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miércoles, 28 de octubre de 2015

Mario Benedetti - El presupuesto

Mario Benedetti  ( 1920 - 2009 )

El presupuesto

Montevideanos, 1959 

En nuestra oficina regía el mismo presupuesto desde el año mil novecientos veintitantos, o sea desde una época en que la mayoría de nosotros estábamos luchando con la geografía y con los quebrados. Sin embargo, el jefe se acordaba del acontecimiento y a veces, cuando el trabajo disminuía, se sentaba familiarmente sobre uno de nuestros escritorios, y así, con las piernas colgantes que mostraban después del pantalón unos inmaculados calcetines blancos, nos relataba con su vieja emoción y las quinientas noventa y ocho palabras de costumbre, el lejano y magnífico día en que su Jefe -él era entonces Oficial Primero- le había palmeado el hombro y le había dicho: “Muchacho, tenemos presupuesto nuevo”, con la sonrisa amplia y satisfecha del que ya ha calculado cuántas camisas podrá comprar con el aumento.

Un nuevo presupuesto es la ambición máxima de una oficina pública. Nosotros sabíamos que otras dependencias de personal más numeroso que la nuestra, habían obtenido presupuesto cada dos o tres años. Y las mirábamos desde nuestra pequeña isla administrativa con la misma desesperada resignación con que Robinson veía desfilar los barcos por el horizonte, sabiendo que era tan inútil hacer señales como sentir envidia. Nuestra envidia o nuestras señales hubieran servido de poco, pues ni en los mejores tiempos pasamos de nueve empleados, y era lógico que nadie se preocupara de una oficina así de reducida.








martes, 22 de septiembre de 2015

Mario Benedetti - La vereda alta

Mario Benedetti  (1920 - 2009)

La vereda alta

Si yo hubiera tenido padre y madre, todo habría sido diferente. Pero mi familia era una abuela materna, y una abuela materna no alcanza para nada. Además, a ésta le faltaban casi todos los dientes y siempre, cuando hablaba, uno creía que iba a escupir el último. Es probable que su odio hacia mí haya empezado en eso. Ella se daba cuenta de lo mal que me impresionaban sus encias inermes y balbucientes. Pero yo no podía evitarlo, así como ella no evitaba el odio.

Sin embargo, en un pueblo como éste, que nunca había sido demasiado benigno, constituíamos un binomio abuela-nieto de tal ejemplaridad que las madres lo señalaban a sus hijos y a sus propias madres para estimular a unos y a otras al mutuo entendimiento.

Era en verdad conmovedor vernos salir por la tarde, a la abuela y a mí, mi mano en su mano, sonrientes y simpáticos, deteniéndonos en la plaza para saludar al zapatero que hablaba de crímenes mientras remendaba, y también en la farmacia para que el boticario me llenara el bolsillo derecho con caramelos de miel o de menta. Era conmovedor escuchar a la abuela preguntándome si quería dar una vuelta en el único autobús de la localidad, para brindarme así el placer de contemplar la chiva que estaba siempre, aburrida y soñolienta, un poco antes de la última curva. Y era conmovedor escucharme decir que no, que hoy no tenía ganas, cuando en realidad todos sabían que yo me sacrificaba para que ella economizara diez centésimos.







domingo, 16 de agosto de 2015

Mario Benedetti - Bolso de viajes cortos

Mario Benedetti  ( 1920 - 2009 )

Bolso de viajes cortos

Querida: cuando me fui, cuando por fin decidí irme, porque ya no me era posible convivir con los antídotos del miedo, y sentía que de a poco iba odiando mis esquinas predilectas o los árboles cabeceadores, y ya no tenía ni tiempo ni ganas de guarecerme bajo la glorieta del barrio Flores, y los amigos de siempre comenzaron a ser de nunca, y había más cadáveres en los basurales que en las funerarias, entonces abrí el bolso de los viajes cortos (aunque sabía que este iba a ser largo) y empecé a meter en él recuerdos al azar, objetos insignificantes pero entrañables, imágenes sintéticas de lo feliz, letras que juntándose narraban sufrimientos, últimos abrazos en la primera frontera, atardeceres sin ángelus y con tableteos, sonrisas que habían sido muecas y viceversa, desvanecimientos y corajes, en fin, una antología de la hojarasca que el viento de la costumbre no había conseguido borrar de la faz de la guerra.

Con ese bolso de los viajes cortos anduve por allá y más allá, por acá y más acá. De vez en cuando trabajaba con las manos ágiles y los ojos secos, para ganarme el pan, el vino, el techo y el colchón. Sin embargo, con el bolso de los viajes cortos no tenía una relación estrecha. Yo era consciente de que dormía en el fondo de un armario, desvencijado por el tiempo y las polillas. Pero, ¿a qué enfrentarme con un pasado en píldoras, unas nutrientes y otras envenenadas?







sábado, 15 de agosto de 2015

UN POEMA DE:

Mario Benedetti  ( 1920 - 2009 )

Curriculum

El cuento es muy sencillo
usted nace
contempla atribulado
el rojo azul del cielo
el pájaro que emigra
el torpe escarabajo
que su zapato aplastará
valiente

usted sufre
reclama por comida
y por costumbre
por obligación
llora limpio de culpas
extenuado
hasta que el sueño lo descalifica

usted ama
se transfigura y ama
por una eternidad tan provisoria
que hasta el orgullo se le vuelve tierno
y el corazón profético
se convierte en escombros

usted aprende
y usa lo aprendido
para volverse lentamente sabio
para saber que al fin el mundo es esto
en su mejor momento una nostalgia
en su peor momento un desamparo
y siempre siempre
un lío

entonces
usted muere.


 
 

lunes, 3 de agosto de 2015

Mario Benedetti - Un reloj con números romanos

Mario Benedetti  ( 1920 - 2009 )

Un reloj con números romanos

No se culpe a nadie de mi vida.
Julio Cortázar

¿Te llama la atención mi reloj? A mí siempre me gustaron los relojes con números romanos. ¿Crees que está atrasado porque marca las once y cuarto? No, no está atrasado. Simplemente, hace diez años que está detenido en esa hora. ¿Por qué? No es tan simple de contar. Nunca hablo de eso, nada más que por miedo a que no me crean. ¿Serías capaz de creerme? Entonces te lo cuento. Más que un recuerdo, es un homenaje. Diez años. Recuerdo la fecha, porque todo ocurrió al día siguiente de mi cumpleaños. Tenía quince y estaba bastante orgulloso de mi nueva edad. Pasaba ese verano en casa de mis tíos, en un pueblecito mallorquín, en medio de un increíble paisaje montañoso. Después de las muchedumbres y el tránsito enloquecido de Barcelona, aquello era un paraíso. Por las mañanas me gustaba ir a la cala que quedaba allá abajo; en hora tan temprana estaba siempre desierta. En esa época nadaba muy mal, así que nunca me alejaba mucho de la orilla porque en ciertos momentos del día las olas, altísimas y todopoderosas eran siempre un peligro. Me bañaba desnudo y eso constituía todo un disfrute en aquel agosto particularmente caluroso. Esa mañana descendí casi corriendo por el sendero irregular y pedregoso que llevaba a la cala, y una vez allí, sin mirar siquiera a mi alrededor, me quité el short. Iba a meterme en el agua, cuando sentí que alguien me gritaba, algo como buenos días. Miré entonces y vi a una mujer joven, morena, hermosa. Llevaba una mínima tanga, pero su busto estaba al descubierto. Sentí un poco de vergüenza y me tapé con las manos, pero ella empezó a caminar y enseguida estuvo junto a mí. No tengas vergüenza, dijo (en un correcto español pero con acento extranjero, como si fuese inglesa o alemana). Mira, yo también me quito esta menudencia, agregó, y así estamos iguales. Preguntó cómo me llamaba y le dije que Tomás. Tom, repitió ella. Eres lindo, Tom. Creo que me puse rojo. Ven, dijo, y tendió su mano hacia mí. Yo le di la mía. Ven, repitió y me miró calmosamente. Sonreía, pero era una sonrisa triste. ¿Nunca has estado con una mujer? Dije que no, pero sólo con la cabeza. ¿Y qué edad tienes? Ayer cumplí quince, contesté con mi orgullo algo recuperado. Entonces empezó a acariciarme, primero los hombros, luego el pecho (yo reí porque me hizo cosquillas), la cintura, siempre sonriendo con infinita tristeza. Cuando llegó a mi sexo, éste ya la estaba esperando. Entonces sonrió más francamente y con un poco menos de tristeza, pero no se detuvo allí, continuó acariciándome y así llegó a mis tobillos y a mis pies llenos de arena. En ese momento comprendí que me estaba enseñando algo y resolví ser un buen alumno. También yo empecé a acariciarla, pero en sentido inverso, de abajo hacia arriba, pero cuando llegué a aquellos pechos tan celestiales, me sentí desfallecer. De amor, de angustia, de esperanza, de nueva vida, de qué sé yo. Nunca más he sentido una sensación así. Entonces, sin decirnos nada, nos tendimos un poco más allá, donde el agua apenas lamía la arena, y ella prosiguió minuciosamente su clase de anatomía. La verdad es que a esa altura yo ya no precisaba más lecciones y la cubrí sin ninguna timidez, casi te diría que con descaro. Y mientras disfrutaba como un loco, recuerdo que pensaba, o más bien deliraba: esta mujer es mía, esta mujer es mía. Cuando todo acabó, continuó besándome durante un rato. Luego se quitó el reloj (precisamente este reloj) de su muñeca y me lo dio. Mira, se ha detenido, eso quiere decir algo, guárdalo contigo. Y yo, que siempre había querido tener un reloj con números romanos, lo puse en mi muñeca, a ella le dije gracias y la besé otra vez. Entonces dijo: Eres lo mejor que me podía haber pasado, justamente hoy. Ahora me voy contenta, porque nos descubrimos y fue algo maravilloso, ¿no te parece? Sí, maravilloso, pero a dónde vas. Al mar, Tom, me voy al mar. Tú te quedas aquí, con el reloj que se ha detenido, y no digas nada a nadie. A nadie. Me besó por última vez y su lengua estaba salada, como si fuera un anticipo del mar que la esperaba. Empezó a caminar lentamente, se metió en el agua y de inmediato fue rodeada por el coro de las olas, que cada vez se fueron encrespando más. Ella siguió avanzando, sin nadar, dejándose llevar, empujar, acosar violentamente por aquel mar que (lo pensé entonces) era un viejo celoso, desbordante de ira y de lujuria. Un viejo que no la iba a perdonar y a mí me salpicaba como escupiéndome. Y así hasta que la perdí de vista, porque las olas, una vez que golpeaban en las rocas, regresaban con ímpetu y la llevaban cada vez más lejos, más lejos, hasta que por fin tomé conciencia de mi abandono y empecé a llorar, no como un muchacho de quince años sino como un niño de catorce, sobre los despojos de mi brevísima, casi instantánea felicidad. Jamás apareció su cuerpo en las costas de Mallorca, nunca supe quién era. Durante unos meses quise convencerme de que tal vez fuese una sirena, pero luego descartaba esa posibilidad, ya que las sirenas no usan relojes con números romanos. Bueno, creo que no usan relojes en general. Aun hoy, cuando voy de vacaciones a Mallorca, bajo siempre hasta la cala y me quedo allí, desnudo y a la espera, dispuesto a darle cuerda nuevamente al reloj no bien ella surja desde el mar, huyéndole a las olas iracundas de aquel viejo rijoso. Pero ya ves, en mi reloj de números romanos las agujas siguen marcando las once y cuarto, igual que hace diez años.




El reencuentro

Empezamos a hablar­
Nos miramos; dejamos de mirarnos
Las lágrimas subían a mis ojos Pero no podía llorar
Deseaba tomar tu mano
Pero mi mano temblaba.
No dejabas de contar los días que faltaban para nuestro próximo encuentro
Pero las dos sentíamos en el corazón
Que nos separábamos para siempre.
El tictac del relojito llenaba la habitación en calma­
Escucha, dije, es tan fuerte
Como el galope de un caballo en un camino solitario
Así de fuerte - un caballo galopando en la noche.
Me hiciste callar en tus brazos­
Pero el sonido del reloj ahogó el latido de nuestros corazones.
Dijiste `No puedo irme: todo lo que vive de mí Está aquí para siempre'.
Después te fuiste. El mundo cambió.
El ruido del reloj se hizo más débil
Se fue perdiendo –se tornó minúsculo-
Susurré en la oscuridad: “Moriré si se detiene”. 

Katherine Mansfield 
( 1888 - 1923 )





Leído en  http://www.poesi.as/mb96b040.htm


sábado, 27 de junio de 2015

UN POEMA DE:

Mario Benedetti  (1920 - 2009)


Arco iris

A veces
por supuesto
usted sonríe
y no importa lo linda
o lo fea
lo vieja
o lo joven
lo mucho
o lo poco
que usted realmente
sea

sonríe
cual si fuese
una revelación
y su sonrisa anula
todas las anteriores
caducan al instante
sus rostros como máscaras
sus ojos duros
frágiles
como espejos en óvalo
su boca de morder
su mentón de capricho
sus pómulos fragantes
sus párpados
su miedo

sonríe
y usted nace
asume el mundo
mira
sin mirar
indefensa
desnuda
transparente

y a lo mejor
si la sonrisa viene
de muy
de muy adentro
usted puede llorar
sencillamente
sin desgarrarse
sin deseperarse
sin convocar la muerte
ni sentirse vacía

llorar
sólo llorar

entonces su sonrisa
si todavia existe
se vuelve un arco iris.

Variaciones sobre un tema de Heráclito

No sólo el río es irrepetible

tampoco se repiten
la lluvia el fuego el viento
las dunas del crepúsculo

no sólo el río
sugirió el fulano

por lo pronto
nadie puede
mengana
contemplarse dos veces
en tus ojos.






jueves, 25 de junio de 2015

Mario Benedetti - Sirena

Mario Benedetti  (1920 - 2009)

Sirena

Tengo la convicción de que no existes
y sin embargo te oigo cada noche

te invento a veces con mi vanidad
o mi desolación o mi modorra

del infinito mar viene tu asombro
lo escucho como un salmo y pese a todo

tan convencido estoy de que no existes
que te aguardo en mi sueño para luego









domingo, 26 de abril de 2015

Mario Benedetti - Bostezo

Mario Benedetti

Bostezo

¿No te aburre asistir a esta sequía
de los sentimientos? ¿a esta
chafalonía de los vencedores?
¿al promesario de los púlpitos?
¿al fuego fatuo de los taumaturgos?
¿al odio de los viscerales?
¿no te empalagan los alabanceros?
¿la caridad de los roñosos?
¿el sesgo irónico de las encuestas?
¿los mentirosos constitucionales?
¿no te amola el zumbido de los frívolos?
¿las guasas del zodíaco?
¿el vaivén de la bolsa?
¿no te viene el deseo irreprimible
de abrir la boca en un bostezo espléndido?

pues entonces bosteza / hijo mío / bosteza
con la serenidad de los filósofos
y la cachaza de los hipopótamos

Texto de Mario Beneditti, MCMXX - MMIX
La Vida ese Paréntesis, Visor, Madrid, 1999. 



!Aaaaaaauuuummmmmmm!!



sábado, 18 de abril de 2015

UN POEMA DE:

Mario Benedetti

Luna congelada

Con esta soledad
alevosa
tranquila
con esta soledad
de sagradas goteras
de lejanos aullidos
de monstruos de silencio
de recuerdos al firme
de luna congelada
de noche para otros
de ojos bien abiertos

con esta soledad
inservible
vacía

se puede algunas veces
entender
el amor.


Fuego mudo

A veces el silencio
convoca algarabías
parodias de coraje
espejismos de duende
tangos a contrapelo
desconsoladas rabias
pregones de la muerte
sed y hambre de vos

pero otras veces es
solamente silencio
soledad como un roble
desierto sin oasis
nave desarbolada
tristeza que gotea
alrededor de escombros
fuego mudo


miércoles, 15 de abril de 2015

Mario Benedetti - La mendiga

Mario Benedetti

La mendiga

La mendiga bajaba siempre a la misma hora y se situaba en el mismo tramo de la escalinata, con la misma enigmática expresión de filósofo del siglo diecinueve. Como era habitual, colocaba frente a ella su platillo de porcelana de Sérves pero no pedía nada a los viandantes. Tampoco tocaba quena ni violín, o sea que no desafinaba brutalmente como los otros mendigos de la zona.

A veces abría su bolsón de lona remendada y extraía algún libro de Hölderlin o de Kierkegaard o de Hegel y se concentraba en su lectura sin gafas.

Curiosamente los que pasaban le iban dejando monedas o billetes y hasta algún cheque al portador, no se sabe si en reconocimiento a su afinado silencio o sencillamente porque comprendían que la pobre se había equivocado de época.


Simplemente, se debe colaborar para evitar la extinción del ser pensante.

domingo, 11 de enero de 2015

UN POEMA DE:

Mario Benedetti 1920 - 2009

Ésta es mi casa

No cabe duda. Esta es mi casa
Aquí sucedo, aquí
Me engaño inmensamente.
Esta es mi casa detenida en el tiempo.

Llega el otoño y me defiende,
La primavera y me condena.
Tengo millones de huéspedes
Que ríen y comen,
Copulan y duermen,
Juegan y piensan,
Millones de huéspedes que se aburren
Y tienen pesadillas y ataques de nervios.

No cabe duda. Esta es mi casa.
Todos los perros y campanarios
Pasan frente a ella.
Pero a mi casa la azotan los rayos
Y un día se va a partir en dos.

Y yo no sabré dónde guarecerme
Porque todas las puertas dan afuera del mundo.


Estados de ánimo

A veces me siento
como un águila en el aire.
Unas veces me siento
Como pobre colina
Y otras como montaña
De cumbres repetidas

Unas veces me siento
Como un acantilado
Y en otras como un cielo
Azul pero lejano

A veces uno es
Manantial entre rocas
Y otras veces un árbol
Con las últimas hojas

Pero hoy me siento apenas
Como laguna insomne
Con un embarcadero
Ya sin embarcaciones

Una laguna verde
Inmóvil y paciente
Conforme con sus algas
Sus musgos y sus peces

Sereno en mi confianza
Confiado en que una tarde
Te acerques y te mires
Te mires al mirarme.


Hasta mañana

Voy a cerrar los ojos en voz baja,
voy a meterme a tientas en el sueño.
en este instante el odio no trabaja
para la muerte, que es su pobre dueño.

La voluntad suspende su latido
y yo me siento lejos tan pequeño,
que a Dios invoco pero no le pido
nada con tal de compartir apenas
este universo que hemos conseguido
por las malas y a veces por las buenas.

¿Por qué el mundo soñado no es el mismo
que este mundo de muerte a manos llenas?
Mi pesadilla es siempre el optimismo:
Me duermo débil sueño que soy fuerte,
Pero el futuro aguarda. Es un abismo.

No me lo digan cuando me despierte.



domingo, 7 de diciembre de 2014

UN POEMA DE:

Mario Benedetti  
1920 - 2009


Tu espejo es un sagaz 

Tu espejo es un sagaz
te sabe poro a poro
te desarruga el ceño
te bienquiere

te pule las mejillas
te despeina los años
o te mira a los ojos
te bienquiere

te depura los gestos
te pone la sonrisa
te transmite confianza
te bienquiere

hasta que sin aviso
sin pensarlo dos veces
se descuelga del clavo
te destroza


Torturador y espejo

Mirate
así 
qué cangrejo monstruoso atenazó tu infancia
qué paliza paterna te generó cobarde
qué tristes sumisiones te hicieron despiadado

no escapes a tus ojos
mirate
así

dónde están las walkirias que no pudiste
la primera marmita de tus sañas 

te metiste en crueldades de once varas
y ahora el odio te sigue como un buitre 

no escapes a tus ojos
mirate
así

aunque nadie te mate
sos cadáver

aunque nadie te pudra
estás podrido

dios te ampare 
o mejor
dios te reviente.


Previsión

De vez en cuando es bueno
ser consciente
de que hoy
de que ahora
estamos fabricando
 las nostalgias
que descongelarán
algún futuro.






martes, 2 de diciembre de 2014

Mario Benedetti - Lo demás es selva

Mario Benedetti
1920 - 2009

Lo demás es selva

De un piso alto cayó algo sobre su cabeza, algo que quizá fueran brasas o excremento. No quiso averiguarlo. Se limpió como pudo con una hoja del Herald Tribune y en ese momento decidió dejar para más tarde su encuentro bautismal con la noche blanca de Times Square. Era imprescindible que regresara al hotel para darse la tercera ducha de la jornada.

Al día siguiente de haber llegado a Nueva York, un calor húmedo y ollinoso había envuelto a Orlando Farías. La camisa de nailon se había convertido en un cilindro de goma, permanentemente empapado, que apenas si le dejaba respirar.

En la Quinta Avenida y la calle 34, la gente frenaba una carrera bastante loca, nada más que porque el semáforo se empecinaba en el rojo. El propio Farías sufrió el contagio y contuvo su montevideana tendencia a la contravención. Durante la espera, contabilizó una gota que formaba una resbaladiza tangente de sudor a partir de su tetilla izquierda. Puteó en alta voz y, a su lado, una señora pecosa, rubia, cargada de paquetes, le sonrió afablemente, como si él sólo hubiera hecho un comentario sobre el tiempo.

Ya estaba a punto de sentir vergüenza, cuando la muchedumbre arrancó, sobrepasándolo. El semáforo marcaba verde. Farías pensó que semejante impulso era anacrónico o, por lo menos, anaestacional. Un arranque así correspondía a una temperatura de quince grados bajo cero, y no a este horno. Caminó lentamente, más lentamente que en cualquier otra ciudad en el mundo, sólo por resentimiento. En dos oportunidades se detuvo frente a vidrieras que liquidaban diminutas radios a galena, con una actualizada forma de misiles. Era el primer rostro de la ciudad recién inaugurada.








martes, 21 de octubre de 2014

Mario Benedetti - Huellas

Mario Benedetti
1920 - 2009
Huellas

En el archivo de las fichas policiales, aquella huella digital estaba a oscuras y se encontraba sola, abandonada. Sentía nostalgia de su mano madre, y sus líneas finas, delicadas, eran como un escorzo de su tristeza. Por eso, cuando se encendió la luz y alguien colocó a su lado una nueva huella, tal irrupción generó una alegre expectativa.

Una vez que el funcionario apagó la luz y cerró la puerta, la huella primera se atrevió a decir:

–Hola.

–Hola –respondió con voz ronca la recién llegada.

–Qué suerte que viniste. A esta altura, la soledad ya me resultaba insoportable.

¿De qué pulgar venís?







domingo, 3 de agosto de 2014

UN POEMA DE:

Mario Benedetti
1920 - 2009
Tiempo sin tiempo
Preciso tiempo necesito ese tiempo
que otros dejan abandonado
porque les sobra o ya no saben
que hacer con él
tiempo
en blanco
en rojo
en verde
hasta en castaño oscuro
no me importa el color
cándido tiempo
que yo no puedo abrir
y cerrar
como una puerta
tiempo para mirar un árbol un farol
para andar por el filo del descanso
para pensar qué bien hoy es invierno
 para morir un poco
y nacer enseguida
y para darme cuenta
y para darme cuerda
preciso tiempo el necesario para
chapotear unas horas en la vida
y para investigar por qué estoy triste
y acostumbrarme a mi esqueleto antiguo
tiempo para esconderme
en el canto de un gallo
y para reaparecer
en un relincho
y para estar al día
para estar a la noche
tiempo sin recato y sin reloj
vale decir preciso
o sea necesito
digamos me hace falta
tiempo sin tiempo.

El Infinito
De un tiempo a esta parte
el infinito
se ha encogido
peligrosamente.
Quién iba a suponer
que segundo a segundo
cada migaja
de su pan sin límites
iba así a despeñarse
como canto rodado
en el abismo.
 
Parpadeo
Esa pared me inhibe lentamente
piedra a piedra me agravia
ya que no tengo tiempo de bajar hasta el mar
y escuchar su siniestra horadante alegría
ya que no tengo tiempo de acumular nostalgias
debajo de aquel pino perforador del cielo
ya que no tengo tiempo de dar la cara al viento
y oxigenar de veras el alma y los pulmones
voy a cerrar los ojos y tapiar los oídos
y verter otro mar sobre mis redes
y enderezar un pino imaginario
y desatar un viento que me arrastre
lejos de las intrigas y las máquinas
lejos de los horarios y los pelmas
pero puertas adentro es un fracaso
este mar que me invento no me moja
no tiene aroma el árbol que levanto
y mi huracán suplente ni siquiera
sirve para barrer mis odios secos.
y

domingo, 29 de junio de 2014

Mario Benedetti - Como un ladrón

Mario Benedetti
1920 - 2009
Como un ladrón

Yo vivía relativamente cómodo, acaso porque no se me había ocurrido creer en Dios. Ahora sé que muy pocos están en condiciones de aceptar esto que de tan sencillo es casi estúpido. Los más se imaginan que cada uno tiene la obligación de nacer con su pequeño dios. También se tiene el deber de nacer de cabeza y sin embargo siempre hay algún díscolo que nace de trasero.

Entonces no me gustaba enfrentarme a ciertos problemas ni tampoco tenía necesidad de hacerlo. No discutía el prestigio de la muerte y sentía por ella un miedo insignificante, sin escolta de libros, solitario. Después supe que mi miedo privado era sólo una variante del terror general. Y ésta fue la primera vergüenza de mi vida: que los otros usaran el mismo miedo que yo. Algo así como la rabia inexplicable que nos acomete cuando vemos a otro individuo con nuestros calcetines, con nuestros lunares o con nuestra calva.

Gracias a la muerte se liquidaba la aventura y era preciso renunciar definitivamente a los espejos, a los amaneceres, a la sed; retroceder hasta caer de espaldas, con todo el peso de la vida en las sienes, sin cuerpo, sin tacto, sin luz. Naturalmente, desaparecer así me llenaba de asco. Pero era un asco mórbido, que al fin de cuentas resultaba una invención, una especie de tanteo, casi una profecía particular.








martes, 18 de marzo de 2014

Mario Benedetti - Los bomberos

Mario Benedetti
1920 - 2009

Los bomberos

Olegario no sólo fue un as del presentimiento, sino que además siempre estuvo muy orgulloso de su poder. A veces se quedaba absorto por un instante, y luego decía: "Mañana va a llover". Y llovía. Otras veces se rascaba la nuca y anunciaba: "El martes saldrá el 57 a la cabeza". Y el martes salía el 57 a la cabeza. Entre sus amigos gozaba de una admiración sin límites.

Algunos de ellos recuerdan el más famoso de sus aciertos. Caminaban con él frente a la Universidad, cuando de pronto el aire matutino fue atravesado por el sonido y la furia de los bomberos. Olegario sonrió de modo casi imperceptible, y dijo: "Es posible que mi casa se esté quemando".

Llamaron un taxi y encargaron al chofer que siguiera de cerca a los bomberos. Éstos tomaron por Rivera, y Olegario dijo: "Es casi seguro que mi casa se esté quemando". Los amigos guardaron un respetuoso y afable silencio; tanto lo admiraban.

Los bomberos siguieron por Pereyra y la nerviosidad llegó a su colmo. Cuando doblaron por la calle en que vivía Olegario, los amigos se pusieron tiesos de expectativa. Por fin, frente mismo a la llameante casa de Olegario, el carro de bomberos se detuvo y los hombres comenzaron rápida y serenamente los preparativos de rigor. De vez en cuando, desde las ventanas de la planta alta, alguna astilla volaba por los aires.

Con toda parsimonia, Olegario bajó del taxi. Se acomodó el nudo de la corbata, y luego, con un aire de humilde vencedor, se aprestó a recibir las felicitaciones y los abrazos de sus buenos amigos.




Leído en http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/benedett/mb.htm



lunes, 3 de marzo de 2014

Mario Benedetti - Esa boca

Mario Benedetti
1920 - 2009

Esa boca

Su entusiasmo por el circo se venía arrastrando desde tiempo atrás. Dos meses, quizá. Pero cuando siete años son toda la vida y aún se ve el mundo de los mayores como una muchedumbre a través de un vidrio esmerilado, entonces dos meses representan un largo, insondable proceso. Sus hermanos mayores habían ido dos o tres veces e imitaban minuciosamente las graciosas desgracias de los payasos y las contorsiones y equilibrios de los forzudos. También los compañeros de la escuela lo habían visto y se reían con grandes aspavientos al recordar este golpe o aquella pirueta. Sólo que Carlos no sabía que eran exageraciones destinadas a él, a él que no iba al circo porque el padre entendía que era muy impresionable y podía conmoverse demasiado ante el riesgo inútil que corrían los trapecistas. Sin embargo, Carlos sentía algo parecido a un dolor en el pecho siempre que pensaba en los payasos. Cada día se le iba siendo más difícil soportar su curiosidad.








viernes, 1 de noviembre de 2013

Mario Benedetti - Pacto de sangre

Mario Benedetti
1920 - 2009

Pacto de sangre

A esta altura ya nadie me nombra por mi nombre: Octavio. Todos me llaman abuelo. Incluida mi propia hija. Cuando uno tiene, como yo, ochenta y cuatro años, qué más puede pedir. No pido nada. Fui y sigo siendo orgulloso. Sin embargo, hace ya algunos años que me he acostumbrado a estar en la mecedora o en la cama. No hablo. Los demás creen que no puedo hablar, incluso el médico lo cree. Pero yo puedo hablar. Hablo por la noche, monologo, naturalmente que en voz muy baja, para que no me oigan. Hablo nada más que para asegurarme de que puedo. Total, ¿para qué? Afortunadamente, puedo ir al baño por mí mismo, sin ayuda.




domingo, 20 de octubre de 2013

UN POEMA

Mario Benedetti
1920 - 2009

Los formales y el frío

Quién iba a prever que el amor, ese informal 
se dedicara a ellos tan formales 

mientras almorzaban por primera vez 
ella muy lenta y él no tanto 
y hablaban con sospechosa objetividad 
de grandes temas en dos volúmenes 
su sonrisa, la de ella, 
era como un augurio o una fábula 
su mirada, la de él, tomaba nota 
de cómo eran sus ojos, los de ella, 
pero sus palabras, las de él, 
no se enteraban de esa dulce encuesta 

como siempre o como casi siempre 
la política condujo a la cultura 
así que por la noche concurrieron al teatro 
sin tocarse una uña o un ojal 
ni siquiera una hebilla o una manga 
y como a la salida hacía bastante frío 
y ella no tenía medias 
sólo sandalias por las que asomaban 
unos dedos muy blancos e indefensos 
fue preciso meterse en un boliche 

y ya que el mozo demoraba tanto 
ellos optaron por la confidencia 
extra seca y sin hielo por favor 
cuando llegaron a su casa, la de ella, 
ya el frío estaba en sus labios, los de él, 
de modo que ella fábula y augurio 
le dio refugio y café instantáneos 

una hora apenas de biografía y nostalgias 
hasta que al fin sobrevino un silencio 
como se sabe en estos casos es bravo 
decir algo que realmente no sobre 

él probó sólo falta que me quede a dormir 
y ella probó por qué no te quedas 
y él no me lo digas dos veces 
y ella bueno por qué no te quedas 
de manera que él se quedó en principio 
a besar sin usura sus pies fríos, los de ella, 
después ella besó sus labios, los de él, 
que a esa altura ya no estaban tan fríos 
y sucesivamente así 
mientras los grandes temas 
dormían el sueño que ellos no durmieron.








Los formales, una película de Leopoldo Minotti contada a través de los poemas de Benedetti.