miércoles, 1 de mayo de 2013

La mala vecindad - Sergio Aguayo.

WASHINGTON, D.C.- Los mexicanólogos en Estados Unidos se preguntan qué tanto se modificará con Enrique Peña Nieto la cooperación que recibió Washington del gobierno anterior. Lo verdaderamente novedoso sería que la sociedad mexicana se involucrara en la relación.

Este domingo Dana Priest publicó en The Washington Post un texto notable sobre el estado de las relaciones en el ámbito de la seguridad. Reconfirmó lo que Wilbert Torre había detallado en Narcoleaks: el gobierno de Calderón se encomendó a Estados Unidos y dejó que la potencia se metiera en todos los aspectos de la seguridad mexicana. Sirvió de poco. Fracasaron porque seis años después siguen fluyendo drogas y armas pese a nuestros 100 mil muertos y desaparecidos. ¿Qué sigue? Lo racional sería que buscaran políticas alternativas. El nuevo gobierno mexicano lo está intentando; Washington insistirá en lo mismo a menos que lo presionemos.



Hay dos hechos incontrovertibles: 1) el contrabando de armas de Estados Unidos a México "alimenta la violencia" que padece nuestro país; y 2) "dada la magnitud del [tráfico de armas] y el marco jurídico que las regula en Estados Unidos [estamos ante] un asunto irresoluble". Estas ideas tan crudas las escribió el ex embajador Tony Garza en dos cables, uno de 2007 y otro de 2009. Siguen reflejando la realidad porque la Asociación Nacional del Rifle y los conservadores doblegaron el intento del presidente Barack Obama de aplicar controles a la venta indiscriminada de armas y municiones.

Instalado en el fatalismo Washington oculta la realidad; como no desean que nuestra sociedad se entere y crezcan las críticas (si algo aborrecen es lo que ellos llaman el "US-bashing") callan en público lo que reconocen en privado. Para demostrarlo están los discursos de Barack Obama, los pronunciamientos de la Asociación Nacional del Rifle o los informes sobre derechos humanos que cada año presenta el Departamento de Estado. Nada dicen sobre la sangría causada por su incapacidad y falta de voluntad para controlar el contrabando.

Han podido minimizar el problema porque han contado con el apoyo mexicano. Es cierto que cuando el ex presidente Calderón iba a Estados Unidos les recordaba en sus discursos lo que estaba pasando, y el entonces procurador Eduardo Medina Mora y el ex embajador Arturo Sarukhán, entre otros funcionarios, sacaban el tema cada vez que podían.

Sin embargo, el discurso público no repercutió en hechos concretos: en el sexenio pasado no hubo un programa especial para sellar la frontera; exploraron pero nunca se decidieron a iniciar una acción judicial contra Washington o los comerciantes de armas; tampoco incluyeron el tema en los asuntos financiados por la Iniciativa Mérida.

Lo que sí hizo el gobierno de Calderón fue permitirle a Washington enormes libertades en el diseño e implementación de la política de seguridad. ¿Modificará el gobierno de Peña Nieto esta política? En algunos aspectos pareciera que sí pero de repente les sale la vocación de vasallos. Innecesariamente.

El reportaje de Dana Priest incluye información inquietante: a petición del embajador Anthony Wayne, Peña Nieto envió el 15 de diciembre a los "cinco principales funcionarios de seguridad" ¡a la embajada de los Estados Unidos en México! Me parece un despropósito diplomático que el embajador lo pidiera y una barbaridad que el Presidente lo aceptara (¿recuerdan el Pacto de la Embajada o de la Ciudadela de 1913?). Según Dana Priest los cinco funcionarios mexicanos optaron por un comprensible hermetismo, lo que inquieta a Washington.

Es asunto de seguridad nacional redefinir las relaciones en materia de seguridad. El cambio vendrá cuando la sociedad mexicana se interese por estos temas. Pasan los años y sigue sorprendiéndome cuántos mexicanos y mexicanas siguen atrapados en dos actitudes extremas y estériles: las encendidas denuncias del imperio o la mansedumbre de quienes creen que no hay nada que hacer con la potencia.

Estas actitudes no sirven para la crisis actual. Es legítimo defender los intereses de las mayorías recordándole a Washington una y otra, y otra vez su responsabilidad en la avalancha de armas que alimentan la violencia en México. Para evitar que nuestro gobierno se haga el desentendido la sociedad mexicana debe insistir en que debe mostrar más energía en la defensa de los intereses de los centenares de miles de víctimas de una tragedia humanitaria que hacen lo posible por ignorar. Evadir los problemas genera una mala vecindad.


LA MISCELÁNEA

La Jornada hizo un enorme servicio a la transparencia al publicar los 2 mil 995 cables de Wikileaks enviados por las representaciones de Estados Unidos en nuestro país (cité un par de ellos en el texto). Estos documentos son indispensables para entender la relación con Estados Unidos, al igual que El embajador (Editorial Planeta), el libro de Dolia Estévez que recoge las entrevistas a nueve ex embajadores.



Fuente: Reforma

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