viernes, 25 de mayo de 2012

Raymundo Rivapalacios - La revolución de Peña (y II).


A finales de la década de los 90, los medios de comunicación mexicanos habían comenzado un acto de contrición. Después de la borrachera democrática de mediados de esa década, donde mentiras publicadas se convirtieron en verdades públicas y se destrozaron famas personales por sensacionalismo e intromisión sin límite en vidas privadas, los medios impresos regresaron a la investigación y la explicación de los hechos. La televisión se reconcilió con la sociedad y apostó por la apertura política. La transición democrática, que cruza irreductiblemente por los medios de comunicación, parecía retomar el camino.

La libertad de expresión, en términos generales, había ganado la batalla contra el poder desde mediados de los 90. Ayudaron el talante político autista del presidente Ernesto Zedillo, y el carácter bonachón y libertario del primer presidente de la alternancia, Vicente Fox. El México del siguiente milenio sería más libre que nunca, por encima incluso de la República Restaurada de Benito Juárez. Los casos de control fueron casuísticos y focalizados en la defensa de los intereses de Marta Sahagún, aunque en varias zonas del país, en correlación directa con menores ingresos y educación, los cacicazgos mantuvieron el control sobre los medios.

La tendencia, empero, era alentadora. Empujado por los medios y universidades, el presidente Fox creó uno de los grandes pilares de la democracia, el Instituto Federal de Acceso a la Información. Pero al tiempo que ensanchaba los canales de la libre expresión y de la prensa, desde la oficina de prensa su esposa, la señora Sahagún, se utilizaban perniciosamente la publicidad y las prebendas para su beneficio y aspiraciones políticas. La Presidencia foxista no era bicéfala, sino tricéfala, con Televisa como una cabeza de esa tríada.

Las reformas estructurales que se iniciaron en el gobierno de Carlos Salinas, se interrumpieron en el de Zedillo -sólo intervino activamente a favor de Emilio Azcárraga Jean para que se quedara con la propiedad de Telesistema Mexicano, placenta de Televisa- que sólo vivía para la economía, y ni siquiera fueron parte de la agenda de Sahagún. Para ella, su ambición justificaba todo. Benefició a los medios electrónicos con nuevas leyes, a periódicos con dinero directo, a nuevos barones de la prensa con multinegocios.

Los medios se acomodaron. Guardianes naturales de que los procesos democráticos no se perviertan, claudicaron ante la zona de confort económico y poder que les construyeron. La elección presidencial en 2006 fue la metáfora de su traición a la transición democrática, al no funcionar como cajas de rendición de cuentas de los candidatos, ni como contrapesos de los excesos del poder, que permitieron, al abandonar su responsabilidad social, que su papel lo hicieran los órganos electorales, que se involucraron en temas que no eran de ellos, y cuyo desgaste contribuyó directamente al fin de un IFE ciudadano y el regreso a un IFE controlado por partidos.

Las cajas abultadas en las tesorerías de los medios apagaron todo remordimiento sobre el papel incumplido, y la expectativa a mediados de los 90 que los medios, como en el mundo, encauzaran y consolidaran el cambio democrático, se esfumó. El argumento era perfecto. ¿Quién duda de que hay libertad de expresión? Pero es una mascarada que mantiene el status quo. Por la dialéctica económica con el poder, la información que llega a las audiencias, ni es equilibrada, ni es balanceada. La libertad alcanzada no fue de prensa, sino de empresa.

De esta manera, el Manifiesto por una Presidencia Democrática que presentó Enrique Peña Nieto el lunes pasado es fundamental. Proponer como lo hizo, una revisión de la relación del gobierno con los medios a través de la publicidad, sí alteraría por completo la esencia de los medios. Los obligaría a competir por audiencias y circulación, por mercados masivos o de calidad. Provocaría una depuración de los medios y algunos, lacras que estorban a la democracia, podrían morir. No habría nada que lamentar, sino celebrar. Sería el fin de la simulación y el amanecer a la realidad de que a los guardianes del poder, los vigila y supervisan sus audiencias y sus lectores, de quienes viven. Podría ser el final ansiado a la vieja cultura de la colusión. Gran iniciativa. Lástima que los otros candidatos, no estén pensando en lo mismo.

raymundo.rivapalacio@24-horas.mx | @rivapa

Leído en: http://www.24-horas.mx/la-revolucion-de-pena-y-ii/

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