jueves, 19 de marzo de 2015

Raymundo Riva Palacio - La burra no era arisca

Tardíamente, el gobierno del presidente Enrique Peña Nieto se echó un clavado al diferendo entre MVS y su ex colaboradora Carmen Aristegui, mediante un exhorto de la Secretaría de Gobernación para que se arreglen y la reinstalen. Interesante la forma como hacen las cosas. Los gobiernos suelen intervenir en los asuntos de los medios de manera discreta, cuidando que sus huellas no se vean, para desactivar problemas. Pero lo hacen antes, no después, como ahora sucedió, que lejos de desactivar el conflicto, alienta el fuego. Es una intervención abierta vestida de arbitraje moral que busca una salida política a la vorágine donde, en el fondo, a quien se busca rescatar es al presidente.

Las razones son claras. El presidente está quemándose en una pira de leña verde en la opinión pública mexicana y la prensa internacional, que lo acusa de censor y enemigo de la libertad de prensa. Le puede importar un bledo lo que digan en México, pero sangra cuando lo crucifican fuera. En el horizonte están los próximos informes de las cancillerías y los organismos que defienden la libertad de prensa, que probablemente lo condenarán. Desde 2011, Freedom House, el organismo internacional más conocido en el mundo, dice que México no tiene libertad de prensa. Entonces, si las cosas no iban bien, se van a poner peor. 






La racional del gobierno, de acuerdo con funcionarios federales, fue evitar lo que le sucedió al presidente Felipe Calderón cuando en otro litigio público entre MVS y Aristegui, donde involucraban al gobierno, guardó silencio y, por ello, lo tildaron de cómplice. En esta ocasión, no pudo intervenir el gobierno antes porque la escalada entre las dos partes fue ciclónica. Pero aún a destiempo, insistir en el respeto a la libertad de prensa y que quede al menos como registro de su postura, fue la mejor alternativa que encontraron ante tantos negativos del presidente. Por supuesto, se puede decir, la burra no era arisca.

La mala imagen que tiene Peña Nieto y su gobierno en materia de libertad de prensa está construida sobre hechos. En la PGR se ordenó investigar los trapos sucios de periodistas críticos en la cobertura de la crisis de Ayotzinapa o se les puso una cola para que los siguieran, utilizando empresas de seguridad del estado de México. Varios corresponsales extranjeros han recibido llamadas de reclamos por ángulos en sus despachos, y en algunos casos hay amagos de demanda, como contra el diario The New York Times por su semblanza sobre la familia Murat.

No ayuda tampoco que dos de los conductores de radio más reconocidos en el país que fueron despedidos escandalosamente por sus medios, Pedro Ferriz de Con y Aristegui, tengan como común denominador que fueran muy críticos del presidente. En el caso de Ferriz de Con, que también era un asunto de empresa, el gobierno no intervino. En el caso de Aristegui sí, lo que confirma empíricamente que no es por ellos o por su vocación de libertades indisolubles, sino porque en el caso de la conductora, las implicaciones políticas fueron exponenciales.

Por eso extraña la tardía la intervención del gobierno. No debió haber sido post, sino ante, no por defender la libertad de expresión siquiera, sino por razones pragmáticas: que una decisión empresarial no se convirtiera en un problema político para el presidente. El argumento persiste. No imaginaron en Los Pinos que Aristegui pusiera un ultimátum al aire a MVS, y que la empresa la despidiera el domingo. No alcanzaron a ver lo que podía suceder y, por tanto, tampoco jugaron con los escenarios. Cuando se percataron de que MVS y su presidente Joaquín Vargas iban decididos en contra de Aristegui, con el primer comunicado belicoso y provocador en su contra el martes por la tarde, el semáforo rojo se debió haber prendido en Los Pinos e intervenir sigilosamente. No hicieron nada porque, a decir de un alto funcionario, la impresión era que llegarían a un acuerdo. Dejaron hacer y dejaron pasar, y explotó la relación entre las partes.

No hay evidencia que hablaran de Los Pinos ni a favor ni en contra de Aristegui, y como en el caso de Ayotzinapa –analogía por cuanto a la toma de decisiones-, dejaron todo a Vargas, como en Guerrero se dejó todo al gobernador Ángel Heladio Aguirre. El presidente, una vez más, fue colocado en la antesala del infierno. En una semana, la víctima Aristegui es la verdugo, y los verdugos, Vargas y MVS, piezas de reparto. Peña Nieto es verdugo y víctima a la vez, en el campo de las percepciones, lo cual trata de cambiar por la vía del boletín de prensa la Secretaría de Gobernación. ¿Para dónde va todo?

Al despeñadero. Si Vargas recula y recontrata de Aristegui y a sus dos colaboradores –más los que sigue despidiendo-, será la prueba empírica que el gobierno sí tiene la mano en MVS. Peña Nieto la quitó; Peña Nieto la regresa. Silogismo claro. ¿Habrán pensado esta posibilidad? O, ¿habrán hechos los cálculos del costo-beneficio de que su exhorto pueda tener éxito? Si no se les ha ocurrido su análisis factorial, el tiempo apremia, no vaya a ser que Vargas y MVS les tome la palabra y los agarre una vez más estratégicamente desprevenidos. Aunque, por el tono de sus voceros, esa decisión no parece tener punto de retorno.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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