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| Félix Terrones |
Mañana, cuando ya no estés
Los llantos comenzaron a la hora de siempre, solo que esta vez algo los calló de improviso, como si de repente el ruido se llenara de algodones.
En su cama, Otilia sólo atinó a cerrar los ojos. Esperó. Uno, dos, cinco, varios minutos. El silencio seguía cayendo desde unas alturas imposibles hasta el borde tenebroso de un precipicio. Ya no quería recordar cómo fue que todo empezó; de hecho, al inicio nada había sido así. O, mejor dicho, nada había parecido ser de esa manera.
Recordaba la primera impresión que tuvo de ellos, sentados en el comedor. Ella, una de esas señoras que había visto en el aeropuerto, hermosas y lejanas, educadísimas; él, aunque taciturno, y con la mirada perdida, parecía atento a lo que decía su mujer. Le dijeron, o al menos eso fue lo que ella entendió, que la aceptaban, se quedaría en el cuarto de al fondo, justamente el que estaba al lado de donde dormía el pequeño Louis, ¿decía que era peruana, no?, terminó la señora. Después, el señor se fue a su cuarto, aquel donde se encerraría ese día y los siguientes.

