sábado, 27 de julio de 2013

Raymundo Riva Palacio - La doctrina del avestruz


PRIMER TIEMPO: ¿Qué fue del fin de la violencia a los 100 días? Apenas había terminado la elección presidencial, en julio pasado, cuando el asesor de seguridad pública del candidato Enrique Peña Nieto, el afamado general colombiano Óscar Naranjo, pronosticaba el fin de la violencia en México. “Es posible decirle a los mexicanos que en 100 días queremos la mitad de la violencia que tenemos”, confió Naranjo. Peña Nieto le hizo caso. Le gustó la música que le tocó Naranjo en sus oídos y aceptó acríticamente su hipótesis de que si se reducían los homicidios y los secuestros que estaban focalizados en seis lugares, la meta era alcanzable. Se necesitarían cuerpos especializados para luchar contra los criminales que cometían esos delitos y, con eso, sugería Naranjo, asunto arreglado. La paz regresaría a México y él se ganaría el derecho a un busto sobre Paseo de la Reforma. Le hicieron caso y se formaron las unidades especializadas que proponía. Pero las cosas no salieron como decía que iban a resultar y puso pies en polvorosa. Naranjo, que tiene meses que no abre la boca, se fue como miembro de la delegación del gobierno colombiano para pactar con la narcoguerrilla de las FARC, y dejó a su asesorado arreglarse como pueda. Con cambios en la metodología, no policial sino para elaborar la contabilidad, el gobierno de Peña Nieto logró bajar la tasa de homicidios, pero en materia de secuestros, donde se mantuvo la medición empleada en el gobierno de Felipe Calderón, el delito se disparó a niveles no vistos en años. La violencia de los cárteles de la droga sólo bajó en su difusión mediática, pero no en la sangre derramada por el país. Cambios, empero, si hubo, cualitativos sobre todo: como sucedía en 2005, los criminales volvieron a controlar pedazos de territorio nacional. Los consejos del superasesor resultaron totalmente contraproducentes y el salto fue para atrás. Peña Nieto lo admitió esta semana y dijo que en el caso específico de Michoacán recuperarán el control perdido. De Naranjo, ya ni el recuerdo. Quien sufre es el Presidente que por ingenuidad y desconocimiento de la dinámica de la seguridad paga las consecuencias.




- SEGUNDO TIEMPO: Naranjo, por su puesto, no estaba solo. Como con todas las medias naranjas, existe su otra mitad. Por lo mismo las grandes ideas del general Óscar Naranjo, superasesor colombiano del presidente Enrique Peña Nieto para bajar la violencia en 100 días, tuvieron en el médico veterinario militar Manuel Mondragón su contraparte operativa. El Presidente lo nombró comisionado para la Seguridad Pública y Mondragón, convencido por la idea de su asesor, el académico Eduardo Guerrero, propuso la doctrina del avestruz: si no se ataca a los cárteles de las drogas, la violencia bajará de manera natural. ¡Genial! Como consideraban mentira lo que decía Calderón: que el 92% de la violencia era generado por la guerra entre cárteles, si no se les atacaba frontalmente, según la racional, no habría violencia. Mondragón y sus asesores pensaban en silogismos: si la violencia es porque el gobierno ataca a los cárteles, si no se les ataca no hay violencia. El problema es que estaban equivocados. Si el gobierno no atacaba a los cárteles, la consecuencia fue que los cárteles, con un frente de guerra menos de qué preocuparse, enfocaron sus esfuerzos en aniquilar a sus enemigos y regresar a los territorios de donde los habían expulsado. En enero Los Caballeros Templarios aprovecharon la puerta que les abrió el gobierno federal en el estado de México e infectaron dramáticamente la entidad, con lo cual pusieron también un pie en el Distrito Federal. En Michoacán y Guerrero se apropiaron de Tierra Caliente. Los Zetas regresaron a las carreteras en Tamaulipas y Guerrero, mientras que el Cártel del Pacífico buscó recuperar el control de las rutas de las metanfetaminas en Michoacán y Jalisco, y reiniciar la disputa por el control de plazas en Sonora. En Tabasco, con la nueva expansión zeta cortesía de la política de puertas abiertas, detonaron un fenómeno de violencia no visto en casi una década. En los más altos niveles del gobierno federal se dan topes por haberle confiado la seguridad pública a Mondragón, y la única razón por la que se mantiene en el cargo es porque destituirlo en estos momentos se consideraría un fracaso para el gobierno de Peña Nieto. El diagnóstico, a la luz de los recientes hechos en Michoacán, debe estar modificándose y Mondragón, si no es benefactor de un milagro y tiene golpes importantes contra los criminales, será la primera gran baja del gabinete de seguridad.

- TERCER TIEMPO: ¿Y cómo dicen que se juntaron las medias naranjas? Una de las críticas permanentes contra el presidente Enrique Peña Nieto, es lo mediática de quehacer político. Si en la construcción de imagen y proyección de sus resultados de gobierno el balance es altamente positivo, se puede alegar que en el tema de la seguridad pública da tumbos. Su primer asesor, el general Óscar Naranjo llegó a su equipo en la campaña presidencial por una propuesta del Grupo Monterrey que quería recobrar la paz interna. Lo llevarían al Tecnológico de Monterrey, pero querían que se incorporara al equipo. El entonces candidato despachó a Colombia a su consejero en política exterior y hoy director de Pemex,Emilio Lozoya, quien reclutó al general Naranjo que estaba por retirarse de gobierno colombiano. Con Manuel Mondragón, a quien nombró comisionado de Seguridad Pública, no lo recomendó nadie, sino fue resultado del método de encuesta de popularidad. Como en el equipo de Peña Nieto querían una figura ajena al PRI para que se encargara de la estrategia, mandaron hacer encuestas de quién de todos los que había en el mercado público, estaba mejor considerado. Mondragón, que era el secretario de Seguridad Pública en el Distrito Federal, salió el mejor evaluado, por mucho, de todos. Pero como dice el refrán, no todo lo que brilla es oro. Ni Naranjo entendía —ni entiende la dinámica del narcotráfico en México—, ni Mondragón era lo bueno que creía la gente, que votó por él sin tomar en cuenta que la ciudad de México la maneja policialmente La Hermandad —donde la línea entre policías y delincuentes es muy tenue—, es fundamentalmente urbana, hay mando único y 80 mil policías capitalinos, más federales, más soldados, más marinos, más miles de policías bancarios. O sea, es la ciudad más vigilada de México, por supuesto, y en términos de porcentaje de población, la mejor cuidada de todas las ciudades de países que no están en guerra. El método de reclutamiento del equipo de Peña Nieto, una versión modernizada de los famososhead hunters de Vicente Fox, resultó como a su antecesor: un sonoro y rotundo fracaso. Pero como escribiría Carlos Marx, es dialéctico rectificar.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx
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