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| Horacio Quiroga ( 1878 - 1937 ) |
Nuestro primer cigarro
Ninguna época de mayor alegría que la que nos proporcionó a María y a
mí, nuestra tía con su muerte.
Inés volvía de Buenos Aires, donde había pasado tres meses. Esa noche,
cuando nos acostábamos, oímos que Inés decía a mamá:
--¡Qué extraño!... Tengo las cejas hinchadas.
Mamá examinó seguramente las cejas de tía, pues después de un rato
contestó:
--Es cierto... ¿No sientes nada?
--No... sueño.
Al día siguiente, hacia las dos de la tarde, notamos de pronto fuerte
agitación en casa, puertas que se abrían y no se cerraban, diálogos
cortados de exclamaciones, y semblantes asustados. Inés tenía viruela,
y de cierta especie hemorrágica que vivía en Buenos Aires.
Desde luego, a mi hermana y a mí nos entusiasmó el drama. Las
criaturas tienen casi siempre la desgracia de que las grandes cosas no
pasen en su casa. Esta vez nuestra tía--¡casualmente nuestra
tía!--¡enferma de viruela! Yo, chico feliz, contaba ya en mi orgullo
la amistad de un agente de policía, y el contacto con un payaso que
saltando las gradas había tomado asiento a mi lado. Pero ahora el gran
acontecimiento pasaba en nuestra propia casa; y al comunicarlo al
primer chico que se detuvo en la puerta de calle a mirar, había ya en
mis ojos la vanidad con que una criatura de riguroso luto pasa por
primera vez ante sus vecinillos atónitos y envidiosos.
Esa misma tarde salimos de casa, instalándonos en la única que pudimos
hallar con tanta premura, una vieja quinta de los alrededores. Una
hermana de mamá, que había tenido viruela en su niñez, quedó al
lado de Inés.