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sábado, 17 de octubre de 2015

Haruki Murakami – Sherezade, de Hombres sin mujeres

Haruki Murakami  ( 1949 )

Sherezade

Cada vez que mantenía relaciones sexuales con Habara, ella le contaba una extraña y apasionante historia. Como la Sherezade de Las mil y una noches. A diferencia de lo que ocurría en el cuento, por supuesto, Habara no tenía ni la más mínima intención de cortarle el cuello al amanecer (para empezar, ella jamás se había quedado junto a él hasta la mañana del día siguiente). Si le narraba aquellas historias era simplemente porque le apetecía. Sin duda ella también querría consolar a Habara, que se veía obligado a permanecer encerrado en la casa a solas. Pero Habara suponía que eso no era todo; que, además, a ella debía de gustarle el hecho en sí de hablar en la intimidad con un hombre, en la cama —sobre todo en esos momentos de languidez tras el sexo.

Habara la llamaba Sherezade. No delante de ella, pero en el pequeño diario que llevaba anotaba a bolígrafo «Sherezade» los días en que ella acudía. También apuntaba de manera concisa —de tal modo que, aunque alguien lo leyese, no lo dedujera— el argumento de las historias que ella le relataba.

Habara ignoraba si aquellas historias eran reales, inventadas o una mezcla de verdad y ficción. Era imposible deducirlo. En ellas realidad y especulación, observación y fantasía parecían fundirse de manera indistinguible. Por eso Habara había decidido prestarle atención sin más y dejar de preocuparse por si eran falsas o verdaderas. ¿Qué importancia podía tener para él esa diferencia, fuesen reales o no, o aunque se tratase de un complejo jaspeado?

El caso es que Sherezade era una excelente oradora que sabía captar la atención del otro. Todo lo que contaba se convertía en un relato especial, se tratase de la historia que se tratase. El tono, las pausas, la forma en que hacía avanzar el relato, todo era perfecto. Despertaba el interés del oyente, lo mantenía astutamente en ascuas, le obligaba a pensar, a especular, y luego le daba justo lo que deseaba. Con esa envidiable destreza conseguía que, por un instante, el oyente se olvidase de la realidad que lo rodeaba. Como si le pasase un paño húmedo a un encerado, borraba limpiamente fragmentos de recuerdos desagradables que permanecían como adheridos, preocupaciones que el oyente hubiera querido olvidar de haber sido posible. «¿Acaso no basta con eso?», pensaba Habara. De hecho era exactamente lo que él más anhelaba entonces.







viernes, 16 de octubre de 2015

Haruki Murakami - Hombres sin mujeres

Haruki Murakami  ( 1949 )

Hombres sin mujeres

El timbre del teléfono me despierta pasada la una de la madrugada. Una llamada telefónica en plena noche siempre resulta violenta. Es como si alguien intentase destruir el mundo valiéndose de una brutal pieza metálica. Como miembro del género humano, tengo la obligación de acallarlo. Así que me levanto de la cama, voy a la salita de estar y descuelgo el auricular.

Una voz grave de hombre me da un aviso: una mujer ha desaparecido para siempre de este mundo. La voz pertenece al marido de la mujer. Por lo menos así se presentó. Y me dijo algo: "Mi mujer se suicidó el miércoles de la semana pasada y, en cualquier caso, pensé que debía comunicárselo"; eso me dijo. En cualquier caso. Su tono me pareció desprovisto de todo sentimiento. Daba la impresión de que dictara un texto para un telegrama. Apenas había silencios entre palabra y palabra. Un aviso puro y duro. La verdad sin ornamentos. Punto.

¿Qué respondí yo? Debí de decirle algo, pero no recuerdo qué. De todas formas, se hizo un silencio. Un silencio como si cada uno nos asomásemos a un extremo de un hondo agujero abierto en el medio de una carretera. Luego él colgó, sin más ni más, sin haber añadido nada. Como si suavemente depositase una frágil obra de arte en el suelo. Y yo me quedé allí plantado, con el teléfono en la mano, absurdamente. En camiseta blanca y bóxers azules.

No sé de qué me conocía. ¿Le habría dicho ella que yo era un “viejo amante“? ¿Para qué? ¿Y cómo es que tenía mi número, si no viene en la guía telefónica? Además, para empezar, ¿por qué yo? ¿Por qué tuvo el marido que tomarse la molestia de llamarme e informarme de que ella había desaparecido para siempre? Me resulta difícil creer que ella se lo pidiera por escrito en el testamento. De nuestra relación hacía una eternidad. Y una vez rota, nunca volvimos a vernos. Ni siquiera a hablar por teléfono.







sábado, 21 de marzo de 2015

Haruki Murakami - Cangrejo

Haruki Murakami

Cangrejo

Los dos descubrieron aquel pequeño restaurante por azar. Al atardecer del día que llegaron a la playa de Singapur se les ocurrió, sin más, meterse en un callejón donde acabaron topando casualmente con el local. Era una construcción de una sola planta, rodeada por una tapia de ladrillo alta hasta la cintura. En el jardín, donde crecían unas palmeras bajas, sólo había cinco mesas de madera. El edificio principal, hecho de argamasa, estaba pintado de un vivo color rosado. Sobre las mesas se abrían unas sombrillas de lona de tonos desteñidos. Como todavía era temprano, apenas había clientes. Sólo dos ancianos con el pelo corto, chinos al parecer, sentados el uno frente al otro a una de las mesas, bebiendo cerveza y picando de una variedad de platos en silencio. No decían una palabra. A sus pies, un perrazo negro con los ojos entrecerrados permanecía tumbado en el suelo con aire somnoliento. Por la ventana de la cocina se alzaba vapor de agua blanco, cuya forma recordaba la cola de algún espíritu, y se esparcía un delicioso olor a hervido. También se oían las animadas voces de los cocineros y el alegre entrechocar de los cacharros de cocina. El sol poniente hacía resaltar el verde de las hojas de las palmeras mecidas por la brisa.






martes, 7 de octubre de 2014

Haruki Murakami - Conitos

Haruki Murakami
1949
Conitos

Estaba hojeando distraídamente el periódico de la mañana cuando, en una esquina, descubrí el siguiente anuncio: “Famosos Pasteles Conitos. Concurso para la creación de los Nuevos Conitos. Gran sesión informativa”. No tenía ni idea de qué diablos eran aquellos Conitos. Pero lo de “famosos pasteles” hacía suponer que se trataba de algún tipo de dulce. Yo soy un poco quisquilloso en lo que a los dulces se refiere. Y, como no tenía nada que hacer, decidí asomar las narices por la “gran sesión informativa”.

La “gran sesión informativa” se celebra en el salón de un hotel e incluso ofrecían té y pasteles. Los pasteles eran, ¡cómo no!, Conitos.

Probé uno, pero su sabor no me entusiasmó precisamente. Lo encontré empalagoso y la corteza me pareció demasiado reseca. No podía creer que a los jóvenes de mi generación les gustara un dulce semejante.







viernes, 1 de agosto de 2014

Haruki Murakami - Sauce ciego, mujer dormida

Haruki Murakami
1949
Sauce ciego, mujer dormida

Al cerrar los ojos percibí el olor del viento. Un airecillo de mayo con turgencias afrutadas. Ahí estaba la piel, y la pulpa, blanda y jugosa, y las semillas. La fruta reventó en el aire y las semillas, convertidas en una nube de blandos perdigones, dieron contra mi brazo desnudo. Atrás, sólo dejaron un dolor tenue.

—¿Qué hora es? —me preguntó mi primo. Como yo le llevaba casi veinte centímetros de estatura, me hablaba con el rostro alzado hacia mí.

Eché una ojeada al reloj de pulsera.

—Las diez y veinte.

—¿Va bien ese reloj? —me preguntó mi primo.

—Yo diría que sí. Mi primo me tiró de la muñeca y observó el reloj. Sus dedos eran finos y suaves, más fuertes de lo que cabía esperar.

—Oye, ¿es caro?

—No, qué va. Es una baratija —contesté echándole otro vistazo a la esfera.

No hubo respuesta.







viernes, 11 de julio de 2014

Haruki Murakami - El hombre de hielo

Haruki Murakami
1947
El hombre de hielo

Me casé con un hombre de hielo.

Lo vi por primera vez en un hotel para esquiadores, que es quizá el sitio indicado para conocer a alguien así. El lobby estaba lleno de jóvenes bulliciosos pero el hombre de hielo permanecía sentado a solas en una butaca en la esquina más alejada de la chimenea, absorto en un libro. Pese a que era cerca de mediodía, la luz diáfana y fría de esa mañana de principios de invierno parecía demorarse a su alrededor.

—Mira, un hombre de hielo —susurró mi amiga.

En ese momento, sin embargo, yo no tenía la menor idea de lo que era un hombre de hielo. A mi amiga le sucedía lo mismo:

—Debe estar hecho de hielo. Por eso lo llaman así. —Dijo esto con una expresión grave, como si hablara de un fantasma o de alguien que padeciera una enfermedad contagiosa.

El hombre de hielo era alto y aparentemente joven pero en su cabello grueso, similar al alambre, había zonas de blancura que hacían pensar en parches de nieve sin derretir. Sus pómulos eran angulosos, como piedra congelada, y sus dedos estaban rodeados por una escarcha que daba la impresión de que nunca se fundiría. Por lo demás, no obstante, parecía un hombre común y corriente.








domingo, 22 de junio de 2014

Haruki Murakami - Los gatos antropófagos


Haruki Murakami
1949

Los gatos antropófagos

En el periódico que compré en el puerto había un artículo sobre una anciana devorada por sus tres gatos. El suceso había ocurrido en una pequeña ciudad de las afueras de Atenas. La fallecida tenía setenta años y llevaba una vida solitaria. Vivía sola con sus tres gatos en un apartamento de una sola habitación. Pero un día, de repente, tuvo un ataque cardiaco, o algo por el estilo, cayó de bruces sobre el sofá y falleció. Se desconoce cuánto tiempo transcurrió entre el momento del desmayo y la hora de la muerte. Pero, por lo visto, no llegó a recobrar el conocimiento. La anciana no tenía ningún amigo o familiar que la visitara con asiduidad, así que tardaron en torno a una semana en descubrir su cadáver. Tanto la puerta como la ventana estaban cerradas a cal y canto, así que, al morir su dueña, los gatos quedaron encerrados en la habitación sin poder salir. Dentro no había nada de comer. En el frigorífico probablemente debía de haber comida, pero los gatos, por desgracia, son incapaces de abrir la puerta de una nevera. Así pues, los tres gatos, acuciados por un hambre atroz, acabaron devorando la carne de su dueña muerta.








jueves, 19 de junio de 2014

Haruki Murakami - La chica del cumpleaños

Haruki  Murakami
1949
La chica del cumpleaños

El día de su vigésimo cumpleaños también trabajó de camarera, como de costumbre. Le tocaba todos los viernes, pero, de hecho, aquel viernes por la noche no debería haber trabajado. Había intercambiado su turno con otra chica que también trabajaba por horas. Lógico. La mejor manera de pasar el vigésimo cumpleaños no es sirviendo gnocchi de calabaza y fritto misto di mare entre los berridos del cocinero. Pero el resfriado de la compañera con quien debería haber intercambiado el turno empeoró y ésta tuvo que meterse en cama. Con casi cuarenta grados de fiebre y una diarrea imparable, no podía ir a trabajar. Ésa era la situación. Y fue ella quien tuvo que acudir apresuradamente al trabajo.

—No te preocupes —consoló por teléfono a la enferma ante sus disculpas—. No porque una cumpla veinte años tiene que hacer algo especial.

En realidad, la decepción no había sido muy grande. Y una de las razones era que, días atrás, había tenido una seria disputa con su novio, la persona con quien debería de haber pasado la noche de su cumpleaños. Salían juntos desde la época del instituto y la pelea había empezado por una tontería. Pero la historia se había complicado de manera insospechada y, tras corresponder a una palabra ofensiva con otra insultante, y viceversa, ella sintió que se habían roto de manera irreversible los lazos que los unían. En su corazón, algo se había endurecido como una piedra y había muerto. Después de la pelea, él no la había llamado y a ella tampoco le apeteció llamarlo a él.








miércoles, 28 de mayo de 2014

Haruki Murakami - El folclore de nuestra generación

Haruki Murakami
1949
El folclore de nuestra generación 

Nací en el año 1949. En 1961 empecé la enseñanza media y, en 1967, entré en la universidad. Cumplí los veinte años en pleno auge de las aparatosas revueltas estudiantiles que todos conocéis. En este sentido, creo que se me puede considerar un típico hijo de los años sesenta. Pasé el periodo más vulnerable, más inmaduro y a la vez más decisivo de mi vida respirando a pleno pulmón el aire salvaje, improvisado y espontáneo de los años sesenta, que, como es lógico, acabó emborrachándome por completo. ¡Había tantas puertas que debíamos abrir de una patada! Sí. ¡Y qué fantástico es tener ante los ojos puertas para que las abriéramos a puntapiés! Y todo eso con los Doors, los Beatles, Bob Dylan y los otros como música de fondo. 

En la década de los sesenta, sin duda, ocurrió algo especial. Lo pienso ahora al mirar hacia atrás, y también lo creía entonces, cuando estaba inmerso en aquel torbellino. Que aquella época fue excepcional. Pero si la conversación deriva hacia la cuestión de si aquella década excepcional nos contagió con su fulgor a nosotros —es decir, a nuestra generación—, entonces, personalmente, no puedo evitar inclinar la cabeza en un gesto dubitativo. No puedo evitar balbucir una respuesta. ¿No nos limitamos, tal vez, a pasar por delante de todo aquello que era tan excepcional? ¿No nos limitamos, tal vez, de la misma manera que si se tratara de una película emocionante, a verla y vivirla con intensidad, sintiendo húmedas de sudor las palmas de las manos, para luego, una vez que se encendieron las luces del cine, salir a la calle apenas poseídos por una inofensiva exaltación? ¿No nos olvidamos, tal vez, por una u otra razón, de extraer de todo aquello una lección realmente valiosa?







jueves, 17 de abril de 2014

Haruki Murakami - Tony Takitani


Tony Takitani

El nombre real de Tony Takitani era, verdaderamente, Tony Takitani.

Debido a su nombre (en el registro civil figuraba, por supuesto, Tony Takitani) y a que tenía las facciones muy pronunciadas y el pelo rizado, cuando era pequeño solían tomarlo por un niño mestizo. Porque, en plena posguerra, había montones de niños por cuyas venas corría la sangre de los soldados americanos.

Sin embargo, lo cierto era que tanto su padre como su madre eran japoneses de pura cepa. Su padre se llamaba Shózaburó Takitani y era un trombón de jazz que había disfrutado de cierta fama en la preguerra. Pero cuatro años antes de que estallara la guerra del Pacífico se metió en un lío de faldas, tuvo que dejar Tokio y, puestos a marcharse, se fue a la China llevándose sólo su instrumento. En aquella época, zarpando de Nagasaki, se tardaba un día en llegar a Shangai. No tenía nada, ni en Tokio ni en Japón, que le importara dejar atrás. Se marchó sin pesar alguno.

Además, los encantos artísticos que ofrecía el Shangai de aquella época parecían irle, a un hombre de sus características, como anillo al dedo. Desde el instante en que avistó, de pie en la cubierta del barco que remontaba el río Yangtzé, las hermosas calles de Shangai iluminadas por el sol de la mañana, se sintió fascinado por la ciudad. Aquella luz parecía traerle promesas de un futuro brillante y feliz.

Tenía entonces veintiún años.








miércoles, 12 de marzo de 2014

Haruki Murakami - El pueblo de los gatos

Haruki Murakami
1949

El pueblo de los gatos

El joven viajaba solo, a su gusto, con una única maleta como equipaje. No tenía un destino. Se subía al tren, viajaba y, cuando encontraba un lugar que le atraía, se apeaba. Buscaba alojamiento, visitaba el pueblo y permanecía allí cuanto quería. Si se hartaba, volvía a subirse al tren. Así era como pasaba siempre sus vacaciones.

Desde la ventana del tren se veía un hermoso río serpenteante, a lo largo del cual se extendían elegantes colinas verdes. En la falda de aquellas colinas había un pueblecillo en el que se respiraba un ambiente de calma. Tenía un viejo puente de piedra. Aquel paisaje lo cautivó. Allí quizá podría probar deliciosos platos de trucha de arroyo. Cuando el tren se detuvo en la estación, el joven se apeó con su maleta. Ningún otro pasajero se bajó allí. El tren partió inmediatamente después de que se hubiera bajado.






martes, 4 de marzo de 2014

Haruki Murakami - Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril

Haruki Murakami
1949

Sobre encontrarse a la chica 100% perfecta una bella mañana de abril

Una bella mañana de abril, en una callecita lateral del elegante barrio de Harajuku en Tokio, me crucé con la chica 100% perfecta.

A decir verdad, no era tan guapa. No sobresalía de ninguna manera. Su ropa no era nada especial. En la nuca su cabello tenía las marcas de recién haber despertado. Tampoco era joven –debía andar alrededor de los treinta, ni si quiera cerca de lo que comúnmente se considera una “chica”. Aún así, a quince metros sé que ella es la chica 100% perfecta para mí. Desde el momento que la vi algo retumbó en mi pecho y mi boca quedó seca como un desierto.

Quizá tú tienes tu propio tipo de chica favorita: digamos, las de tobillos delgados, o grandes ojos, o delicados dedos, o sin tener una buena razón te enloquecen las chicas que se toman su tiempo en terminar su merienda. Yo tengo mis propias preferencias, por supuesto. A veces en un restaurante me descubro mirando a la chica de la mesa de junto porque me gusta la forma de su nariz.





sábado, 18 de enero de 2014

Haruki Murakami - Dance, dance, dance

Haruki Murakami
1949

Dance, dance, dance

Había una mujer que de vez en cuando se quedaba a dormir en mi apartamento. Luego desayunábamos juntos, y ella se iba al trabajo. Tampoco ella tiene nombre, pero sólo porque no es un personaje de esta historia. Aparece brevemente y desaparece enseguida. Por eso no le pongo nombre, para no liar las cosas. Pero que nadie piense que me la tomo a la ligera. La apreciaba mucho, y la sigo apreciando ahora que ya no está.

Éramos amigos, por así decirlo. Era, al menos, la única persona con la que podía decir que me unía cierta amistad. Tenía un novio formal, que no era yo. Trabajaba en una compañía de teléfonos, preparando las facturas con el ordenador. Ni yo le pregunté sobre su trabajo ni ella me contó demasiado, pero creo que era eso. Calcular el montante de las facturas telefónicas de otras personas, preparar los recibos, algo por el estilo. Por eso todos los meses, al ver en el buzón el recibo del teléfono, me daba la impresión de estar recibiendo una carta personal.

Además se acostaba conmigo. Dos o tres veces al mes, más o menos. Pensaba que yo había caído de la luna o de algún lugar semejante. “¿Aún no te has vuelto a la luna?” me pregunta entre risas. Estamos en la cama, desnudos, nuestros cuerpos muy juntos, sus pechos contra mi costado. Así pasamos muchas noches, charlando hasta el amanecer. El ruido de la autopista no cesa ni un momento. En la radio suena monótona una canción de los Human League. Human League. ¡Qué nombre tan absurdo! ¿Por qué usarán un nombre tan sin sentido? Antes la gente era mucho más moderada a la hora de ponerle nombre a un grupo. Imperials, Supremes, Flamingos, Falcons, Impressions, Doors, Four Seasons, Beach Boys.




sábado, 4 de enero de 2014

Haruki Murakami - El séptimo hombre

Haruki Murakami
1949
Japón

El séptimo hombre

—Aquella ola estuvo a punto de engullirme una tarde de septiembre cuando tenía diez años —empezó a decir, en voz baja, el séptimo hombre.

Era el último a quien le tocaba hablar aquella noche. Las agujas del reloj señalaban ya las diez. Los hombres, sentados en círculo dentro de la habitación, podían distinguir, en la negra oscuridad de la noche, el rugido del viento que se dirigía hacia el oeste. El viento agitaba las hojas de los árboles del jardín, hacía vibrar los cristales de las ventanas y, al fin, con un chillido agudo como un silbato, se desplazaba a otro lugar.

—Era una ola gigantesca, muy distinta a las que había visto hasta entonces —prosiguió el hombre.