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| Hans Christian Andersen 1805 - 1875 |
La vendedora de fósforos
¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y
la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío
y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y
los pies desnuditos. Tenía, en verdad, zapatos cuando
salió de su casa; pero no le habían servido mucho tiempo. Eran unas
zapatillas enormes que su madre ya había usado: tan grandes, que la
niña las perdió al apresurarse a atravesar la calle para que no la
pisasen los carruajes que iban en direcciones opuestas.
La niña caminaba, pues, con los piececitos desnudos, que estaban rojos
y azules del frío; llevaba en el delantal, que era muy viejo, algunas
docenas de cajas de fósforos y tenía en la mano una de ellas como
muestra. Era muy mal día: ningún comprador se había presentado, y, por
consiguiente, la niña no había ganado ni un céntimo. Tenía mucha
hambre, mucho frío y muy mísero aspecto. ¡Pobre niña! Los copos de nieve
se posaban en sus largos cabellos rubios, que le caían en preciosos
bucles sobre el cuello; pero no pensaba en sus cabellos.








