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| Hernán Domínguez Nimo (1969) |
¿Qué harías tu último día?
¿Qué pondrías en tu lista de prioridades? No es tan fácil elegir. Después de todo, la clase de cosas que uno sueña con hacer —viajar, conocer, aprender— llevan más de un día. Muchas veces, toda la vida no alcanza.
Ya sé: nadie se plantea hacer esa lista. Todas las fechas programadas con anticipación para el fin del mundo —el 999, el 1999— pasaron de largo por nuestras vidas como tren expreso. ¿Cómo saber, entonces, que tu mundo se va a acabar? A menos, claro, que vos decidas ponerle fin. Mis sueños son muchos, demasiado grandes para un día. Por eso limité mi lista a las cosas chiquitas que voy a extrañar, esos pequeños placeres de todos los días a los que uno no presta atención suficiente si no los siente en falta. La plata que tengo ahorrada no es mucha en comparación con mis sueños pero suficiente para un día a pleno.
Para empezar, falto al trabajo. Dudo en seguir durmiendo, por el placer de apagar el despertador y volver a apoyar la cabeza en la almohada, pero no quiero perderme la mitad de mi último día. Y tampoco que mamá sospeche que algo anda mal.

