lunes, 22 de octubre de 2012

Alejandro Páez Varela - Su Majestad, Felipe Calderón

Muchos pensamos que el mandato de Felipe Calderón tendrá un costo muy alto para varias generaciones de mexicanos. Muchos pensamos, con datos en la mano: 

Ayer, por ejemplo, la Red por los Derechos de la Infancia revelaba que al menos 30,000 menores cooperan con el crimen organizado en México. La Procuraduría General de la República (PGR) dice que entre diciembre de 2006 y junio de 2012 fueron detenidos 5,585 menores por delitos relacionados con el narcotráfico y la delincuencia organizada. Y un informe elaborado en 2010 por la PGR para la Organización de Estados Americanos (OEA) dijo que en México operaban 215 pandillas para los cárteles.




La política “de seguridad” de Calderón, que arrojó entre 65 mil y 100 mil muertos y miles de desaparecidos y cientos de miles de desplazados, privilegió el castigo sobre la sanidad. Balas y cárcel para los jóvenes, no oportunidades. Allí está el resultado: un fracaso. Arrastraremos esta política fascista durante décadas. 

Lo lamentable es que nadie ni nada fue suficiente para ponerle un alto a este hombre necio. Deja una estela de sangre y muerte y deja, también, una gran lección: qué incapaces somos los mexicanos para ponerle un alto a nuestros gobernantes. Triste. 

Pero muchos pensamos, también, que el daño que suponemos se queda corto. Aún con los datos en la mano. Hay daño en la sociedad y hay daño en el Estado mexicano. Por más que se diga que “se fortalecieron las instituciones”. Se creó la Policía Federal pero es parte del fracaso: quién sabe, aunque tenga museo, si se le mantenga en el próximo sexenio. Se metió al Ejército en tareas de policía y, bueno, el resultado lo sabemos. Las corporaciones policiacas ni fueron reformadas ni son modelo de nada. Fracaso tras fracaso. Y las cifras de muertos allí están. 

Gran parte del fracaso de Calderón tiene que ver con él. Me explico: gran parte del fracaso está relacionado con su tozudez, con su necedad. Con su propensión a la ira y a tomar decisiones guiado por ella. Y su fracaso, es nuestro fracaso. Allí está el país, adolorido. Qué les cuento, si ya lo saben. 

Sin embargo, si alguien pretende suponer que Calderón ya terminó y ya se va, se equivoca. Todavía está pataleando, y va a patalear más. Va a usar y ha usado el poder del Estado para protegerse. Va a querer mantenerse al mando de cuantos sectores políticos pueda.

Para evitar que una corte de Estados Unidos emprenda acciones legales en su contra por, sospecho, los miles de muertos provocados por una estrategia mal pensada, mal ejecutada y mal conducida contra el crimen organizado, Calderón ya impuso un antecedente, usando al Estado mexicano: Relaciones Exteriores envió al gobierno de Estados Unidos una solicitud de inmunidad para Ernesto Zedillo. La carta alude a razones de “soberanía” y cita otros casos en los que Washington ha intervenido: los que se llevaron contra Jean Bertrand Aristide, Miguel de la Madrid Hurtado, Paul Kagame (actual Presidente de Ruanda) y Jiang Zemin. Tanto Karame como Zeming son considerados dictadores en Occidente; fueron acusados de genocidio en una corte de EU. Qué importa defender a Zedillo a ese costo: en esa defensa, va su causa también. 

Para evitar que prospere la demanda que 23 mil mexicanos interpusieron ante la Corte Penal Internacional (CPI) por crímenes de guerra y lesa humanidad cometidos durante su mandato, Calderón designó en la embajada de México en los Países Bajos a dos de sus más fieles amigos “para que lo protejan de los golpes jurídicos que están por llegar”, de acuerdo con lo documentado por la revista Proceso. Nombró a uno de sus maestros en la Escuela Libre de Derecho, Eduardo Ibarrola Nicolín, como embajador en el Reino de los Países Bajos. 

Para evitar que el próximo Gobierno federal se vea tentado a emprender un juicio en su contra, la misma tarde del 1 de julio de 2012 ungió a Enrique Peña Nieto como nuevo Presidente de México cuando aún se contaban los votos y muchísimo antes de que el Tribunal Electoral de la Federación validara la elección. No importó que su mismo partido, Acción Nacional (PAN), tuviera dudas sobre la limpieza de la elección. No importó lo que dijeran otros actores políticos: él impuso el criterio de que la elección era válida. No importó llevarse en el camino a Josefina Vázquez Mota. No importó que el PRI llegara al poder movilizando miles de millones de pesos por vías que, como el mismo crimen organizado lo hace, los ciudadanos no podemos documentar, tampoco los partidos opositores. 

Para evitar la oposición en su mismo partido, incluso para cuando él no estuviera, impuso a sus incondicionales en el Comité Ejecutivo Nacional (CEN) y aplastó cualquier signo de disidencia. Aplastó a Manuel Clouthier, por ejemplo; o a Javier Corral. Y dejó un PAN a modo: nada menos que a gente como Cecilia Romero, titular del Instituto Nacional de Migración cuando el asesinato de los 72 migrantes, e incluso a Juan Molinar Horcasitas, quien no pudo resistir la fuerte presión social y debió renunciar.

Para evitar perder control en el Congreso –no sea que se les ocurra juzgarlo por un sexenio de terror–, dejó en manos de su amigo Ernesto Cordero la coordinación de los panistas en el Senado de la República aún cuando es un hombre de probada inexperiencia política. Y no sólo a él: colocó a cuantos familiares pudo (Mariana Gómez del Campo, Luisa María Calderón) y a incondicionales (Javier Lozano, Roberto Gil, Jorge Iván Villalobos, Rubén Camarillo, Luis Alberto Villarreal, Juan Pablo Adame, Adriana Carrillo, etc.). 

Y para evitar perder el control del PAN, ha ideado una última estrategia: impulsar la candidatura de su esposa, Margarita Zavala, como posible presidenta nacional en sustitución de Gustavo Madero. 

Ese es Calderón. No le importó que desde enero de 2007, a unas semanas de que llegara al poder, muchos le advirtieran lo peligroso de su estrategia contra el crimen organizado. No le importó la muerte de decenas de periodistas y activistas, de miles de ciudadanos: jamás mostró disposición para revisar su estrategia. 

Ese ha sido Su Majestad Felipe Calderón. Así llegó al poder: con el haiga sido como haiga sido de todos conocido. Y así se va. 

Triste caso, el de los mexicanos: pisoteados, aplastados, golpeados, humillados, ofendidos y manipulados. 

Y cuanto más pienso que desde el 1 de diciembre volvemos a los brazos del PRI, más creo que no tenemos remedio.

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/22-10-2012/10286. Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. SINEMBARGO.MX

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