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jueves, 30 de abril de 2015

Hugo Hiriart - Berenjenas con queso

Hugo Hiriart  (1942)

Berenjenas con queso

“Estalló un incendio en la biblioteca de la Casa Blanca, pero los dos libros de Bush fueron salvados.”

El humor es agresivo, busca una víctima. Es exagerado (en el caso del ejemplo, dicen que no tanto). Y es, digamos, poético, en el sentido de ser una forma indirecta y elaborada de decir algo.

“Llámase virgen en Roma a la mujer que no ha recibido ninguna proposición”, define Juvenal. Y ahí están las tres notas: pendenciero, desorbitado y barroco.

A veces el humor es simétrico, con elegancia neoclásica. Bernard Shaw dice a Churchill:

—Te regalo dos boletos para mi estreno, mañana. Lleva a un amigo, si te queda alguno.
—Mañana no puedo ir —responde Churchill—, voy pasado mañana… digo, si tu obra aguanta dos noches.

¿Qué sería de nosotros sin el humor?






jueves, 23 de abril de 2015

Stephen King - El último turno

Stephen King  (1947)

El último turno

Viernes, dos de la mañana.

Cuando Warwick subió, Hall estaba sentado en el banco contiguo al ascensor, el único lugar del tercer piso donde un pobre trabajador podía fumarse un pitillo. No le alegró ver a Warwick. Teóricamente, el capataz no debía asomar las narices en el terreno durante el último turno. Teóricamente, debía quedarse en su despacho del sótano, bebiendo café de la jarra que descansaba sobre el ángulo de su escritorio. Además, hacía calor.

Era el mes de junio más caluroso que se recordaba en Gates Falls, y el termómetro de la Orange Cruz que también colgaba junto al ascensor había alcanzado en una oportunidad los treinta y cuatro grados a las tres de la mañana. Sólo Dios sabía qué clase de infierno era la tejeduría en el turno de tres a once.

Hall manejaba la carda: un armatoste fabricado en 1934 por una desaparecida firma de Cleveland. Sólo trabajaba en la tejeduría desde abril, de modo que todavía ganaba el salario mínimo de un dólar con stenta y ocho céntimos por hora, a pesar de lo cual estaba satisfecho. No tenía esposa, ni una chica estable, ni debía pagar alimentos por divorcio. Le gustaba vagabundear, y durante los últimos tres años había viajado, haciendo auto-stop, de Berkley (estudiante universitario) a Lake Tahoe (botones) a Galveston (estibador) a Miami (cocinero de minutas) a Wheeling (taxista y lavaplatos) a Gates Falls, Maine (cardador). No planeaba volver a partir hasta que comenzara a nevar. Era un individuo solitario y prefería el turno de once a siete, cuando la sangre de la tejeduría circulaba en su punto más bajo, para no hablar de la temperatura ambiente.

Lo único que no le gustaba eran las ratas.







martes, 7 de abril de 2015

Roberto Bolaño: Dos cuentos católicos

Roberto Bolaño

Dos cuentos católicos

I. La vocación

Tenía diecisiete años y mis días, quiero decir todos mis días, uno detrás de otro, eran un temblor constante. Nada me entretenía, nada vaciaba la angustia que se acumulaba en mi pecho. Vivía como un actor imprevisto dentro del ciclo iconográfico del martirio de San Vicente. ¡ San Vicente, diácono del obispo Valero y torturado por el gobernador Daciano en el año 304, ten piedad de mí !. A veces hablaba con Juanito. No, a veces no. A menudo. Nos sentábamos en los sillones de su casa y hablábamos de cine. A Juanito le gustaba Gary Cooper. Decía: la apostura, la templanza, la limpieza de alma, el valor. ¿Templanza? ¿Valor? Le hubiera escupido a la cara lo que se ocultaba tras sus certezas, pero prefería enterrar las uñas en el reposabrazos y morderme los labios cuando él no me miraba e incluso cerrar los párpados y hacer como que meditaba sus palabras.


Pero yo no meditaba. Al contrario: se me aparecían, bajo la forma de un carrusel, las imágenes del martirio de San Vicente. Primero: atado a un aspa de madera, es descoyuntado mientras le desgarran la carne con garfios. Y luego: sometido al tormento del fuego en una parrilla sobre brasas. Y luego: preso en una mazmorra cuyo suelo está cubierto de cascotes de vidrio y de cerámica. Y luego: el cadáver del mártir, abandonado en lugar desierto, es defendido por un cuervo contra la voracidad de un lobo. Y luego: desde una barca es arrojado su cuerpo al mar con una rueda de molino atada al cuello. Y luego: el cuerpo es devuelto por las olas a la costa y allí piadosamente enterrado por una matrona y otros cristianos. A veces sentía mareos. Ganas de vomitar. Juanito hablaba de la última película que habíamos visto y yo asentía con la cabeza y notaba que me estaba ahogando, como si los sillones estuvieran en el fondo de un lago muy profundo. Recordaba el cine, recordaba el momento de comprar las entradas, pero era incapaz de recordar las escenas que mi amigo, ¡mi único amigo!, rememoraba, como si la oscuridad del fondo del lago lo hubiera invadido todo. Si abro la boca tragaré agua. Si respiro tragaré agua. Si sigo vivo tragaré agua y mis pulmones se encharcarán por los siglos de los siglos.







domingo, 22 de marzo de 2015

H.P. Lovecraft - El color que cayó del cielo

H.P. Lovecraft

El color que cayó del cielo

Al Oeste de Arkham las colinas se yerguen selváticas, y hay valles con profundos bosques en los cuales no ha resonado nunca el ruido de un hacha. Hay angostas y oscuras cañadas donde los árboles se inclinan fantásticamente, y donde discurren estrechos arroyuelos que nunca han captado el reflejo de la luz del sol. En las laderas menos agrestes hay casas de labor, antiguas y rocosas, con edificaciones cubiertas de musgo, rumiando eternamente en los misterios de la Nueva Inglaterra; pero todas ellas están ahora vacías, con las amplias chimeneas desmoronándose y las paredes pandeándose debajo de los techos a la holandesa.

Sus antiguos moradores se marcharon, y a los extranjeros no les gusta vivir allí. Los francocanadienses lo han intentado, los italianos lo han intentado, y los polacos llegaron y se marcharon. Y ello no es debido a nada que pueda ser oído, o visto, o tocado, sino a causa de algo puramente imaginario. El lugar no es bueno para la imaginación, y no aporta sueños tranquilizadores por la noche. Esto debe ser lo que mantiene a los extranjeros lejos del lugar, ya que el viejo Ammi Pierce no les ha contado nunca lo que él recuerda de los extraños días. Ammi, cuya cabeza ha estado un poco desequilibrada durante años, es el único que sigue allí, y el único que habla de los extraños días; y se atreve a hacerlo, porque su casa está muy próxima al campo abierto y a los caminos que rodean a Arkham.






martes, 15 de julio de 2014

Filisberto Hernández - El corazón verde

Filisberto Hernández
1902 - 1964

El corazón verde

Hoy he pasado, en esta pieza, horas felices. No importa que haya dejado la mesa llena de pinchazos. Lo único que siento es tener que cambiar el diario que la cubre; hace tiempo que está puesto y le he tomado simpatía; es de un color verdoso, las letras grandes de los títulos son de color naranja y tiene la fotografía de unos quintillizos. Cuando la tarde estaba terminando y se apagaba un poco el gran calor, yo venía hacia mi pieza cansado de caminar. Había ido a pagar una cuota de un sobretodo comprado en invierno. Estaba un poco decepcionado de la vida pero tenía cuidado de que no me pisaran los vehículos; pensaba en mi pieza y recordé las cabecitas peladas de los quintillizos como si fueran las yemas de cinco dedos. Cuando ya estaba en mi cuarto con los brazos desnudos sobre el diario verde y un pequeño círculo de luz daba sobre los libros de colores, abrí una caja de lápices y saqué mi alfiler de corbata. Lo di vuelta entre mis manos hasta que se me cansaron los dedos y distraídamente pinchaba el diario en los ojos de los quintillizos.

Primero ese alfiler había sido una pequeña piedra verde que el mar había desgastado dándole forma de corazón; después la habían puesto en un prendedor y el corazón había quedado emplomado entre el cuadrilátero del tamaño de un diente de caballo. Al principio, mientras yo le daba vuelta entre mis dedos, pensaba en cosas que no tenían que ver con él; pero de pronto él me empezó a traer a mi madre, después a un tranvía a caballos, una tapa de botellón, un tranvía eléctrico, mi abuela, una señora francesa que se ponía un gorro de papel y siempre estaba llena de plumitas sueltas; su hija, que se llamaba Ivonne y le daba un hipo tan fuerte como un grito, un muerto que había sido vendedor de gallinas, un barrio sospechoso de una ciudad de la Argentina y donde en un invierno yo dormía en el suelo y me tapaba con diarios, otro barrio aristocrático de otra ciudad donde yo dormía como un príncipe y me tapaba con muchas frazadas, y, por último, un ñandú1 y un mozo de café.






miércoles, 28 de mayo de 2014

Haruki Murakami - El folclore de nuestra generación

Haruki Murakami
1949
El folclore de nuestra generación 

Nací en el año 1949. En 1961 empecé la enseñanza media y, en 1967, entré en la universidad. Cumplí los veinte años en pleno auge de las aparatosas revueltas estudiantiles que todos conocéis. En este sentido, creo que se me puede considerar un típico hijo de los años sesenta. Pasé el periodo más vulnerable, más inmaduro y a la vez más decisivo de mi vida respirando a pleno pulmón el aire salvaje, improvisado y espontáneo de los años sesenta, que, como es lógico, acabó emborrachándome por completo. ¡Había tantas puertas que debíamos abrir de una patada! Sí. ¡Y qué fantástico es tener ante los ojos puertas para que las abriéramos a puntapiés! Y todo eso con los Doors, los Beatles, Bob Dylan y los otros como música de fondo. 

En la década de los sesenta, sin duda, ocurrió algo especial. Lo pienso ahora al mirar hacia atrás, y también lo creía entonces, cuando estaba inmerso en aquel torbellino. Que aquella época fue excepcional. Pero si la conversación deriva hacia la cuestión de si aquella década excepcional nos contagió con su fulgor a nosotros —es decir, a nuestra generación—, entonces, personalmente, no puedo evitar inclinar la cabeza en un gesto dubitativo. No puedo evitar balbucir una respuesta. ¿No nos limitamos, tal vez, a pasar por delante de todo aquello que era tan excepcional? ¿No nos limitamos, tal vez, de la misma manera que si se tratara de una película emocionante, a verla y vivirla con intensidad, sintiendo húmedas de sudor las palmas de las manos, para luego, una vez que se encendieron las luces del cine, salir a la calle apenas poseídos por una inofensiva exaltación? ¿No nos olvidamos, tal vez, por una u otra razón, de extraer de todo aquello una lección realmente valiosa?







lunes, 21 de abril de 2014

Martín Armstrong - El fumador de pipa

Martín Armstrong
1882 - 1994

El fumador de pipa
Por lo general no me importa caminar bajo la lluvia, pero en aquella ocasión la lluvia era torrencial y aún tenía diez millas que recorrer. Por eso me detuve ante la primera casa, más o menos a una milla del pueblo siguiente, y miré por encima de la canela del jardín. La casa no tenía un aspecto muy prometedor, pues vi en seguida que estaba vacía. Todas las ventanas estaban cerradas, y no había una sola con persianas ni visillos. Por una de ellas, del piso bajo, vi paredes desnudas, la desnuda repisa de una chimenea y una parrilla vacía. También el jardín estaba descuidado, los lechos de flores llenos de hierbas; apenas se lo habría reconocido como tal jardín de no ser por la cerca, los vestigios de senderos rectos y los arbustos de lilas que estaban en plena flor y que regaban de agua la hierba cada vez que el viento los sacudía.



domingo, 20 de abril de 2014

Hermanos Grimm - Los tres pelos de oro del Diablo

Jacob Grimm: 1785-1863
Wilhelm Grimm: 1786-1859

Los tres pelos de oro del Diablo

Érase una vez una mujer muy pobre que dio a luz un niño. Como el pequeño vino al mundo envuelto en la tela de la suerte, predijéronle que al cumplir los catorce años se casaría con la hija del Rey. Ocurrió que unos días después el Rey pasó por el pueblo, sin darse a conocer, y al preguntar qué novedades había, le respondieron:

- Uno de estos días ha nacido un niño con una tela de la suerte. A quien esto sucede, la fortuna lo protege. También le han pronosticado que a los catorce años se casará con la hija del Rey.

El Rey, que era hombre de corazón duro, se irritó al oír aquella profecía, y, yendo a encontrar a los padres, les dijo con tono muy amable:

- Vosotros sois muy pobres; dejadme, pues, a vuestro hijo, que yo lo cuidaré.

Al principio, el matrimonio se negaba, pero al ofrecerles el forastero un buen bolso de oro, pensaron: "Ha nacido con buena estrella; será, pues, por su bien" y, al fin, aceptaron y le entregaron el niño.

El Rey lo metió en una cajita y prosiguió con él su camino, hasta que llegó al borde de un profundo río. Arrojó al agua la caja, y pensó: "Así he librado a mi hija de un pretendiente bien inesperado."

Pero la caja, en lugar de irse al fondo, se puso a flotar como un barquito, sin que entrara en ella ni una gota de agua. Y así continuó, corriente abajo, hasta cosa de dos millas de la capital del reino, donde quedó detenida en la presa de un molino. Uno de los mozos, que por fortuna se encontraba presente y la vio, sacó la caja con un gancho, creyendo encontrar en ella algún tesoro. Al abrirla ofrecióse a su vista un hermoso chiquillo, alegre y vivaracho. Llevólo el mozo al molinero Y su mujer, que, como no tenían hijos, exclamaron:






sábado, 19 de abril de 2014

Félix Terrones - Mañana, cuando ya no estés

Félix Terrones

Mañana, cuando ya no estés

Los llantos comenzaron a la hora de siempre, solo que esta vez algo los calló de improviso, como si de repente el ruido se llenara de algodones.

En su cama, Otilia sólo atinó a cerrar los ojos. Esperó. Uno, dos, cinco, varios minutos. El silencio seguía cayendo desde unas alturas imposibles hasta el borde tenebroso de un precipicio. Ya no quería recordar cómo fue que todo empezó; de hecho, al inicio nada había sido así. O, mejor dicho, nada había parecido ser de esa manera.

Recordaba la primera impresión que tuvo de ellos, sentados en el comedor. Ella, una de esas señoras que había visto en el aeropuerto, hermosas y lejanas, educadísimas; él, aunque taciturno, y con la mirada perdida, parecía atento a lo que decía su mujer. Le dijeron, o al menos eso fue lo que ella entendió, que la aceptaban, se quedaría en el cuarto de al fondo, justamente el que estaba al lado de donde dormía el pequeño Louis, ¿decía que era peruana, no?, terminó la señora. Después, el señor se fue a su cuarto, aquel donde se encerraría ese día y los siguientes.





viernes, 18 de abril de 2014

Agatha Christie - El rey del trébol

Agatha Christie
1890 - 1976

El rey del trébol


La verdad -observé dejando el Daily Newsmonger a un lado- tiene más fuerza que la ficción.

La observación no era original, pero pareció gustar a mi amigo, que, ladeando la cabeza de nuevo, se quitó una mota imaginaria de polvo de los bien planchados pantalones y observó:

-¡Qué idea tan profunda! ¡Mi amigo Hastings es un pensador!

Sin enojarme por la evidente ironía, di un golpecito sobre el periódico que acababa de soltar de la mano.

-¿Lo ha leído ya? -pregunté.

-Sí. Y después de leerlo lo he vuelto a doblar simétricamente. No lo he tirado al suelo como acaba usted de hacer, con una lamentable falta de orden y de método.

(Esto es lo peor de Poirot. El Orden y el Método son sus dioses. Y les atribuye todos sus éxitos.)

-¿Entonces ha leído la nota del asesinato de Henry Reedbum, el empresario? Él ha originado mi reciente observación. Porque es cierto que no solo la verdad es más fuerte que la ficción, sino, asimismo, mucho más dramática. Vea por ejemplo esa sólida familia de clase media, los Ogiander. El padre, la madre, el hijo, la hija son típicos, como tantos cientos de familias de este país. Los hombres van al centro de la ciudad todos los días; las mujeres se ocupan de la casa. Sus vidas son pacíficas, monótonas incluso. Anoche estuvieron sentados en el salón de su casa de Daisymead, en Streatham, jugando al bridge. De improviso, se abre una puerta de cristales y entra en la habitación una mujer tambaleándose. Lleva manchado de sangre el vestido de seda gris. Antes de caer desmayada al suelo dice una sola palabra: «asesinado». La familia la reconoce al punto. Es Valerie Sinclair, famosa bailarina, de quien habla todo Londres.






jueves, 17 de abril de 2014

Haruki Murakami - Tony Takitani


Tony Takitani

El nombre real de Tony Takitani era, verdaderamente, Tony Takitani.

Debido a su nombre (en el registro civil figuraba, por supuesto, Tony Takitani) y a que tenía las facciones muy pronunciadas y el pelo rizado, cuando era pequeño solían tomarlo por un niño mestizo. Porque, en plena posguerra, había montones de niños por cuyas venas corría la sangre de los soldados americanos.

Sin embargo, lo cierto era que tanto su padre como su madre eran japoneses de pura cepa. Su padre se llamaba Shózaburó Takitani y era un trombón de jazz que había disfrutado de cierta fama en la preguerra. Pero cuatro años antes de que estallara la guerra del Pacífico se metió en un lío de faldas, tuvo que dejar Tokio y, puestos a marcharse, se fue a la China llevándose sólo su instrumento. En aquella época, zarpando de Nagasaki, se tardaba un día en llegar a Shangai. No tenía nada, ni en Tokio ni en Japón, que le importara dejar atrás. Se marchó sin pesar alguno.

Además, los encantos artísticos que ofrecía el Shangai de aquella época parecían irle, a un hombre de sus características, como anillo al dedo. Desde el instante en que avistó, de pie en la cubierta del barco que remontaba el río Yangtzé, las hermosas calles de Shangai iluminadas por el sol de la mañana, se sintió fascinado por la ciudad. Aquella luz parecía traerle promesas de un futuro brillante y feliz.

Tenía entonces veintiún años.








miércoles, 16 de abril de 2014

Roberto Arlt - Soliloquio del solterón

Roberto Arlt
1900 - 1942
Soliloquio del solterón

Me miro el dedo gordo del pie, y gozo.

Gozo porque nadie me molesta. Igual que una tortuga, a la mañana, saco la cabeza debajo la caparazón de mis colchas y me digo, sabrosa­mente, moviendo el dedo gordo del pie:

-Nadie me molesta. Vivo solo, tranquilo y gordo como un archipreste glotón.

Mi camita es honesta, de una plaza y gracias. Podría usarla sin repa­ro ninguno el Papa o el arzobispo.

A las ocho de la mañana entra a mi cuarto la patrona de la pensión, una señora gorda, sosegada y maternal. Me da dos palmaditas en la es­palda y me pone junto al velador la taza de café con leche y pan con man­teca. Mi patrona me respeta y considera. Mi patrona tiene un loro que dice: "¡Ajuá! ¿Te fuiste? Que te vaya bien", y el loro y la patrona me consuelan de que la vida sea ingrata para otros, que tienen mujer y, ade­más de mujer, una caterva de hijos.

Soy dulcemente egoísta y no me parece mal.

Trabajo lo indispensable para vivir, sin tener que gorrear a nadie, y soy pacífico, tímido y solitario. No creo en los hombres, y menos en las mujeres, mas esta convicción no me impide buscar a veces el trato de ellas, porque la experiencia se afina en su roce, y además no hay mujer, por mala que sea, que no nos haga indirectamente algún bien.






martes, 15 de abril de 2014

Yukio Mishima - El muchacho que escribía poesía

Yukio Mishima
1925 - 1970

El muchacho que escribía poesía

Poema tras poema fluía de su pluma con pasmosa facilidad. Le llevaba poco tiempo llenar las treinta páginas de uno de los cuadernos de la Escuela de los Pares. ¿Cómo era posible, se preguntaba el muchacho, que pudiera escribir dos o tres poemas por día? Una semana que estuvo enfermo en cama, compuso: "Una semana: Antología". Recortó un óvalo en la cubierta de su cuaderno para destacar la palabra "poemas" en la primera página. Abajo, escribió en inglés: "12th. 18th: May, 1940". Sus poemas empezaban a llamar la atención de los estudiantes de los últimos años. "La algarabía es por mis 15 años". Pero el muchacho confiaba en su genio. Empezó a ser atrevido cuando hablaba con los mayores. Quería dejar de decir "es posible", tenía que decir siempre "sí".

Estaba anémico de tanto masturbarse. Pero su propia fealdad no había empezado a molestarle. La poesía era algo aparte de esas sensaciones físicas de asco. La poesía era algo aparte de todo. En las sutiles mentiras de un poema aprendía el arte de mentir sutilmente. Sólo importaba que las palabras fueran bellas. Todo el día estudiaba el diccionario.

Cuando estaba en éxtasis, un mundo de metáforas se materializaba ante sus ojos. La oruga hacía encajes con las hojas del cerezo; un guijarro lanzado a través de robles esplendorosos volaba hacia el mar. Las garzas perforaban la ajada sábana del mar embravecido para buscar en el fondo a los ahogados. Los duraznos se maquillaban suavemente entre el zumbido de insectos dorados; el aire, como un arco de llamas tras una estatua, giraba y se retorcía en torno a una multitud que trataba de escapar. El ocaso presagiaba el mal: adquiría la oscura tintura del yodo. Los árboles de invierno levantaban hacia el cielo sus patas de madera. Y una muchacha estaba sentada junto a un horno, su cuerpo como una rosa ardiente. Él se acercaba a la ventana y descubría que era una flor artificial. Su piel, como carne de gallina por el frío, se convertía en el gastado pétalo de una flor de terciopelo.







lunes, 14 de abril de 2014

Woody Allen - Para acabar con la mafia

Allan Stewart Königsberg
Woody Allen
1935



Para acabar con la mafia

Un vistazo al crimen organizado

No es ningún secreto que el crimen organizado se lleva en América más de cuarenta mil millones de dólares al año. Se trata de un beneficio bastante respetable sobre todo si se tiene en cuen­ta el hecho de que la Mafia dedica muy poco a gastos de oficina. Fuentes bien informadas indican que la Cosa Nostra gastó menos de seis mil dólares el año pasado en papel de correspondencia personal y aún menos en grapas. Además, tienen una sola secretaria que hace todo el trabajo de mecanografía y sólo tres habitaciones pequeñas en la oficina central que comparten con el Estudio de Danza Fred Persky.

El año pasado, el crimen organizado fue responsable directo de más de cien asesinatos, y los mafiosi participaron de forma indirecta en otros cientos más, ya sea prestando dinero para el transpor­te en vehículos del servicio público o guardándoles los abrigos mientras iban por ahí a pegar tiros. Otras operaciones ilícitas llevadas a cabo por miembros de la Cosa Nostra fueron el juego, el tráfico de drogas, la prostitución, secuestros, usura y, violando fronteras estatales, el transporte de un inmenso pez rojo con fines pornográficos. Los tentáculos de este corrupto imperio alcanzan al mismo gobierno. Hace sólo unos pocos meses, dos jefes de banda con juicios federales pendientes pasaron la noche en la Casa Blanca y el presidente durmió en el sofá.





domingo, 13 de abril de 2014

Juan José Arreola - Armisticio

Juan José Arreola
1918 - 2001

Armisticio


Con fecha de hoy retiro de tu vida mis tropas de ocupación. 

Me desentiendo de todos los invasores en cuerpo y alma. 

Nos veremos las caras en la tierra de nadie. 

Allí dónde un ángel señala desde lejos invitándonos a entrar: 

Se alquila paraíso en ruinas.




sábado, 12 de abril de 2014

Mijail Sholojov - El destino de un hombre

Mijail  Sholojov
1893 - 1985

El destino de un hombre

La primera primavera después de la guerra fue en el Alto Don excepcional: llegó impetuosa, y el deshielo se produjo rápido, a un tiempo. A fines de marzo, soplaron de las costas del mar Azov templados vientos y, dos días más tarde, ya estaban completamente desnudas las arenas de la margen izquierda del Don; se alzó, abombándose, la nieve que llenaba barranquillos y cañadas, mientras los riachuelos de la estepa, rompiendo el hielo, corrían retozones, primaverales, y los caminos se ponían casi intransitables.

En esa mala época de caminos anegados me cupo en suerte ir a la stanitsa de Bukanovskaia. Y aunque la distancia no era grande -cerca de sesenta kilómetros- no resultó tan fácil recorrerla. En compañía de unos camaradas, partí antes de salir el sol. Un par de caballos bien cebados, tensos como cuerda de guitarra los tirantes de los arneses, apenas podían arrastrar el pesado carricoche. Las ruedas se hundían hasta las pezoneras en la arena, húmeda, mezclada con nieve y hielo, y al cabo de una hora, en los ijares de los caballos y en sus ancas, bajo las finas correas de las retranquillas, aparecía ya una espuma abundante, blanca como de jabón, mientras el aire puro de la mañana se llenaba de un olor acre y embriagador a sudor de caballo y al recalentado alquitrán con que fueran pródigamente embadurnados los arreos.

En los lugares más penosos para los caballos, saltábamos del carricoche y seguíamos a pie. Bajo nuestras botas altas chapoteaba la nieve acuosa, costaba trabajo andar, pero a ambos lados del camino se conservaba todavía el hielo -refulgente al sol como el cristal- y por allí era aún más difícil avanzar. Al cabo de unas seis horas sólo habíamos recorrido treinta kilómetros y llegábamos al lugar por donde debíamos cruzar el riachuelo Elanka.






viernes, 11 de abril de 2014

Ana María Cadavid - Viento lunar

Ana María Cadavid Moreno
Colombia

Viento lunar

—Hoy, el hombre, por primera vez, pisará la Luna— dice Tatín blanqueando los ojos. Así decía el padre en mi primera comunión: “Dios vino a la tierra y se hizo hombre”.

Me siento en el suelo. La revista Life está en la mesa. Mi papá no deja que la recortemos. Se pone furioso si la rayamos. Las hojas son grandes, llenas de fotos, con mujeres muy bonitas, de pelo largo, suave, y señores peinados con gomina. Los astronautas están ahí con sus trajes espaciales. Llevan el casco en la mano y tienen los ojos azules. Yo nunca he tenido el pelo largo. Me lo cortan cada vez que me llega a los hombros porque, como dice mi mamá, con ese pelero me veo horrible. Para la primera comunión, ella me peinó con rulos y los guantes que me pusieron son de cuando ella era joven. Me quedaban grandes. Enormes. Yo estaba furiosa con ese peinado de señora, pero mi mamá estaba feliz echándome laca para que el viento no me despeinara. Y todos decían que cada vez me parecía más a ella. Cuando me miraba en el espejo me quería arrancar la cabeza. Odio ese olor a laca. ¡Gas!





jueves, 10 de abril de 2014

Patricia Highsmith - La coartada perfecta

Patricia Highsmith
1921 - 1955

La coartada perfecta


La multitud se arrastraba como un monstruo ciego y sin mente hacia la entrada del metro. Los pies se deslizaban hacia adelante unos pocos centímetros, se paraban, volvían a deslizarse. 
Howard odiaba las multitudes. Le hacían sentir pánico. Su dedo estaba en el gatillo, y durante unos segundos se concentró en no permitir que lo apretara, pese a que se había convertido en un impulso casi incontrolable.


Había descosido el fondo del bolsillo de su sobretodo, y ahora sujetaba la pistola en ese bolsillo con su mano enguantada. Las bajas y anchas espaldas de George estaban a menos de medio metro frente a él, pero había un par de personas entre medio. Howard giró los hombros y se encajó en el espacio entre un hombre y una mujer, empujando ligeramente al hombre.

Ahora estaba inmediatamente detrás de George, y la parte delantera de su sobretodo desabrochado rozaba la espalda del abrigo del otro. Howard niveló la pistola en su bolsillo. Una mujer golpeó su brazo derecho, pero mantuvo firme la puntería contra la espalda de George, con los ojos fijos en su sombrero de fieltro. Una voluta del humo del cigarro del otro hombre se enroscó en las fosas nasales de Howard, familiar y nauseabunda. La entrada del metro estaba a tan sólo un par de metros. Dentro de los próximos cinco segundos, se dijo Howard, y al mismo tiempo su mano izquierda se movió para echar hacia atrás el lado derecho de su sobretodo, hizo un movimiento incompleto, y una décima de segundo más tarde la pistola disparó.






miércoles, 9 de abril de 2014

Augusto Monterroso - Míster Taylor

Augusto Monterroso
1921 - 2003
Míster Taylor
-Menos rara, aunque sin duda más ejemplar -dijo entonces el otro-, es la historia de Mr. Percy Taylor, cazador de cabezas en la selva amazónica.
Se sabe que en 1937 salió de Boston, Massachusetts, en donde había pulido su espíritu hasta el extremo de no tener un centavo. En 1944 aparece por primera vez en América del Sur, en la región del Amazonas, conviviendo con los indígenas de una tribu cuyo nombre no hace falta recordar.
Por sus ojeras y su aspecto famélico pronto llegó a ser conocido allí como “el gringo pobre”, y los niños de la escuela hasta lo señalaban con el dedo y le tiraban piedras cuando pasaba con su barba brillante bajo el dorado sol tropical. Pero esto no afligía la humilde condición de Mr. Taylor porque había leído en el primer tomo de las Obras Completas de William G. Knight que si no se siente envidia de los ricos la pobreza no deshonra.



martes, 8 de abril de 2014

Hans Christian Andersen - Pluma y tintero

Hans Christian Andersen
1805 - 1875

Pluma y tintero

En el despacho de un escritor, alguien dijo un día, al considerar su tintero sobre la mesa:

-Es sorprendente lo que puede salir de un tintero. ¿Qué va a darnos la próxima vez? Es bien extraño.

-Lo es, ciertamente -respondió el tintero-. Incomprensible. Es lo que yo digo -añadió, dirigiéndose a la pluma y demás objetos situados sobre la mesa y capaces de oírlo-. ¡Es sorprendente lo que puede salir de mí! Es sencillamente increíble. Yo mismo no podría decir lo que saldrá la próxima vez, en cuanto el hombre empiece a sacar tinta de mí. Una gota de mi contenido basta para llenar media hoja de papel, y, ¡cuántas cosas no se pueden decir en ella! Soy verdaderamente notable. De mí salen todas las obras del poeta, estas personas vivientes que las gentes creen conocer, estos sentimientos íntimos, este buen humor, estas amenísimas descripciones de la Naturaleza. Yo no lo comprendo, pues no conozco la Naturaleza, pero lo llevo en mi interior. De mí salieron todas esas huestes de vaporosas y encantadoras doncellas, de audaces caballeros en sus fogosos corceles, de ciegos y paralíticos, ¡qué sé yo! Les aseguro que no tengo ni idea de cómo ocurre todo esto.