el candidato chatarra, se derrumbaría ante un soplido del rayito de esperanza. Pero no ocurrió.

Ahora se afirma que las manifestaciones de los jóvenes serán el punto de quiebre. Pero ahí está la lección de Cárdenas en 1994: las elecciones no se ganan con plazas llenas, se ganan con votos. Es incluso posible que en el contexto actual las movilizaciones le puedan resultar contraproducentes al candidato de la "izquierda".

Por otra parte, el giro que dio López en el debate fue evidente. Archivó, de manera definitiva, el montaje de la República Amorosa. Pero además, durante y después del debate, ha mandado mensajes claros y definitivos de que organizará y encabezará la protesta electoral.

Se trata de la reedición del 2006. Para López, la única prueba de la transparencia y legalidad de la contienda será su vi-toria. La derrota, en cambio, será la confirmación del éxito del complot armado por los de arriba.

Las piezas de ese rompecabezas están a la vista. Primero: la descalificación sistemática de las encuestas que no le favorecen. Ninguna es válida. Todas están copeteadas. Exactamente lo mismo que hizo en 2006. Con un agravante, su propia casa encuestadora le otorga una ventaja de 10 puntos a EPN sobre su persona.

Segundo, el contenido de su discurso. Peña Nieto es un títere de los de arriba. Su triunfo es, en automático, la derrota del pueblo. López y sólo López es la encarnación de la voluntad popular. Sus adversarios representan a la mafia en el poder.

Tercero, y este componente es nuevo, porque no aparecía en 2006, la competencia es inequitativa. Las televisoras están cargadas a favor de Peña y manipulan la elección. Le quieren imponer al pueblo un candidato chatarra que es un títere de los intereses de la mafia en el poder.

Dado ese coctel, sólo un ingenuo puede suponer que la noche del 1o. de julio AMLO reconocerá la victoria de su adversario y se irá a dormir a su casa.

Su estrategia, ante la derrota, se desarrolla en tres tiempos:

1) Crear precedentes e incidentes para cuestionar la elección, ya comenzó con la denuncia de que el PRI rebasó los límites de los gastos de campaña a lo que suma la ineficacia del IFE para checarlos.

2) Proclamarse vencedor y desconocer los resultados el mismo día de la jornada electoral.

3) Levantar un movimiento de protesta contra las autoridades que desembocará en acciones para tratar de impedir la toma de posesión del presidente electo.

La pregunta, en consecuencia, no es si habrá o no conflicto poselectoral, sino qué magnitud tendrá el mismo.

La respuesta depende del lugar que ocupe AMLO en la elección. Porque no es lo mismo impugnar como segunda que como tercera fuerza.

E igualmente determinante será la distancia (porcentaje de votos) que lo separe del candidato vencedor. Y aquí la correlación será directamente proporcional: a menor distancia mayor intensidad y conflicto, como ocurrió en 2006.

En otras palabras, veremos exactamente la misma película que hace seis años. Pero la rabia y resentimiento de él y sus seguidores serán mayores porque sentirán que por segunda vez se les ha arrebatado la victoria.

La arenga de López en Oaxaca, el miércoles pasado, fue más que elocuente: "Ya se fueron los mapaches, pero todavía anda por ahí el mapache más grande, el mapache mayor... ¡Cuidado con la mapachada! Hay que cuidar la elección...".

Y sí, la mapachada anda suelta y es hora de cerrarle el paso. López nunca pierde y cuando pierde protesta, protesta, protesta y... protesta. Ahummmm (bostezo).

Twitter: @sanchezsusarrey

Leído en: http://noticias.terra.com.mx/mexico/politica/jaime-sanchez-susarrey-ahummmm,29917ed7eb987310VgnVCM20000099cceb0aRCRD.html

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