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martes, 12 de enero de 2016

Virginia Woolf - La duquesa y el joyero

 
Virginia Woolf  ( 1882 - 1941 )

La duquesa y el joyero

Oliver Bacon vivía en lo alto de una casa junto a Green Park. Tenía un departamento; las sillas estaban colocadas de manera que el asiento quedaba perfectamente orientado, sillas forradas en piel. Los sofás llenaban los miradores de las ventanas, sofás forrados con tapicería. Las ventanas, tres alargadas ventanas, estaban debidamente provistas de discretos visillos y cortinas de satén. El aparador de caoba ocupaba un discreto espacio, y contenía los brandys, los whiskys y los licores que debía contener. Y, desde la ventana central, Oliver Bacon contemplaba las relucientes techumbres de los elegantes automóviles que atestaban los atestados vericuetos de Piccadilly. Difícilmente podía imaginarse una posición más céntrica. Y a las ocho de la mañana le servían el desayuno en bandeja; se lo servía un criado; el criado desplegaba la bata carmesí de Oliver Bacon; él abría las cartas con sus largas y puntiagudas uñas, y extraía gruesas cartulinas blancas de invitación, en las que sobresalían de manera destacada los nombres de duquesas, condesas, vizcondesas y honorables damas. Después Oliver Bacon se aseaba; después se comía las tostadas; después leía el periódico a la brillante luz de la electricidad.

Dirigiéndose a sí mismo, decía: «Hay que ver, Oliver... Tú que comenzaste a vivir en una sucia calleja, tú que...», y bajaba la vista a sus piernas, tan elegantes, enfundadas en los perfectos pantalones, y a sus botas, y a sus polainas. Todo era elegante, reluciente, del mejor paño, cortado por las mejores tijeras de Savile Row. Pero a menudo Oliver Bacon se desmantelaba y volvía a ser un muchacho en una oscura calleja. En cierta ocasión pensó en la cumbre de sus ambiciones: vender perros robados a elegantes señoras en Whitechapel. Y lo hizo. «Oh, Oliver», gimió su madre. «¡Oh, Oliver! ¿Cuándo sentarás cabeza?»... Después Oliver se puso detrás de un mostrador; vendió relojes baratos; después transportó una cartera de bolsillo a Ámsterdam... Al recordarlo, solía reír por lo bajo... el viejo Oliver evocando al joven Oliver. Sí, hizo un buen negocio con los tres diamantes, y también hubo la comisión de la esmeralda. Después de esto, pasó al despacho privado, en la trastienda de Hatton Garden; el despacho con la balanza, la caja fuerte, las gruesas lupas. Y después... y después... Rió por lo bajo. Cuando Oliver pasaba por entre los grupitos de joyeros, en los cálidos atardeceres, que hablaban de precios, de minas de oro, de diamantes y de informes de África del Sur, siempre había alguno que se ponía un dedo sobre la parte lateral de la nariz y murmuraba «hum-m-m», cuando Oliver pasaba. No era más que un murmullo, no era más que un golpecito en el hombro, que un dedo en la nariz, que un zumbido que recorría los grupitos de joyeros en Hatton Garden, un cálido atardecer ¡Hacía muchos años...! Pero Oliver todavía lo sentía recorriéndole el espinazo, todavía sentía el codazo, el murmullo que significaba: «Mírenlo -el joven Oliver, el joven joyero- ahí va.» Y realmente era joven entonces. Y comenzó a vestir mejor y mejor; y tuvo, primero, un cabriolé; después un automóvil; y primero fue a platea y después a palco. Y tenía una villa en Richmond, junto al río, con rosales de rosas rojas; y Mademoiselle solía cortar una rosa todas las mañanas, y se la ponía en el ojal, a Oliver.







lunes, 18 de agosto de 2014

Virginia Woolf - El balneario

Adeline Virginia Woolf
1882 - 1941
El balneario

Como todas las ciudades costeras, estaba impregnada de olor a pescado. Las jugueterías aparecían repletas de conchas esmaltadas, duras, aunque frágiles. Incluso los habitantes del lugar tenían cierta apariencia de molusco… un aspecto insignificante, como si alguien hubiese sacado el auténtico animal con la punta de un alfiler y sólo quedase el caparazón. Los ancianos del paseo eran moluscos. Sus polainas, sus pantalones de montar, sus catalejos parecían convertirlos en juguetes. Era tan poco cierto que ellos hubiesen sido alguna vez auténticos marineros o auténticos deportistas como que las conchas pegadas en los marcos de las fotografías y los espejos hubiesen yacido alguna vez en las profundidades del mar. También las mujeres, con sus pantalones, sus zapatos de tacón, sus bolsos de rafia y sus collares de perlas, parecían caparazones de auténticas mujeres que salen de mañana a hacer la compra.

A la una en punto esta frágil población de moluscos esmaltados se congregó en el restaurante. El restaurante olía a pescado, tenía el olor de un barco de pesca que ha sacado sus redes cargadas de arenques.

El consumo de pescado en este comedor ha debido de ser enorme. El olor invadía incluso la habitación con el rótulo «Señoras» situada en el primer piso. Esta habitación constaba sólo de dos compartimentos divididos por una puerta. A un lado de la puerta se aliviaban las necesidades de la naturaleza; y al otro, frente al tocador y el espejo, la naturaleza quedaba sometida por el arte. Tres muchachas procedían a ejecutar esta segunda fase del ritual cotidiano. Ejercían su derecho a mejorar la naturaleza, a sojuzgarla con sus polveras y sus pintalabios rojos. Mientras hacían esto, charlaban. Pero su conversación se vio interrumpida por la llegada de una ola; luego la ola se retiró y se oyó decir a una de ellas: El agua borboteó. Las olas derramaron su espuma y se retiraron. A continuación se oyó decir: «Debería tener más cuidado. Si le sorprenden haciendo eso le harán un consejo de guerra…» En ese momento se oyó correr el agua en el compartimento contiguo. La marea parece estar subiendo y bajando eternamente en el balneario. Descubre a estos pececillos; los cubre de agua. Se retira, y aquí están de nuevo los peces, despidiendo un intenso y extraño olor a pescado que parece inundar por completo el balneario.

Pero de noche la ciudad se vuelve etérea. Un blanco resplandor ilumina el horizonte. Hay aros y diademas en las calles. La ciudad queda sumergida bajo el agua. Y sólo se distingue su esqueleto de bombillas de colores.