domingo, 10 de junio de 2012

Juan Villoro - Narrar el cielo.

Juan Villoro
Los caldeos vieron constelaciones que decidían el destino y los mayas ordenaron su historia según la rueda del cosmos. Julio Verne imaginó un viaje a la luna en una cápsula decorada con muebles franceses y Neil Armstrong llegó a ese escenario para probar que ahí no soplan los vientos.

La bóveda celeste se ha asociado con dioses desmesurados y expediciones que transforman a pilotos pragmáticos en profetas místicos.

Ray Bradbury imaginó planetas donde la juventud y la muerte son dolorosas, los domingos se llenan de tedio y el recuerdo pesa más que el presente. Su intangible universo estaba en la Tierra.

A propósito de Crónicas marcianas, escribió Borges: "¿Qué ha hecho este hombre de Illinois, me pregunto, al cerrar las páginas de su libro, para que episodios de la conquista de otro planeta me pueblen de terror y de soledad?".

Para Bradbury, el espacio exterior no es una meta futura sino un sitio que produce nostalgia. Sus epopeyas están cargadas de melancolía. Aunque empezó publicando en revistas de ciencia ficción, rara vez se sirvió de artilugios tecnológicos. Narró la conquista de Marte como la triste empresa que subyugaba a una civilización que había trazado ciudades en la arena y se desplazaba con ilusión bajo los rojizos crepúsculos. El triunfo de la especie humana se ve disminuido por la entrañable condición de las víctimas.

En Farenheit 451 (la temperatura a la que arde el papel) urdió una utopía negativa donde los libros están prohibidos y los bomberos se dedican a quemarlos. En esa sociedad totalitaria la imaginación resulta temible. Los disidentes memorizan libros para preservarlos: un hombre es Hamlet, otro la Odisea. De acuerdo con el autor, ésta es su única obra de ciencia ficción (las demás pertenecen al género fantástico). Curiosamente, se trata de un severo cuestionamiento de la técnica, una parábola sobre la función rebelde de la cultura en un mundo obsesionado por el orden.

Convencido de que los grandes viajes son mentales, Bradbury nunca tuvo licencia de manejo y limitó su contacto con los aparatos.

Todos sus escenarios son íntimos. Cuando uno de sus viajeros entra en un cuarto, provoca la emoción de un padre que regresa a saludar al hijo que no puede dormir.

Sus relatos terrestres arrojan claves sobre su forma de entender otros mundos. En "El pueblo donde no baja nadie" comenta: "Atravesando el territorio de los Estados Unidos, de noche, de día, en tren, se pasa como un relámpago por pueblos desiertos donde no baja nadie que no sea de allí. Nadie que no tenga raíces en esos cementerios rurales se toma jamás la molestia de visitar las estaciones solitarias". El autor de Remedio para melancólicos se detuvo en planetas lejanos como si ahí tuviera raíces, motivos para visitar "cementerios rurales".

En su cuento "Los ratones" narra una historia de alteridad. Los vecinos parecen extraterrestres. No hacen ruido ni dan señas de vida. Son mexicanos. Lo otro puede estar en cualquier suburbio.

Fanático de los cómics, los parques temáticos y el cine, Bradbury escribió el espléndido guión de la película Moby Dick, dirigida por John Huston, y contribuyó como pocos a cerrar la brecha entre lo culto y lo popular.

En los años cincuenta, la optimista generación de posguerra disfrutaba de una paz con electrodomésticos; las embarazadas fumaban sin parar, los coches se alargaban como naves espaciales y un músico anunciaba: "los marcianos llegaron ya y llegaron bailando ricachá". La estratósfera se había vuelto amigable. Fue entonces cuando el visionario de Illinois publicó sus principales libros: Crónicas marcianas, El vino del estío, El hombre ilustrado, El país de octubre, Farenheit 451. A fines de los sesenta su lirismo perdió fuerza, en gran medida porque la conquista del espacio se volvió obsesivamente real.

Bradbury es un colono del sistema solar. En la luna, un cráter lleva su nombre y sus cenizas serán esparcidas en Marte. Pero su hazaña conmueve por próxima. En Las doradas manzanas del sol una nave viaja para recoger fuego astral. El gesto es comparado con el del primer hombre que encontró una rama encendida por un rayo y supo que podía entibiar su vida. Luego de padecer las horrendas temperaturas solares, la tripulación se pregunta adónde ir. "Al Norte", decide el capitán. Esa dirección alude al punto de partida. La exagerada aventura ocurrió para llevar fuego a casa.

"El fin del comienzo" define el observatorio de Bradbury: "Detuvo la podadora de césped en medio del jardín y supo que en ese momento se ponía el sol y aparecían las estrellas. El césped recién cortado le había llovido sobre la cara y el astro moría dulcemente. Sí, allí estaban las estrellas, pálidas al principio, pero encendiéndose en el cielo claro y desierto. Oyó que la puerta de alambre se cerraba de pronto. Sintió que su mujer lo observaba como él observaba la noche". El misterio del cosmos: un hombre contempla el cielo en su jardín y una mujer contempla a un hombre como si fuera el cielo.

Ray Douglas Bradbury dio 91 vueltas al sol para narrar un raro prodigio: hay vida en la Tierra.

Leído en: http://noticias.terra.com.mx/mexico/juan-villoro-narrar-el-cielo,05034a0371cc7310VgnVCM5000009ccceb0aRCRD.html#tarticle

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