miércoles, 23 de mayo de 2012

Leo Zuckermann - Por qué Peña le agradecería a AMLO



Si hay algo que une a los panistas y progresistas es que son bien antipriistas. No quieren que el PRI regrese al poder, una postura política legítima y respetable. Pero tienen un problema: que el voto antipriista está dividido.

De acuerdo a la última encuesta de Consulta-Mitofsky, Peña tiene 47% de las intenciones de voto efectivas. Esto quiere decir que hay 53% del electorado que rehúsa sufragar por el candidato del PRI. Sin embargo, este porcentaje está dividido en un conjunto de 26% de electores que prefiere a López Obrador, 25% a Vázquez Mota y 2% a Quadri. Súmense los porcentajes que traen los candidatos panista y progresista y se tiene un total de 51% del electorado, cuatro puntos porcentuales más que Peña: el antipriismo es mayor que el priismo.

No por nada se escuchan voces para que Josefina decline por AMLO o viceversa. No va a ocurrir porque, también de acuerdo a las encuestas, si uno de estos candidatos se retira de la competencia, sus votos no se trasladarían automáticamente al candidato antipriista. De acuerdo a la encuesta de Consulta-Mitofsky, si la elección sólo fuera entre Peña y Josefina, ganaría Peña. Lo mismo si la competencia sólo fuera entre Peña y AMLO. Lo que quiere decir es que los votantes panistas rehúsan votar por López Obrador, y los progresistas por Josefina.

Esto, desde luego, a seis semanas de los comicios, sin un candidato único que aglutine al voto antipriista y sin una campaña cuyo eje central sea si el electorado quiere o no el regreso del PRI a Los Pinos. Lo interesante es imaginar el escenario donde el PAN y la izquierda hubieran acordado lanzar a un candidato único, atractivo para ambos bandos, que enfrentara en una elección de dos a Peña y donde el tema fuera impedir el retorno del PRI al poder. No se trata de un sueño guajiro. Hay que recordar que era lo que quería una parte importante del PAN y de la izquierda todavía el año pasado.

De hecho, el experimento lo llevaron a cabo en algunas elecciones estatales de 2010 con un magnífico resultado. Las famosas alianzas antiPRI ganaron en estados tan importantes como Puebla, Oaxaca y Sinaloa. El primero con un candidato del PAN, Rafael Moreno Valle, el segundo con uno de la izquierda, Gabino Cué, y el tercero con un priista inconforme, Mario López Valdez. Fue tan exitoso el resultado de ganarle a las poderosas maquinarias priistas en estos estados, que los defensores de las alianzas querían volver a hacerlo en 2011 en el Estado de México para ganarle al PRI esa gubernatura y propinarle un durísimo golpe al entonces gobernador, Enrique Peña Nieto.

A escena entró López Obrador. Desde entonces era evidente que el gran beneficiario de una posible alianza electoral antiPRI sería Marcelo Ebrard. A un año de la elección, el PAN no tenía un candidato de peso. Y, al parecer, los panistas sí estaban dispuestos a votar por el jefe de Gobierno capitalino. No así por AMLO. Los albiazules no le perdonaban al tabasqueño el conflicto postelectoral de 2006. Por eso, para citar a Germán Martínez, ex presidente del PAN, “con AMLO, ni a la esquina”.

Ya en 2011 era claro que el candidato natural de una posible coalición antipriista sería Ebrard. AMLO, quien quería volver a ser el candidato de la izquierda en 2011, y que pensaba que ideológicamente no era correcto hacer una alianza con la derecha panista, hizo todo lo que pudo para dinamitar la alianza PAN-izquierda en el Edomex. Lo logró. No hubo alianza y el candidato del PRI, Eruviel Ávila, arrasó. De esta forma, gracias a López Obrador, quedó sepultada la posibilidad de una alianza con posibilidad real de ganarle al PRI las elecciones presidenciales. Hoy esa posibilidad está muerta, aunque el antipriismo sea mayor que el priismo.

Si como indican las encuestas y apuestas, el primero de julio se levanta Peña con la victoria, el priista tendrá que mandarle un telegrama de agradecimiento a López Obrador. Gracias a él, el voto antipriista se dividió en esta elección.

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