martes, 24 de julio de 2012

Jesús Silva-Herzog Márquez - Un lastre para la derecha.

Jesús Silva-Herzog Márquez
El diario El país calificó hace unos días a Andrés Manuel López Obrador como un lastre para la izquierda mexicana. Quienes redactaron en Madrid ese editorial no se percataron de que, en las elecciones recientes, el tabasqueño fue todo menos una carga para la izquierda. Que a muchos nos disguste el discurso de López Obrador, que lo consideremos arcaico o de plano antidemocrático no nos permite decir que sea un estorbo. Todo lo contrario. Hasta el momento--subrayo, hasta el momento--, López Obrador sigue siendo el mayor activo de la izquierda, su dirigente indiscutible, su representante más exitoso. Subrayo el tiempo porque, tras la calificación definitiva de la elección, el tabasqueño tendrá que tomar una definición que puede dilapidar el capital acumulado o bien transformarlo positivamente para el futuro. Pero hoy, Andrés Manuel López Obrador no es la carga que lleva al naufragio el barco de la izquierda sino su motor más potente.

La imagen del fardo que impide a un grupo político caminar con soltura y ver con seguridad su futuro es aplicable, más bien, a Felipe Calderón, quien puede volverse el gran lastre de la derecha mexicana. No digo que sea un personaje particularmente impopular. Tampoco digo que su gobierno haya sido totalmente negro. Digo que el expresidente Calderón no puede facilitar la necesaria renovación del Partido Acción Nacional. El todavía presidente se ofrece a la tarea de conducir al PAN sin que nadie ahí se lo solicite. Amenaza con regresar a su partido para refundarlo. Esa es, a su juicio, la magnitud de la empresa por delante: refundación, una operación tan importante que sólo él podría acometerla. 

En varios gestos que lo retratan, el presidente Calderón ha rehuido cualquier responsabilidad en la derrota reciente. A su juicio, los electores no castigaron al partido en el gobierno, sino que castigaron a un partido que no defendió suficientemente al gobierno. Al parecer, los electores que votaron abrumadoramente por dos opciones de alternancia, le reprocharon a la candidata panista el intentar distanciarse del gran presidente que, según Calderón fue Calderón. Más aún, su intento por limpiar su responsabilidad en la derrota lo condujo a ensuciar la elección misma y prestarle su servicio a la causa de la ilegitimidad del siguiente gobierno. ¿Cómo puede ofrecerse como guía de un partido derrotado un hombre que no tiene el menor impulso autocrítico y que reparte culpas para sacudirse una derrota de la que, por supuesto, fue arquitecto?

La renovación del PAN implica una actitud radicalmente distinta: una disposición a la autocrítica que permita la aparición de nuevas voces y de nuevas figuras. El PAN necesita discutir los perfiles de su nueva identidad. Por eso, el responsable de diluirla es el menos indicado para redibujarla. Todavía después del sexenio de Vicente Fox, Acción Nacional era un partido que sabía lo que era y lo que quería. Tras la administración de Calderón el PAN no solamente perdió: se perdió. En efecto, bajo la presidencia de Calderón se extravió el partido fundado por Gómez Morín. Reconstruir al PAN implicará romper con la herencia de esa camarilla que fue el calderonismo. Una camarilla mediocre de la que, como se ha visto, ningún liderazgo partidista pudo emerger. Las marcas de orgullo del PAN se convirtieron en vergüenzas, los núcleos de seguridad ideológica se transformaron en territorios de confusión. Acción Nacional era el enemigo del corporativismo; se convirtió en aliado suyo y en la bolsa de oxígeno que le permitió una segunda vida. Acción Nacional fue un severo crítico del amiguismo, de la improvisación y de la cortesanía de la política priista. Calderón se rodeó de amigos, sin más mérito que la lealtad al Señorpresidente. Acción Nacional era una organización con una ejemplar vida democrática; Calderón le dio trato de dependencia a la que podía enviar al más incondicional de sus anodinos colaboradores. No pudo imponerse del todo, no terminó por aniquilar los espacios de autonomía, pero le hizo un enorme daño a su partido. Acción Nacional era un defensor y un promotor de los derechos humanos; el gobierno del Calderón, en su guerra contra el crimen organizado, no solamente fue desastroso por ineptitud, sino funesto culturalmente. En boca del presidente regresó el discurso de un orden que vale imponer sin las obstrucciones de las formas y las leyes. El PAN que se creyó como un partido de misión civilizatoria, contribuyó, con el gobierno de Calderón, a la barbarización de México.

Poco bien puede hacerle Felipe Calderón al PAN. Mucho daño puede provocarle esa arrogancia de suponer que nadie más que él puede salvarlo. Al futuro expresidente no le pido silencio. Pero creo que un político que ya dirigió al PAN y que ya ocupó la Presidencia de la República debe mostrar respeto por su partido y facilitarle una separación cordial. La expresidencia implica también responsabilidades. En lugar de regresar al sitio de las parcialidades, un expresidente debería aspirar a una autoridad más allá de los partidos.

Leído en: http://blogjesussilvaherzogm.typepad.com/el_blog_de_jess_silva_her/2012/07/un-lastre-para-la-derecha.html

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