lunes, 14 de mayo de 2012

Cristina Pacheco - Su único hermano.

Cristina Pacheco.
(1941)

I
Otra vez Carolina, mi suegra, se me presentó sin avisar. Dijo que andaba cerca y pensó en venir a visitarnos. Le advertí que Santiago no estaba. Lo mandaron a León para comprar unas refacciones y no volvería hasta la noche. Ella me sonrió en espera de algo más. No supe qué decirle, pero me hice a un lado para invitarla a pasar.

Carolina entró con precaución, como si temiera golpearse con los muebles o romper algo. Las pocas veces que viene hace lo mismo. Esa actitud suya no me gusta. Se ve como una extraña y no como lo que es: la madre de Santiago. En parte él resulta culpable de que Carolina se porte de esa manera. Al besarla, él apenas la toca con los labios y cuando le habla lo hace con frialdad, a distancia, como si el recuerdo de Miguel abriera entre ellos una zanja cada vez más grande.

Cuando le hago notar el comportamiento hacia su madre, Santiago me dice que no lo entiendo, que sólo podría hacerlo otra persona a la que hubieran engañado como a él. Acabo por darle la razón. A lo mejor yo actuaría como Santiago si de pronto mi madre se creyera obligada a revelarme que un ser muy querido, muerto hace 10 años, no falleció como me dijeron (a causa de una enfermedad o de un accidente) sino que se suicidó. Fue lo que hizo Miguel, el hermano nueve años mayor que Santiago.

II 
Supongo que no hay una pena más grande que mirar el cuerpo de un hijo meciéndose desde lo alto de un árbol. Así encontró Carolina a Miguel una tarde al regresar de su trabajo. Eso ocurrió cuando Santiago apenas había cumplido tres años. Era muy pequeño y no pudo comprender la desesperación de su madre ni por qué sus tíos se lo llevaban a su casa. Allí permaneció varias semanas, mientras mi suegra lograba sobreponerse al golpe y recuperar el interés por vivir.

Envidio la buena memoria de Santiago, pero a veces preferiría que no fuera tan exacta, sobre todo cuando piensa en aquella etapa de su vida. A pesar de la edad que tenía entonces recuerda muy bien su angustia por no ver a su madre y a su hermano y la serie de mentiras con que sus tíos justificaban sus ausencias: No te pongas triste. Mamita no vino hoy porque le salió mucho trabajo; tanto que ni siquiera nos habló por teléfono. “Carolina no ha tenido tiempo de venir a recogerte y si tampoco lo ha hecho tu hermano es porque a tu mamá no le gusta que el Migue ande solo. Además, como él ya está en segundo de secundaria, tiene muchísima tarea y en eso se le va toda la tarde”.

Santiago acababa por creer que todos esos pretextos eran verdad, pero aun así quería reunirse con su madre y sobre todo con Miguel. Lo veía como a la persona más maravillosa del mundo y lloraba su ausencia todo el tiempo. Para tranquilizarlo, sus tíos inventaron nuevas mentiras: “Migue está tomando clases por la tarde. Si no se pone al corriente volverá a reprobar y no quiere darle ese disgusto a Caro”. Tu hermano no te ha llamado porque tiene muy inflamadas las anginas y el médico no quiere que hable.

Cuando la situación se volvió insostenible ante Santiago, los tíos urdieron lo del viaje: Miguel se ganó una beca en la escuela para estudiar en Estados Unidos. Eso queda muy lejos y tardará un poquito en volver. Pero te escribirá y te hablará por teléfono en cuanto pueda.

Generosos, le inventaron cartas dirigidas a él y telefonemas que se interrumpían justo en el momento en que Santiago tomaba el auricular.

Mi marido se recrimina por no haberse dado cuenta de que algo terrible estaba sucediendo. Le aconsejo que no se culpe y recuerde que era sólo un niño de tres años a quien es imposible decirle la verdad. Él insiste en que hubiera preferido saber que su hermano estaba muerto y no sufrir la desilusión que sintió al regresar a su casa y no encontrarlo.

Aquel día pasó mucho tiempo buscándolo, llamándolo –“No te escondas, Migue. Ya sabes que me asusto cuando no te veo. ¡Háblame!”–, hasta que Carolina no pudo más y le suplicó que dejara de hacer eso. Su hermano no iba a regresar porque estaba muerto. Santiago recuerda la forma en que su madre lo estrechó con desesperación mientras le daba explicaciones acerca de la terrible enfermedad que había acabado con la vida de Miguel.

Santiago perdió el apetito y el habla. Me lo imagino silencioso, detenido frente a una palabra enigmática y demasiado grande –muerte– sobre todo para un niño que, a punto de cumplir cuatro años, ha vivido desde siempre sin su padre y comprende que para siempre vivirá sin su único hermano.

III 
Mi esposo tuvo muy poco trato con Enrique, su padre. Carolina lo describe como un aventurero. A los pocos meses de su matrimonio él aceptó trabajar en una compañía de mudanzas que daba servicio hasta Estados Unidos. Conoció a su primer hijo, Miguel, cuando el niño acababa de cumplir un mes. El fervor de la paternidad le inspiró el deseo de buscar un trabajo más estable. Lo encontró en una fábrica de tinacos. Pronto allí mismo le ofrecieron que tomara una plaza de supervisor en Guanajuato. Se fue bajo juramento de que mandaría llamar a su familia en cuanto se estabilizara, pero nunca lo hizo, ni siquiera cuando lo trasladaron a Monterrey y mejoró en algo su situación.

Luego se mudó a Tijuana. Según me ha contado Carolina, desde allí les enviaba dinero cada quincena, y los domingos hacia las siete de la noche les hacía una llamada telefónica breve, llena de palabras cariñosas que a ella le sonaban falsas. Cuando era el turno de Miguel para hablar con su padre el niño sólo le pedía que le dijera cuándo iba a volver. Carolina se refiere mucho a aquellas tardes en que, al terminar la comunicación, abrazaba a Miguel y lo hacía prometerle que él nunca, bajo ningún motivo, iba a abandonarla.

Cuando ya nadie lo esperaba Enrique volvió en una Navidad. Permaneció en la casa más de dos meses. Aunque lo disimulara –me ha dicho mi suegra– ella notaba su urgencia por irse otra vez. Al fin cedió a su impulso. Carolina había quedado encinta. Por teléfono mantuvo a su marido al tanto del embarazo. En octubre le anunció el nacimiento del niño. Los dos estuvieron de acuerdo en llamarlo Santiago. Enrique sugirió que el bautizo se pospusiera hasta diciembre. Fue lo último que Carolina escuchó y supo de él.

A partir de ese momento la situación económica se agravó. Carolina se vio en la necesidad de trabajar. Hizo de todo: sirvienta, mesera, ayudante en un salón de belleza, cuidadora de enfermos, agente de productos naturistas. Hubo una época en que atendía dos trabajos a la vez y se vio obligada a desatender a sus hijos. Por las mañanas dejaba a Santiago bajo el cuidado de una vecina que se sostenía prestando en su casa el servicio de niñera. Luego se iba con Miguel hasta la escuela. Al dejarlo en la puerta le suplicaba que pusiera atención en las clases, no perdiera el tiempo ni la oportunidad de aprender que ella le brindaba con tantos y tantos sacrificios.

Siempre que mi suegra nos describe aquellas mañanas pienso en cuántas veces le habrá repetido a su hijo mayor la palabra sacrificio, y en cómo habrá llenado a Miguel de culpa al saber que cada palabra, cada fecha aprendidas, estaban escritas con el sudor de su madre. Nunca se lo he dicho a Santiago, pero no dudaría de que su hermano se haya quitado la vida para liberar a Carolina de la carga que él le representaba.

Mi suegra ya ha tenido demasiados sufrimientos como para agregarle otro: el rencor de Santiago. Cuando puedo, trato de hacerle ver que su madre le ocultó la forma en que Miguel se quitó la vida para protegerlo y evitar que la muerte de su único hermano le resultara aún más dolorosa al saber que se había ahorcado. Ella cargó sola esa imagen terrible durante años, hasta que una enfermedad la puso cerca del fin y decidió revelarle la verdad a Santiago.

Fue hace poco. Hablaron a solas. No sé de qué palabras se habrá valido Carolina para describir una escena abominable que por desgracia se repite más cada día. Lo sé por los periódicos. Con frecuencia publican notas acerca de niños suicidas. Al leerlas, pienso que tal vez no tuvieron libertad ni esperanza ni suficiente amor como para creer en que valía la pena mirar hacia el futuro.

Leído en: http://www.jornada.unam.mx/2011/09/25/sociedad/040o1soc

SOLO SE NECESITA MIEDO.



Había un rey de corazón puro y muy interesado por la búsqueda espiritual. A menudo se hacía visitar por yoguis y maestros místicos que pudieran proporcionarle prescripciones y métodos para su evolución interna. Le llegaron noticias de un asceta muy sospechoso y entonces decidió hacerlo llamar para ponerlo a prueba.

El asceta se presentó ante el monarca, y éste, sin demora, le dijo:

–¡O demuestras que eres un renunciante auténtico o te haré ahorcar!

El asceta dijo:

–Majestad, os juro y aseguro que tengo visiones muy extrañas y sobrenaturales. Veo un ave dorada en el cielo y demonios bajo la tierra. !Ahora mismo los estoy viendo! ¡Sí, ahora mismo! 

–¿Cómo es posible -inquirió el rey- que a través de estos espesos muros puedas ver lo que dices en el cielo y bajo tierra?

Y el asceta repuso:

–Sólo se necesita miedo.

*El Maestro dice: Caminar hacia la Verdad es más difícil que hacerlo por el filo de la navaja, por eso sólo algunos se comprometen con la Búsqueda.

Tomado de “Cuentos Clásicos de la India” recopilados por Ramiro Calle.

Leído en: http://es.scribd.com/doc/64467643/101-cuentos-clasicos-de-la-India

FIN.
La minina dice: Colorín, colorado los 101 cuentos han acabado, muchas gracias por leerlos.

Cuento de Oriente - Tres cráneos

En el techo del mundo, o sea en el Tibet, un peregrino, con motivo de una larga peregrinación a uno de los santuarios más sagrados, encontró tres cráneos.

La noticia se extendió por todas las partes y llegó hasta el rey. Los tres cráneos se habían encontrado juntos y nadie sabía de su procedencia. El rey sintió gran curiosidad por el suceso y ordenó que le trajeran los cráneos.

Los colocó ante sí, los observó y se preguntó:

- ¿A Quiénes pertenecían estos cráneos?

- ¿Qué clase de personas serían sus propietarios?

Quedó pensativo y se dijo:

- Me gustaría saber cual de las tres personas era la más bondadosa? El monarca era un hombre joven, que valoraba la benevolencia en los seres humanos. Aquellos cráneos le intrigaban. ¿Cómo investigar algo sobre ellos? Entonces le hablaron de un lama-médico forense.

- Hacedle venir – ordenó el rey

- Quiero ver a ese lama-médico lo antes posible.

Unos días después, procedente de su monasterio en remotas tierras del país de las Nieves, llegó el lama-médico.

- Tengo conocimiento de que eres no sólo un piadoso lama, sino un gran forense. No te voy a entregar una tarea fácil, pero confio en ti. Mira estos tres créneos. Los encontró un peregrino en una de sus peregrinaciones. Estaban juntos y yo no he podido dejar de preguntarme cuál de ellos pertenecía a la mejor persona de las tres. ¿Podrías averiguarlo?

- Necesito unos días, majestad – dijo el lama seriamente.

- En ese tiempo espero poder traeros una respuesta que os satisfaga.

- También yo lo espero – concluyó el rey.

El lama-médico se llevó los cráneos con él. Durante unos días se encerró en la celda de un monasterio a investigar minuciosamente sobre los mismos. En principio no era una tarea sencilla.

Unos días después, el lama-médico acudió a visitar al monarca.

El rey no podía disimular su impaciencia.

 - Has descubierto algo? – se apresuró a preguntar

- Sí, señor, tengo la respuesta.

Colocó los tres cráneos sobre una mesa y señaló uno de ellos.

- Éste, seguro, era el cráneo de la persona más bondadosa.

- ¿Seguro? – preguntó escéptico el rey.

- Quiero una explicación convincente.

El lama-médico se expresó así:

- Cogí uno de los cráneos y pasé un alambre por uno de los oídos y observé que el alambre salía directamente por el otro oído. Sin duda se trataba de una persona a la que lo escuchado a los demás le entraba por un oído y le salía por el otro.

El médico retiró ese cráneo y añadió:

- Mirad majestad, este otro cráneo. Lo investigué a fondo. Introduje un alambre por el oído y el mismo salió directamente por la boca. Era el cráneo de una persona que, indiscretamente, contaba en el acto todo lo que había escuchado.

El monarca no pude reprimir la risa. Luego se puso serio y le dijo:

- ¿Y el tercer cráneo?

El lama-médico tomó entre sus manos el tercer cráneo y añadió:

- Señor, este cráneo es el que pertenecía a la persona más bondadosa

- ¿Por qué? Os lo explicaré. - Recurrí de nuevo a la prueba del alambre. - Inserté el alambre por uno de los oídos y éste apareció por el corazón. Así se evidencia que esta persona escuchaba con amor a los demás y sabía guardar sus secretos. No era solamente la más bondadosa, sino también la más sabia y prudente.

El monarca, muy complacido, dijo: - Si eres tan buen lama como forense, no dudo de que alcanzarás la iluminación.

El lama-médico no quiso ninguna recompensa. En una humilde mulilla regresó a su monasterio. 

Maestro: la bondad impregna pensamientos, palabras y obras.

Leido en cuentos espirituales del Tubet de Ramiro A Cale

Cartones de hoy





domingo, 13 de mayo de 2012

Sabina Berman - Peña/ Putin



Tenía fama de disciplinado y maleable. Era joven y bien parecido. La imagen de una Patria joven y exitosa, decían sus patrocinadores. Se había formado en una esquina del sistema político. Ahí donde la democracia no había llegado todavía. Una esquina donde todavía operaban los mecanismos autoritarios del pasado y desde donde se miraba a la democracia y su fragmentación de los poderes como un caos que avanzaba en lentos oleajes destructivos por el resto del país.

Vladimir Putin o Enrique Peña Nieto. Uno formado en la policía secreta rusa. El otro en Atlacomulco, Estado de México. Uno formado entre policías duros y estrictos, creyentes ciegos en las razones de la dictadura comunista y ejecutores de su esencia: la abolición de los derechos del individuo. El otro formado en los jardines de las casas y las oficinas de los gobiernos de los mandamases del Estado de México, varios de los cuales trascendieron a ser operadores principales de la dictablanda mexicana del siglo XX. Carlos Hank González, Alfredo del Mazo, Arturo Montiel. Todos ellos padrinos políticos del joven Enrique, todos ellos enriquecidos fabulosamente al ejercer la esencia de aquella dictadura de formas casi siempre laxas: la cooptación, el soborno, la negociación de intereses, el lenguaje de la simulación.

Cuentan que a Boris Yeltsin los oligarcas de la televisión le acercaron al joven Putin para que lo nombrara su nuevo presidente, (Yeltsin sería el primer ministro), asegurándole lo antes escrito. Era maleable y disciplinado. No tenía ideas propias. Incluso armar una frase larga le era un problema. Y su galanura enfundada en trajes europeos le daría un sello de éxito al gobierno. Al mes de ascender al poder, Putin demostró que tras su fachada tiesa y monosilábica escondía habilidades poderosas.

Mandó explotar varios edificios en Moscú para sembrar el terror y hacerse de las riendas del poder. Su combate a los rebeldes chechenios fue inmisericorde y le procuró el control militar del país. Le irritó el reporte de sus errores que hizo la prensa libre y expropió una a una las televisoras. El hombre más rico de Rusia le presentó un estudio que documentaba cómo la corrupción del Estado empantanaba la economía y ahora aquel oligarca se pudre en una cárcel.

Putin puso así remedio a las dificultades de la incipiente democracia rusa: dio marcha atrás en cada medida democrática: reconcentró el poder en sí mismo, el nuevo dictador.

No hay favor más grande que se le ha hecho a Enrique Peña Nieto que caricaturizarlo como un joven bien parecido y sin capacidades. Un copete con aire abajo, para citar a un analista político. Un galán de telenovela que sólo puede seguir un guión escrito por otros, para citar a otro. El elegido de las televisoras para aparentar gobernar mientras ellos gobiernan a México, para parafrasear a Andrés Manuel López Obrador. El problema con esta caricatura, es que los hechos la contradicen.

Hace por lo menos cuatro años, como gobernador del Estado de México, Enrique Peña Nieto empezó a preparar su candidatura para la Presidencia con un plan de alcances nacionales que ha venido cumpliendo metódicamente. Desde hace ya tres años, gracias a controlar a una tercera parte de los legisladores, en el Congreso nacional nada se ha aprobado sin su autorización. Accedió a la candidatura del PRI sin necesidad de elecciones, desplazando a los otros aspirantes a los sitios que negoció con ellos. Más que el elegido de las televisoras, Peña Nieto es quien ha pactado con ellas mejores ventajas, entre las que se encuentra la inclusión de sus operadores entre los legisladores del PRI o el PVEM, partido que ahora también controla.

Sus métodos no son para nada los de Putin, ni podrían serlo: los de Putin son los de la dictadura rusa, los de él los más gentiles y elásticos de la dictablanda mexicana. Cuando se descubrió que el presidente del PRI había sustraído cientos de miles de millones de pesos del presupuesto del estado de Coahuila, Peña Nieto lo solucionó con elegancia: se simuló una renuncia pero el presunto criminal no fue presentado ante la ley. Cuando su tío Arturo Montiel, enriquecido durante su mandato como gobernador del Edomex en 600 millones de dólares, se acercó con sonrisa triunfal a la campaña de su sobrino, Peña hizo lo propio: Montiel desapareció de cámaras pero no fue llevado ante ningún juez. Se deslindó de la vilipendiada Elba Esther Gordillo, pero se sabe que el sindicato que ella preside trabaja para él en la campaña. El impopular “Niño Verde” no aparece con él en las fotografías, pero recibe sus órdenes.

Gentileza y disciplina. Eficacia y negociación. Ausencia de ley y en su lugar más negociación y justicia discrecional. Enrique Peña Nieto ha reiterado cien veces que como Presidente respetaría el sistema democrático. Todavía más, en su proyecto de país, publicado recientemente, ha prometido solucionar algunas de las urgencias de nuestra democracia: la implementación del respeto a la ley, la autonomía de los jueces y el fin de la corrupción.

O bien las promesas de Peña Nieto están redactadas en el dialecto de la tradicional simulación priísta, o para cumplirlas, de ser Presidente, tendría que darle la espalda a su biografía.

Este contenido ha sido publicado originalmente por SINEMBARGO.MX en la siguiente dirección: http://www.sinembargo.mx/opinion/13-05-2012/6905. Si está pensando en usarlo, debe considerar que está protegido por la Ley. Si lo cita, diga la fuente y haga un enlace hacia la nota original de donde usted ha tomado este contenido. SINEMBARGO.MX

Anabel Hernández - EU gira orden de aprehensión contra hijo de Martha Sahagún



Después de vivir una larga temporada en Texas, Manuel Bribiesca Sahagún, quien estuvo implicado en numerosos negocios turbios durante el sexenio de su padrastro, Vicente Fox, regresó a Guanajuato hace un par de años. Ahí, al amparo de su madre, Marta Sahagún, lleva una vida de lujos y excesos y aparenta que no tiene problemas. Sin embargo, el hijastro del expresidente panista tiene un grave problema en Estados Unidos: el gobierno de ese país giró una orden de aprehensión en su contra, que está a la espera de ser cumplimentada, por un caso de fraude que ya fue investigado y documentado por el FBI.



MEXICO, DF, 12 de mayo (proceso).- Un secreto hasta ahora muy bien guardado tiene en vilo el futuro de la familia de Marta Sahagún, esposa del expresidente Vicente Fox. Cuando se pensaba que el primer presidente panista y la gente que lo rodea habían librado la prueba de fuego –luego de varios años de ser blanco de señalamientos por presunto tráfico de influencias, enriquecimiento inexplicable y corrupción–, una acusación en Estados Unidos contra Manuel Bribiesca Sahagún reabre una vieja herida.

En el expediente criminal 08CR4274-JAH abierto en diciembre de 2008 en la Corte de Distrito Sur de California –del cual tiene copia Proceso– se le imputan cuatro cargos al hijo de Marta Sahagún: fraude electrónico, conspiración, complicidad y encubrimiento.

La responsable de iniciar la denuncia fue la fiscal federal Karen P. Hewitt y la acusación recayó en la corte del juez John A. Houston.

En México, durante 2005 y 2006 la Cámara de Diputados investigó los presuntos actos de corrupción de Manuel Bribiesca Sahagún y de su hermano Jorge Alberto cometidos en el sexenio de su padrastro, Vicente Fox. Investigaciones de periodistas y del Congreso permitieron descubrir los negocios de Manuel en Petróleos Mexicanos (Pemex): Disponiendo de información privilegiada, el hijo mayor de Marta Sahagún actuó como intermediario de las empresas Oceanografía y Arrendadora Ocean para la obtención de importantes contratos con Pemex Exploración y Producción.

También se reveló que obtuvo jugosas ganancias cuando compró a un precio por debajo del real inmuebles subastados por el Servicio de Administración y Enajenación de Bienes. Y gracias a las quejas de vecinos de la colonia Rinconada San Jorge de Celaya, Guanajuato, se supo que estafó a muchas familias vendiéndoles casas de interés social de pésima calidad a través del Infonavit. Además se descubrió cómo había solicitado a la Sociedad Hipotecaria Federal créditos con garantías ya comprometidas.

En el caso de México, pese a las irregularidades detectadas por la Cámara de Diputados y las denuncias penales presentadas contra Manuel Bribiesca Sahagún ante la Procuraduría General de la República, él ha gozado de impunidad durante los dos sexenios panistas.

Lee el artículo completo en:

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CACAROOOO!!! SEGUNDA FUNCIÓN.

Chicogrande
2010
País: México
Director: Felipe Cazals
Chicogrande


Sinopsis
Pancho Villa, después de la frustrada invasión a Columbus, emprende la retirada y en Ciudad Guerrero es herido en una pierna por tropas carrancistas. Los estadounidenses en territorio mexicano inician una persecución masiva para capturarlo vivo o muerto. Villa se refugia en la sierra, en lo más profundo de las montañas. Chicogrande, un joven villista, tiene el encargo de conseguir asistencia médica y no duda en sacrificar su propia vida para lograrlo.





UN POEMA DE:

María Elena Walsh
(1930-2011)
Como la cigarra.

Tantas veces me mataron, 
tantas veces me morí, 
sin embargo estoy aqui 
resucitando. 
Gracias doy a la desgracia 
y a la mano con puñal 
porque me mató tan mal, 
y seguí cantando. 

Cantando al sol como la cigarra 
después de un año bajo la tierra, 
igual que sobreviviente 
que vuelve de la guerra. 

Tantas veces me borraron, 
tantas desaparecí, 
a mi propio entierro fui 
sola y llorando. 
Hice un nudo en el pañuelo 
pero me olvidé después 
que no era la única vez, 
y volví cantando. 


Tantas veces te mataron, 
tantas resucitarás, 
tantas noches pasarás 
desesperando. 
A la hora del naufragio 
y la de la oscuridad 
alguien te rescatará 
para ir cantando. 





Serenata para la tierra de uno.

Porque me duele si me quedo
pero me muero si me voy, 
por todo y a pesar de todo, mi amor, 
yo quiero vivir en vos. 

Por tu decencia de vidala 
y por tu escándalo de sol, 
por tu verano con jazmines, mi amor, 
yo quiero vivir en vos. 

Porque el idioma de infancia 
es un secreto entre los dos, 
porque le diste reparo 
al desarraigo de mi corazón. 

Por tus antiguas rebeldías 
y por la edad de tu dolor, 
por tu esperanza interminable, mi amor, 
yo quiero vivir en vos. 

Para sembrarte de guitarra, 
para cuidarte en cada flor 
y odiar a los que te castigan, mi amor, 
yo quiero vivir en vos.




Francisco Hinojosa - A los pinches chamacos.

Francisco Hinojosa
(1954)
A los pinches chamacos.


Soy un pinche chamaco. Lo sé porque todos lo saben. Ya deja, pinche chamaco. Deja allí, pinche chamaco. Qué haces, pinche chamaco. Son cosas que oigo todos los días. No importa quién las diga. Y es que las cosas que hago, en honor a la verdad, son las que haría cualquier pinche chamaco. Si bien que lo sé.

Una vez me dediqué a matar moscas. Junte setentaidós y las guardé en una bolsa de plástico. A todos les dio asco, a pesar de que las paredes no quedaron manchadas porque tuve el cuidado de no aplastarlas. Sólo embarré una, la más gorda de todas. Pero luego la limpié. Lo que menos les gustó, creo, es que las agarraba con la mano. Pero la verdad es que eran una molestia. Lo decía mi mamá: pinches moscas. Lo dijo papá: pinche calor: no aguanto a las moscas: pinche vida. Hasta lo dije yo: voy a matarlas. Nadie dijo que no lo hiciera. En cuanto se fueron a dormir su siesta, tomé el matamoscas y maté setentaidós. Concha me vio cómo tomaba las moscas muertas con la mano y las metía en una bolsa de plástico. Les dijo a ellos. Y ellos me dijeron pinche chamaco, no seas cochino. En vez de agradecérmelo. Y me quitaron el matamoscas y echaron la bolsa al cesto y me volvieron a decir pinche chamaco hijo del diablo.

Yo ya sabía entonces que lo que hacía es lo que hacen todos los pinches chamacos. Como Rodrigo. Rodrigo deshojó un ramo de rosas que le regalaron a su madre cuando la operaron y le dijeron pinche chamaco. Creo que hasta le dieron una paliza. O Mariana, que se robó un gatito recién nacido del departamento 2 para meterlo en el microondas y le dijeron pinche chamaca.

Los pinches chamacos nos reuníamos a veces en el jardín del edificio. Y no es que nos gustar ser a propósito unos pinches chamacos. Pero había algo en nosotros que así era, ni modo. Por ejemplo, un día a Mariana se le ocurrió excavar. Entre los tres excavamos toda una tarde: no encontramos tesoros: ni encontramos piedras raras para la colección: ni siquiera lombrices. Encontramos huesos. El papá de Rodrigo dijo: pinche hoyo. Y la mamá: son huesos. Vino la policía y dijo que eran huesos humanos. Yo no sé bien a bien lo que pasó allí, pero la mamá de Mariana desapareció algunos días. Estaba en la cárcel, me dijo Concha. Rodrigo escuchó que su papá había dicho que ella había matado a alguien y lo había enterrado allí. Cuando volvió, supe que todos éramos unos pinches chamacos metiches pendejos. Rodrigo me aclaró las cosas: la policía pensaba que ella había matado a alguien pero no, se había salvado de las rejas. ¿Qué son las rejas?, pregunté. La cárcel, buey.

Ya no volvimos a jugar a excavar. Tampoco pudimos vernos durante un buen tiempo. A mí, mis papás me decían que no debía juntarme con ellos. A ellos les dijeron lo mismo, que yo era un pinche chamaco desobligado mentiroso. A Rodrigo le dieron unos cuerazos.

Tiempo después, cuando ya a nadie le importó que los pinches chamacos volviéramos a vernos, Mariana tuvo otra ocurrencia: hay que excavar más. No ¿qué no ves lo que estuvo a punto de pasarle a tu mamá? No pasó nada, qué, dijo. Para que nadie nos viera, hicimos guardias. Excavamos en otra parte y no encontramos nada de huesos. Luego en otra: tampoco había huesos: pero sí un tesoro: una pistola. Debe valer mucho. Yo digo que muchísimo. A lo mejor con eso mataron al señor del hoyo. A lo mejor. Sí, hay que venderla.

Escondimos la pistola en el cuarto donde guarda sus cosas el jardinero. Rodrigo dijo que él sabía cómo se usan las pistolas. Mi papá tiene una y me deja usarla cuando vamos a Pachuca. Mariana no le creyó. Has de ver mucha televisión, eso es lo que pasa.

Al día siguiente la volvimos a sacar y la envolvimos en un periódico. ¿Cómo la vendemos? ¿A quién se la vendemos? Al señor Miranda, el de la tienda. Fuimos con el señor Miranda y nos vio con unos ojos que se le salían. Nos dijo: se las voy a comprar sólo por que me caen bien. Sí, sí. Bueno. Pero nadie debe saberlo, ¿eh? Nos dio una caja de chicles y cincuenta pesos. El resto de la tarde nos dedicamos a mascar hasta que se acabó la caja.

A la semana siguiente, la colonia entera sabía que el señor Miranda tenía una pistola. La verdad, yo no se lo dije a nadie, sólo a Concha. Y lo único que se le ocurrió decirme fue pinche chamaco. Lo que inventas. O que dices. Tu imaginación. Hasta que el señor Miranda nos llamó un día y nos dijo: ya dejen, pinches chamacos. Dedíquense a otras cosas. Déjense de chismeríos. Pónganse a jugar. Nos dio tres paletas heladas para que lo dejáramos de jorobar.

En esos días, para no aburrirnos, nos dedicamos a juntar caracoles. Nos gustaba lanzarlos desde la azotea. O les echábamos sal para ver cómo se deshacían. O los metíamos en los buzones. En poco tiempo ya no había manera de encontrar un solo caracol en todo el jardín. Luego quisimos seguir juntando piedras raras, pero alguien nos tiró la colección a la basura. O deplanamente se la robó.

Fue entonces cuando decidimos escapar. Fue idea de Mariana.

Me puse mi chamarra y saqué mi alcancía, que la verdad no iba a tener muchas monedas porque Concha toma dinero de ahí cuando le falta para el gasto. Mariana también salió con su chamarra y con la billetera de su papá. Hay que correrle, decía, si se dan cuenta nos agarran. Rodrigo no llevó nada.

Caminamos como una hora. Llegamos a una plaza que ninguno de los tres conocíamos. ¿Y ahora?, preguntó Rodrigo. Hay que descansar, pedí. Yo tengo hambre. Yo también. Vamos a un restaurante. ¿Dónde hay uno? Le podemos preguntar a ese señor. Señor, ¿sabe dónde hay un restaurante? Sí, en esa esquina, ¿qué no lo ven?

Era un restaurante chiquito. Rodrigo nos contó qué él había ido a muchos restaurantes en su vida. La carta, le dijo el señor. Nos trajo hamburguesas con queso y tres cocas. ¿Quién va a pagar?, preguntó el señor. Yo, dijo Mariana, y sacó la billetera de su papá. Está bien. Escuchamos que le decía al cocinero pinches chamacos si serán bien ladrones.

Nos dio las tres hamburguesas y las tres cocas. Comimos. Y Mariana pagó.

Y ahora, ¿qué hacemos? Cállate, me calló Mariana. Mi papá ya debe haberse dado cuenta de que le falta su billetera. ¿Estás preocupada? ¿Por qué?, ya nos fuimos, ¿o no? Sí. Y ahora, ¿qué hacemos? 

Vamos a platicar con el señor Miranda.

Rodrigo hizo parada a un taxi. Llévenos a la calle Argentina. ¿Quién pagará? Mariana le enseñó la billetera. Pinches chamacos le robaron el dinero a sus papás, ¿verdad? ¿Nos va a llevar o no?, le preguntó Rodrigo. Ustedes pagan, dijo.

El taxista nos llevó a unas pocas cuadras de allí. Era una calle solitita. Ahora denme el dinero. No, qué. Miren, pinches chamacos, o me lo dan o los mato. Es nuestro. Se los voy a robar como ustedes lo robaron, ¿verdad? También tu alcancía, me dijo. Yo le di la alcancía. Así es, pinches chamacos. Y ahora bájense.

Pinche viejo, dijo Mariana. Si hubiera tenido la pistola, le doy un balazo, dijo Rodrigo. Deplanamente. Me dan ganas de ahorcarlo. Sin dinero ya no podemos ir a un hotel. Yo he ido a muchos hoteles, dijo Rodrigo. Pero sin dinero… Por qué no vamos con el señor Miranda a pedirle nuestra pistola. Sí, eso es. La pistola. A ver así quién se atreve a robarnos.

Un señor nos dijo hacia dónde quedaba Argentina. Y luego: ¿están perdidos? Sí, un poco perdidos. Sigan derecho, derecho hasta Domínguez, ahí dan vuelta a la izquierda, ¿Me entendieron? ¿Saben cuál es Domínguez? Yo no sabía, pero Mariana dijo que ella sí. La verdad, era un señor muy amable.

Para no hacer el cuento largo, llegamos con el señor Miranda cuando ya era de noche. ¿Y ahora qué quieren?, nos preguntó, ya voy a cerrar. Queremos la pistola. Sí, y que nos venda unas balas. Miren, pinches chamacos, ya les dije que se dejaran de chismes. Tomen un chicle y váyanse. No, la verdad queremos sólo la pistola. Voy a cerrar, así es que lárguense sin chicles, ¿entendieron?

Rodrigo tomó una bolsa de pinole, la abrió y le echó un buen puñado en los ojos al pobre señor Miranda. Pinches chamacos, van a ver con sus papás. El viejito se cayó al piso. Yo me le eché encima de la cabeza y le jalé los pelos. Mientras, Mariana le pellizcaba un brazo con todas sus ganas. Busca la pistola, córrele, le dijimos a Rodrigo. ¿Dónde? Allí abajo. No, no está. Allí, junto a la caja. Suéltenme, pinches chamacos, gritaba. Tampoco, no está aquí. ¿Dónde está, pinche viejo? Si no me sueltan… Aquí está, gritó Rodrigo, aquí está. ¿Dónde estaba? En el cajón.

Y ahora qué. ¿Lo matamos? Mariana se había abrazado de las piernas del señor Miranda para que no se moviera tanto. Ve si tiene balas. Sí, si tiene balas. ¿Le damos un plomazo? ¿Qué es plomazo? Que si lo matamos, buey. Sí, mátalo. Pinches chamacos…

El ruido del disparo fue horroroso, yo pensaba que los balazos no sonaban tanto. Al pobre del señor Miranda le salió mucha sangre de la cabeza y se quedó muerto. ¿Está muerto? Pues sí, ¿qué no te das cuenta? Ya ven cómo sí sé disparar pistolas. Puta, dijo Mariana. Sí, puta.

Vámonos antes de que llegue alguien. Nos fuimos por Argentina, derechito, corriendo a todo lo que podíamos. Hasta que llegamos cerca de la escuela de Rodrigo. Pinche chamaca, dijo una señora con la que se tropezó Mariana, fíjate.

No sé cómo lo hizo, pero Rodrigo sacó rapidísimamente la pistola y le dio un plomazo en la panza. La señora cayó al piso y empezó a gritar. No está muerta, le dije, tienes que darle otro plomazo. Rodrigo le dio otro plomazo en la cabeza.

Ahora sí, comprobó Mariana, está fría. ¿La tocaste o qué? Está muerta, buey.

Al parecer, otros oyeron el ruido del balazo porque la gente se juntó alrededor de la muerta. Rodrigo se había guardado ya la pistola en la bolsa de su chamarra.

¡Llamen a una ambulancia! ¡Llamen a la policía! ¡Llamen a alguien! ¡La mataron! Yo creo que fue un balazo. ¿Ya le tomaron el pulso? Yo lo oí. Salí corriendo de la casa a ver qué pasaba y me encuentro con que… Yo vi correr a un hombre. Llevaba una pistola en la mano. Debes atestiguar. Claro, nomás venga la policía. No, no respira. Quítense, pinches chamacos, qué no ven que está muerta. No hay seguridad en esta colonia. Es un pinche peligro. ¿Le robaron la bolsa? Sí, yo vi que el hombre corría con la pistola y la bolsa de la señora. Era una bolsa blanca… ¿Qué no oyeron, pinches chamacos metiches? Si sus papás los vieran haciendo bulto… Eran dos, llevaban pistolas y la bolsa… Yo la conozco es Mariquita, la de don Gustavo. Lo triste que se va a poner el hombre.

En cuanto oímos el ruido de las sirenas, Mariana dijo mejor vámonos, podemos tener problemas.

No debimos matarla, les dije mientras caminábamos hacia la avenida. Fue culpa de ella. Además, así son las cosas, a mucha gente la matan igual, en la calle, con pistola. No debes preocuparte. Dicen que te vas al cielo cuando te matan a balazos. Sí, es cierto, yo ya había oído eso. ¿Tú crees que el señor Miranda se vaya al cielo? Claro, tonto.

Mariana le hizo la parada a un taxi. ¿A dónde vamos? No tenemos dinero para pagarle. Ay, qué ingenuo eres, me dijo. A la calle de López, dijo Rodrigo. ¿Cuál calle de López? ¿Saben qué hora es? No, le dije. Son las diez. ¿Nos va a llevar o no?, le preguntó Mariana. Miren, pinches chamacos, si sus papás los dejan andar a estas horas tomando taxis no es mi problema, así es que largo, largo de aquí. Rodrigo sacó la pistola y le apuntó a la cara. Ah, pinche chamaco, además te voy a dar una paliza por andarme jodiendo.

Y cuando le iba a quitar la pistola, Rodrigo disparó el plomazo con las dos manos. Le entró la bala por el ojo. Lo mandamos derechito al cielo, qué duda.

Yo sé manejar, dijo Rodrigo. Pero no fue cierto, en cuanto pudimos hacer a un lado al taxista, Rodrigo trató de echar a andar el coche y no pudo. Debes meterle primera. Ya sé; ya sé. Déjame a mí, dijo Mariana. Se puso al volante, metió la primera y el coche caminó un poco, dando saltos. Mejor vamos a pie, les dije. Sí, este coche no funciona muy bien.

Antes de abandonar el taxi, Rodrigo esculcó en los bolsillos del taxista hasta que encontró el dinero. Hay más de cien pesos. Quítale también el reloj. Luego lo vendemos. Mariana guardó el dinero, yo me puse el reloj y Rodrigo se escondió la pistola en la chamarra.

En el hotel fue la misma bronca, que si dónde están sus papás, que si saben qué hora es, que si un hotel no es para que jueguen los chamacos, que si alquilar un cuarto cuesta, que dónde está el dinero. Váyase a la chingada, dijo Rodrigo alfinmente, y todos echamos a correr.

Caminamos un rato hasta que Mariana tuvo una buena idea. Ya sé, podríamos ir a dormir a casa de la señora Ana Dulce. ¿Con esa pinche vieja? Sí, buey, dijo Rodrigo, nos metemos en su casa, le damos un plomazo y nos quedamos allí a dormir. Puta, que si es buena idea…

La señora Ana Dulce nos abrió. ¿Qué quieren? ¿Nos deja usar su teléfono?, le dijimos para guaseárnosla. Pinches chamacos, ¿saben qué hora es? Nos metimos a la casa sin importarnos las amenazas de la vieja: voy a llamarle a la policía para decirle que se escaparon de sus casas. Van a ver la cueriza que les van a poner. Vi cómo Mariana discutía con Rodrigo. Ahora me toca a mí. Si tú no sabes… Al parecer ganó Mariana porque tomó el arma y le disparó un plomazo a la señora Ana Dulce. Le dio en una pata. Luego disparó por segunda vez. ¿Qué tal?, dijo, te apuesto a que le di en el corazón. Yo pensaba lo mismo, a pesar de que la vieja chillaba del dolor como una loca y se retorcía en el piso. Al rato se calló.

La guardamos en un clóset. Rodrigo decía que era un cadáver. Luego cenamos pan con mantequilla y mermelada y nos metimos los tres a la cama con la pistola abajo de la almohada.

Durante los siguientes diez días no le dimos plomazos a nadie más. Nos quedaba una bala. Íbamos al parque todas las mañanas y comíamos y dormíamos en casa del cadáver, hasta que el espantoso olor del clóset nos hizo salir corriendo.

Ese día tuvimos la mala suerte de encontrarnos frente a frente con el papá de Mariana. ¡Pinches chamacos!, nos gritó. ¡Cómo los he buscado! ¡Van a ver la que les espera!

Nos esperaba una que ni la imaginábamos… A todos nos agarraron a patadas y cuerazos y cachetadas y puntapiés. Yo oía cómo gritaban Mariana y Rodrigo. MI mamá me dio un puñetazo en la cara que me sacó sangre de la nariz, y mi papá, un zopaco en la boca que casi me tira un diente. Por más que lloraba, no dejaban de darme y darme como a un perro.

Tardé un poco en dormirme. Pero en un ratito me desperté con el ruido de un plomazo. Ya Rodrigo debe haberse echado a sus papás, pensé. Luego se empezaron a oír gritos. Mis papás se despertaron también y corrieron a la puerta para ver qué pasaba.

La mamá de Rodrigo gritaba: ¡Lo mató, lo mató, lo mató! ¡El pinche chamaco lo mató! Cálmese, señora, quién mató a quién. Rodrigo salió en ese momento con la pistola en la mano. Córrele, me dijo a mí, antes de que nos agarren. Esto es la guerra. ¿Y Mariana?, le pregunté. Hay que ir por ella. No, qué, córrele.

Y sí: corrimos a madres. Fue un alivio encontrarnos con nuestra amiga en la calle. Ya se echó a sus papás, le anuncié. Puta, dijo Mariana, eso me imaginé. Y nos echamos a correr como si nos persiguiera una manada de perros rabiosos. No paramos hasta que Rodrigo se tropezó con una piedra y fue a dar al suelo. Le salía sangre de la cabeza.

Qué madrazo me di, nos dijo medio apendejado. Y sí que era un buen madrazo. Hasta se le veía un poco del hueso.

Los tres teníamos la piyama puesta y ellos dos estaban descalzos. Sólo yo tenía puestos los calcetines. ¿Me los prestas un rato?, me pidió Mariana, está haciendo mucho frío. Se los presté.

¿Y ahora qué hacemos? Ni modo que volver a casa del cadáver. Todavía tenemos la pistola, ¿o no?, podemos meternos a una casa y matar a quien nos abra. No seas buey, eso está cabrón. Además ya no tenemos balas. ¿Cómo se te ocurre que ahorita alguien nos va a abrir la puerta? Es cierto, somos unos matones. No es por eso.

Me dieron ganas de orinar del frío que estaba haciendo. Una parte me hice en los calzones y otra sobre la llanta de un coche. Pinche cochino, me dijo Mariana. A Rodrigo le dio risa.

Caminamos un rato hasta que nos encontramos con una casa que tenía las ventanas rotas. Debe estar abandonada. Seguro. Terminamos de romper uno de los cristales y nos metimos. Estaba oscurísimo. 

Encontramos un cuarto en el que se metía un poquito de la luz de la calle. Hicimos a un lado los escombros y nos echamos al piso, muy juntos para tratar de calentarnos, hasta que nos quedamos dormidos, alfinmente dormidos.

A la mañana siguiente, con los huesos adoloridos, desperté a los otros. Pudimos ver ahora sí el cuarto en el que habíamos dormido. Estaba muy húmedo y sucio. Había latas vacías de cerveza, colillas de cigarros, bolsas de plástico, cáscaras de naranja y cantidad de tierra. Olía a puritita mierda.

Mariana tiritaba de frío, aunque estaba calientísima. Es calentura, estoy seguro, les dije. Un calenturón como para llamar al doctor. Cuál doctor, se encabronó Rodrigo. ¿Qué sientes?, le pregunté. Ella ni contestó. Sólo tiritaba y tiritaba.

Hay que comprar aspirinas. Es cierto, le dije. Rodrigo se ofreció a buscar una farmacia mientras yo cuidaba a Mariana.

Esperamos horas y horas hasta que a Mariana se le quitó la temblorina. Cuando me dijo que ya se sentía bien le expliqué que Rodrigo había ido a buscar una farmacia para comprarle aspirinas y que todavía no regresaba. Pues ya se tardó. Claro que ya se tardó. Algo debe haberle pasado.

Lo buscamos hasta que nos perdimos y ya no sabíamos cómo regresar a la casa donde habíamos dormido. Teníamos un hambre espantosa. Y sin dinero. Y sin pistola. Y sin casa donde nos dieran de comer.

Lo demás fue idea de Mariana. En un semáforo nos pusimos a pedir dinero a los conductores de los coches. Cuando llenamos los bolsillos de monedas las contamos: eran nueve pesos con veinte centavos. En una tienda compramos dos bolsas de papas y dos refrescos.

Después de comer nos acostamos en el pastito del camellón. Durante mucho tiempo nos pusimos a hablar de Rodrigo. ¿Qué le había pasado? Sabe. ¿Lo habrá agarrado la policía por matar a sus papás? A lo mejor sólo está perdido. Como nosotros. O quizá lo agarraron cuando quiso matar al de la farmacia. ¿Cómo, si no tiene balas? O lo atropellaron. Quién sabe. O le dieron un plomazo por metiche.

Se hizo de noche y no teníamos dónde dormir. No nos quedó otra más que preguntar por la calle de López para ir a casa de la señora Ana Dulce. Aunque oliera feo, al menos habría una cama.

Tardamos como dos horas en llegar. Afuera de la casa de la señora Ana Dulce había un policía. Yo creo que… Sí, sí, no necesitas explicarme nada. ¿Qué hacemos? Puta, ahora sí me la pones canija.

Nos metimos a dormir a un terreno baldío en el que había ratas. Puta madre que estoy seguro. La pasamos delachingadamente.

Despertamos mojados y con el pelo hecho hielitos. Teníamos un hambre espantosa. Y si vamos a la casa. ¿Qué dices? No ves que Rodrigo se echó a su papá. Pues Rodrigo es Rodrigo. A lo mejor ahorita ya está muerto.

Concha fue la primera en vernos: pinches chamacos, van a ver la que les espera.

Y es cierto: la que nos esperaba… Pero, con el carácter de Mariana, tampoco se imaginaron nunca la que les esperaba a ellos.

Leído en: https://lastresyuncuarto.wordpress.com/2009/10/06/francisco-hinojosa-a-los-pinches-chamacos/

EL EREMITA ASTUTO.



Era un eremita de muy avanzada edad. Sus cabellos eran blancos como la espuma, y su rostro aparecía surcado con las profundas arrugas de más de un siglo de vida. Pero su mente continuaba siendo sagaz y despierta y su cuerpo flexible como un lirio. Sometiéndose a toda suerte de disciplinas y austeridades, había obtenido un asombroso dominio sobre sus facultades y desarrollado portentosos poderes psíquicos. Pero, a pesar de ello, no había logrado debilitar su arrogante ego. La muerte no perdona a nadie, y cierto día, Yama, el Señor de la Muerte, envió a uno de sus emisarios para que atrapase al eremita y lo condujese a su reino.

El ermitaño, con su desarrollado poder clarividente, intuyó las intenciones del emisario de la muerte y, experto en el arte de la ubicuidad, proyectó treinta y nueve formas idénticas a la suya. Cuando llegó el emisario de la muerte, contempló, estupefacto, cuarenta cuerpos iguales y, siéndole imposible detectar el cuerpo verdadero, no pudo apresar al astuto eremita y llevárselo consigo.

Fracasado el emisario de la muerte, regresó junto a Yama y le expuso lo acontecido. Yama, el poderoso Señor de la Muerte, se quedó pensativo durante unos instantes. Acercó sus labios al oído del emisario y le dio algunas instrucciones de gran precisión. Una sonrisa asomó en el rostro habitualmente circunspecto del emisario, que se puso seguidamente en marcha hacia donde habitaba el ermitaño.

De nuevo, el eremita, con su tercer ojo altamente desarrollado y perceptivo, intuyó que se aproximaba el emisario. En unos instantes, reprodujo el truco al que ya había recurrido anteriormente y recreó treinta y nueve formas idénticas a la suya. El emisario de la muerte se encontró con cuarenta formas iguales. Siguiendo las instrucciones de Yama, exclamó:

–Muy bien, pero que muy bien. !Qué gran proeza! Y tras un breve silencio, agregó:

–Pero, indudablemente, hay un pequeño fallo. Entonces el eremita, herido en su orgullo, se apresuró a preguntar:

–¿Cuál?

Y el emisario de la muerte pudo atrapar el cuerpo real del ermitaño y conducirlo sin demora a las tenebrosas esferas de la muerte.

*El Maestro dice: El ego abre el camino hacia la muerte y nos hace vivir de espaldas a la realidad del Ser. Sin ego, eres el que jamás has dejado de ser.

Tomado de “Cuentos Clásicos de la India” recopilados por Ramiro Calle.

Leído en: http://es.scribd.com/doc/64467643/101-cuentos-clasicos-de-la-India

Cartón de hoy




sábado, 12 de mayo de 2012

Twitt del mes y video de la semana




Compartimos uno Twitt que circula por internet.



Tweets  

"No. Politicians don't wanna scare you, they wanna keep you stupid. Fear is just the smell when ignorance takes a shit."






El video de la semana se lo lleva @EPN



Riva Palacio - El dilema del prisionero



PRIMER TIEMPO: Alianzas tácticas, no pactos de sangre. A su ex jefe y promotor político le dijo ilegítimo y usurpador cuando le ganó la Presidencia en 2006, y le envió comandos desestabilizadores para que lo enloquecieran. Él partió para el monte con su viejo discurso, sistemático empero, de que el poder se lo había quitado la mafia del poder. Hoy, Andrés Manuel López Obrador es uno de los principales defensores de Josefina Vázquez Mota, la hija política de Felipe Calderón. López Obrador no está en una rectificación histórica de lo que es, sino en la aplicación del principio del Dilema del Prisionero, el ejercicio en Teoría de Juegos que habla de la colaboración colectiva para que al ceder se gane. Como se vio en el debate presidencial donde no atacó a Vázquez Mota y se concentró en Enrique Peña Nieto, sabía que si no cooperaba con su adversaria panista, el candidato del PRI los aplastaría. No es una estrategia de claudicación, como en la prensa le han insistido al inquirir sobre la posibilidad de que pudiera declinar a favor de ella al finalizar la campaña, sino de identificar el enemigo común para evitar que los deje muy atrás en la carrera presidencial. López Obrador juega sus cartas. La izquierda social, de la cual es el jefe nato, le hace la vida imposible a Peña Nieto, como sucedió en la Universidad Iberoamericana el viernes, y se incrementará en tanto acto público se exponga el candidato priista. A esa izquierda es a la que le habló durante el debate presidencial para animarla, excitarla, motivarla a la beligerancia y que haga el trabajo que el diputado Gerardo Fernández Noroña cumplió contra Calderón al arrancar el sexenio. López Obrador va por otro segmento, el de jóvenes, votantes vírgenes y clasemedieros, a los que llama en su último spot y les ofrece paz y cambio. Es una dualidad estratégica necesaria, sobre todo, si como afirmó al arrancar el fin de semana, la elección será entre tres, no un proceso de trámite tricolor.

SEGUNDO TIEMPO: Y sin embargo se mueve: La mayoría de las encuestas publicadas pintan una elección decidida por Enrique Peña Nieto y la aplanadora del PRI. Esas encuestas preocupan, por las percepciones, al equipo de campaña de Andrés Manuel López Obrador. Para fortuna de ellos —aunque no necesariamente para beneficio del trabajo organizacional de una campaña—, López Obrador está ahora más en la lógica del instinto que del cientificismo y las evidencias le están dando la razón. La gran empresa de monitoreo de medios, Eficiencia Informativa, realiza semanalmente una especie de GPS electoral donde mide los temas más recurrentes en los medios, y a partir de las fortalezas y debilidades de los candidatos y la manera como se proyectaron en la prensa, les otorga una calificación. No es empírico el ejercicio, sino matemático. Por eso, la gran sorpresa es que la presencia neta de López Obrador en medios del 3 al 10 de mayo, fue de casi cuatro por uno por arriba de Peña Nieto, de Josefina Vázquez Mota y de la Cenicienta del debate, Gabriel Quadri, el ganador del encuentro en las percepciones de la gente. López Obrador, según se refleja en la mayoría de las encuestas, ya rompió el cinturón de negativos que lo tenía preso desde hace cinco años, y se encuentra en positivos. Lo importante de este hecho es que ya no sube el número de electores que dice que jamás votaría por él, y se eleva la cifra de aquellos que tienen dudas sobre si sería una buena opción o no. En cambio, los negativos de Peña Nieto siguen en ascenso, lo que tampoco significa que le quite votos, pero cada vez encuentra más electores que ya no tienen decidido votar por él. Sobre de ellos va el tabasqueño, donde el estómago, que nunca es buen consejero de los políticos, le está funcionando por ahora.

TERCER TIEMPO: El renacimiento de Josefina. No hay que equivocarse. El caramelo que comparten Josefina Vázquez Mota y Andrés Manuel López Obrador en esta primera fase de la campaña presidencial, aún no puede ser considerado como la señal manifiesta de que vienen envueltos en un muégano en contra de Enrique Peña Nieto. Son tácticas de campaña para lo que López Obrador anticipó esta semana como un ménage à trois en la jornada electoral, o lo que sería lo mismo, una contienda entre tres. López Obrador no hace nada salvo que declararlo y lanzar spots para ver si lo logra, pero Vázquez Mota sí dio un golpe de timón a su estrategia. Adiós a la señora buena onda; se enfundó la casaca de guerrera. Sacó un primer spot negativo en contra de Peña Nieto jugando con su más famosa frase del debate, “no tengo tiempo”, y vendrán más. Nada contra López Obrador, todavía, sí contra Gabriel Quadri, el candidato aliancista al que le preparan la cama para demostrar cómo su discurso es un holograma del candidato del PRI. El objetivo se ve claro: atajar la percepción de que su victoria es inevitable. Ganarle será un paso posterior. Lo que le importa ahora es frenar esa percepción triunfadora para evitar la cascada de reacciones: si el elector cree que está decidida la elección, para qué meterse en el proceso y menos aún votar. Y si no vota sube el abstencionismo, y si éste se eleva, quien pierde es Vázquez Mota porque el PAN no tiene estructura territorial para movilizar votos, que sí tiene el PRI —y por cierto, también la izquierda—. O sea, el renacimiento de Vázquez Mota es para parar a Peña Nieto. Si no lo logra, morirá en el intento. Pero si no está dispuesta a morir, nunca estará en condiciones de competir.

Leído en http://www.razon.com.mx/spip.php?page=columnista&id_article=121842

Viernes musical (en Sábado)

Del blog de Antonio Moreno, Democracia en México...Ya! compartimos el viernes musical que propuso el día 5 de mayo de 2012 en su espacio.


Nació en Guadalajara, Jalisco el 3 de marzo de 1933 apodado "El embajador del romanticismo" y "El lujo de México".
Su voz es de una tesitura de barítono la cual llega a unas notas graves poderosas. El registro de barítono va desde un sol (siendo un do el do central del piano) a un mi (el mi de la primera línea del pentagrama en clave de sol).

Origen

Desde que su hermano José Muñiz le hizo el favor de presentarlo a gente relacionada con el ambiente artístico desarrollo su talento musical. Luego de formar parte del coro en una iglesia de Guadalajara y de varias agrupaciones musicales, principalmente de carácter improvisado se traslada a Ciudad Juárez en 1946, lugar en donde no tuvo mucha suerte y decide regresar a su natal Guadalajara.
Como cantante, no lograba reunir suficiente dinero para subsistir, por lo que durante sus años iniciales tuvo que mezclar su carrera artística con otros oficios tales como los de panadero y joyero. Como recuerdo de este oficio aún conserva un diamante en la muñeca izquierda. Su inquietud por la farándula lo hace marcharse a la Ciudad de México y acepta trabajar como portero en la emisora radial XEW y posteriormente como asistente parcial de cantantes como Libertad Lamarque y Benny Moré.

Inicios

En sus comienzos se presentaba en uno de los cabarets más conocidos de la capital mexicana conocido como La Bandida. Es ahí donde conoce a Juan Neri y Héctor González quienes tocaban en el Trío Culiacán. Un día el tercer integrante del trío no llegó por lo que Muñiz se ofreció a suplirlo por ese día alegando saber tocar guitarra, lo cual era falso. Al llegar a la serenata, Muñiz confiesa y sus compañeros lo reprenden pero ya no había nada que hacer y no quedaba otra alternativa que darle un par de maracas para que acompañara mientras hacía la tercera voz. El atrevimiento valió la pena pues Neri y González quedaron sorprendidos con el estilo, originalidad y dulzura en la voz de Muñiz.
Eventualmente Juan Neri, primera voz, requinto y director del trío, le pidió quedarse a tiempo completo, en el cual tomó el papel de tercera voz en conjunto y las partes de solista. Luego de varias vicisitudes -principalmente rechazos-, fueron descubiertos por el empresario de una casa disquera quien los firma inmediatamente. Comenzaba a surgir uno de los tríos de mayor fama en la historia musical de Latinoamérica: Los Tres Ases, nombre que adoptaron por sugerencia de su nuevo manejador y escogido al azar entre varias opciones. Junto con Los Tres Ases consiguió grabar ocho discos de larga duración, de entre los cuales destacan grandes éxitos como: Contigo en la distancia, La enramada y Regálame esta noche, por mencionar algunas.
A finales de 1959 y principios de 1960 dos motivos provocan la salida de Muñiz del trío: las diferencias cada vez más frecuentes con Neri cuyo alcoholismo comenzaba a afectar al trío por su informalismo e inconstancia, y porque ya desde una gira que hicieron a Puerto Rico y otros países, varias personas allegadas a Muñiz le habían sembrado la inquietud de algún día probar como solista.
Fuente: Wikipedia





Leído en http://democraciaenmxicoya.blogspot.com.es/2012/05/marco-antonio-muniz.html

Garfias - La noche de un día difícil



Mi jornada empezó ayer con la entrevista que Carmen Aristegui le hizo a Enrique Peña Nieto en MVS. Tenía curiosidad de saber la reacción del candidato del PRI-PVEM a la oferta de AMLO de renunciar a su candidatura si el mexiquense prueba que se gastó mil millones de pesos en la televisión cuando fue jefe de Gobierno del DF.

La periodista no tardó mucho en abordar el tema. Le puso a Peña una grabación donde El Peje asegura que en los cinco años que gobernó la Ciudad de México, “sólo” se gastó 557 millones de pesos.

Peña sostiene que es falso. Dice que fueron mil 85 millones de pesos.

Para apoyar sus dichos, entregó a Aristegui copia de las diversas cuentas públicas que el Gobierno del DF envió a la Asamblea Legislativa. Incluyen los gastos en comunicación social.

“Lo que viene reportado del 2001 al 2006, son mil 209 millones de pesos. Si eliminas parte del último año, él ya no fungió como jefe de Gobierno, quedan mil 85 millones de pesos. Mil millones de pesos en cifras redondas”, explicó el priísta.

Pero ya no quiso ahondar en lo de la renuncia de Andrés Manuel. El que anda entre las ramas, puede salir espinado.

“Él (Andrés) fue el que puso esta condición. Nadie le está pidiendo que renuncie a su candidatura, simplemente que se reconozcan las cuentas públicas de lo que fue su gestión de gobierno. No estoy inventando nada”, aseguró.

Carmen no quitó el dedo del renglón. Le sacó las cifras de AMLO en el debate: en un sólo año, el mexiquense le “dio” 691 millones de pesos a Televisa. Peña Nieto evadió el tema. Negó haber repartido chayotes a comentaristas de radio a cambio de menciones favorables.

Pero sí reconoció que durante su gestión como gobernador del Estado de México se contrataron espacios de difusión en algunos noticieros. Hizo mención de “Tequila Don Ramón” patrocinador de espacios de opinión.

* * *

Seguimos con Peña Nieto. Ayer estuvo en la Ibero. Su primer encuentro con universitarios. Acogida hostil. Ya sabía lo que le esperaba.

“Estamos en campaña. Los adversarios, dada la condición de ventaja que tenemos, van a aprovechar todo, montar show para descalificar a tu servidor”, dijo el mexiquense.

Efectivamente. Lo recibieron con gritos de ¡fuera! ¡fuera! Pancartas y consignas de rechazo. Se oía y se leía: “Se ve, se siente, Enrique delincuente”, “a este asesino no le aplaudo”, “La Ibero no te quiere…”

“Son infiltrados, operadores de AMLO y de Josefina”, aseguraban priístas presentes en el acto.

Le preguntamos a Miguel Osorio Chong, uno de los lugartenientes de Peña, si aquello era inducido. “Totalmente. Los alumnos lo pueden validar. Muchos no son ni de allí”, nos dijo.

Arturo Escobar, del PVEM, de plano culpó al PRD de estos “actos de provocación”. ¿Los pseudo alumnos mayores? ¿De dónde salieron? Preguntó el relevo del Niño Verde.

El acto, paradójicamente, se llama “Buen Ciudadano de la Ibero.” AMLO ya pasó por allí. Le aplaudieron. Josefina va el próximo 4 de junio.

A Peña, por cierto, lo persigue la figura de Carlos Salinas de Gortari. Ayer se le apareció en los dos actos. En la entrevista con Carmen y en máscaras que los jóvenes se pusieron en la Ibero.

EL candidato de desmarcó del controvertido ex presidente. “No está, ni estuvo, ni estará nunca en mi campaña electoral”, aseguró.

Más tarde, cuando Paul McCartney cantaba en el Zócalo, nos acordamos de una de nuestras canciones favoritas de los Beatles: La noche de un día difícil.

* * *

La Junta Local del IFE en el Estado de México llamó la atención sobre el hecho de que la cobertura en los medios electrónicos con cobertura en territorio de la entidad favorece ampliamente las actividades de los candidatos del tricolor. Pide más equilibrio.

Un ejemplo: Ana Lilia Herrera, candidata al Senado por la Coalición Compromiso por México, duplica, en número de notas difundidas en los medios con cobertura local, a Alejandro Encinas, abanderado de las izquierdas, y Óscar Sánchez, del PAN.

En el equipo de Ana Lilia Herrera no niegan el desequilibrio en la información, pero tienen una coloquial explicación: Encinas y Sánchez “están tirados en la hamaca.”

Al perredista lo acusan de estar más preocupado por la suerte de López Obrador que de la propia. “Se le ve más en actos que candidato presidencial que en los suyos”.

Según el monitoreo de medios realizado por la coalición PRI-Verde. Encinas sólo ha estado en cinco de los 125 municipios mexiquenses, mientras que Sánchez ha tenido ocho actos en la entidad.

* * *

Moraleja de la semana (cortesía de Arnold Toynbee, historiador inglés): El mayor castigo para quienes no se interesan por la política es que serán gobernados por personas que sí se interesan

SE COMO UN MUERTO.



Era un venerable maestro. En sus ojos había un reconfortante destello de paz permanente. Sólo tenía un discípulo, al que paulatinamente iba impartiendo la enseñanza mística. El cielo se había teñido de una hermosa tonalidad de naranja-oro, cuando el maestro se dirigió al discípulo y le ordenó:

–Querido mío, mi muy querido, acércate al cementerio y, una vez allí, con toda la fuerza de tus pulmones, comienza a gritar toda clase de halagos a los muertos.

El discípulo caminó hasta un cementerio cercano. El silencio era sobrecogedor. Quebró la apacible atmósfera del lugar gritando toda clase de elogios a los muertos. Después regresó junto a su maestro. 

–¿Qué te respondieron los muertos? -preguntó el maestro.

–Nada dijeron.

–En ese caso, mi muy querido amigo, vuelve al cementerio y lanza toda suerte de insultos a los muertos.

El discípulo regresó hasta el silente cementerio. A pleno pulmón, comenzó a soltar toda clase de improperios contra los muertos. Después de unos minutos, volvió junto al maestro, que le preguntó al instante:

–¿Qué te han respondido los muertos?

–De nuevo nada dijeron -repuso el discípulo.

Y el maestro concluyó:

–Así debes ser tú: indiferente, como un muerto, a los halagos y a los insultos de los otros.

*El Maestro dice: Quien hoy te halaga, mañana te puede insultar y quien hoy te insulta, mañana te puede halagar. No seas como una hoja a merced del viento de los halagos e insultos. Permanece en ti mismo más allá de unos y de otros.

Tomado de “Cuentos Clásicos de la India” recopilados por Ramiro Calle.

Leído en: http://es.scribd.com/doc/64467643/101-cuentos-clasicos-de-la-India

Prensa Popular en Veracruz

Al mail del blog llegó este ejemplar que ponemos a disposición de los lectores


KGOSNI 102

Juan José Arreola . Pueblerina.

Juan José Arreola
(1918-2001)
Pueblerina.

Al volver la cabeza sobre el lado derecho para dormir el último, breve y delgado sueño de la mañana, don Fulgencio tuvo que hacer un gran esfuerzo y empitonó la almohada. Abrió los ojos. Lo que hasta entonces fue una blanda sospecha, se volvió certeza puntiaguda. 

Con un poderoso movimiento del cuello don Fulgencio levantó la cabeza, y la almohada voló por los aires. Frente al espejo, no pudo ocultarse su admiración, convertido en un soberbio ejemplar de rizado testuz y espléndidas agujas. Profundamente insertados en la frente, los cuernos eran blanquecinos en su base, jaspeados a la mitad, y de un negro aguzado en los extremos.

Lo primero que se le ocurrió a don Fulgencio fue ensayarse el sombrero. Contrariado, tuvo que echarlo hacia atrás: eso le daba un aire de cierta fanfarronería.

Como tener cuernos no es una razón suficiente para que un hombre metódico interrumpa el curso de sus acciones, don Fulgencio emprendió la tarea de su ornato personal, con minucioso esmero, de pies a cabeza. Después de lustrarse los zapatos, don Fulgencio cepilló ligeramente sus cuernos, ya de por sí resplandecientes.

Su mujer le sirvió el desayuno con tacto exquisito. Ni un solo gesto de sorpresa, ni la más mínima alusión que pudiera herir al marido noble y pastueño. Apenas si una suave y temerosa mirada revoloteó un instante, como sin atreverse a posar en las afiladas puntas.

El beso en la puerta fue como el dardo de la divisa. Y don Fulgencio salió a la calle respingando, dispuesto a arremeter contra su nueva vida. Las gentes lo saludaban como de costumbre, pero al cederle la acera un jovenzuelo, don Fulgencio adivinó un esguince lleno de torería. Y una vieja que volvía de misa le echó una de esas miradas estupendas, insidiosa y desplegada como una larga serpentina. Cuando quiso ir contra ella el ofendido, la lechuza entró en su casa como el diestro detrás de un burladero. Don Fulgencio se dio un golpe contra la puerta, cerrada inmediatamente, que le hizo ver estrellas. Lejos de ser una apariencia, los cuernos tenían que ver con la última derivación de su esqueleto. Sintió el choque y la humillación hasta la punta de los pies.

Afortunadamente, la profesión de don Fulgencio no sufrió ningún desdoro ni decadencia. Los clientes acudían a él entusiasmados, porque su agresividad se hacía cada vez más patente en el ataque y la defensa. De lejanas tierras venían los litigantes a buscar el patrocinio de un abogado con cuernos.

Pero la vida tranquila del pueblo tomó a su alrededor un ritmo agobiante de fiesta brava, llena de broncas y herraderos. Y don Fulgencio embestía a diestro y siniestro, contra todos, por quítame allá esas pajas. A decir verdad, nadie le echaba sus cuernos en cara, nadie se los veía siquiera. Pero todos aprovechaban la menor distracción para ponerle un buen par de banderillas; cuando menos, los más tímidos se conformaban con hacerle unos burlescos y floridos galleos. Algunos caballeros de estirpe medieval no desdeñaban la ocasión de colocar a don Fulgencio un buen puyazo, desde sus engreídas y honorables alturas. Las serenatas del domingo y las fiestas nacionales daban motivo para improvisar ruidosas capeas populares a base de don Fulgencio, que achuchaba, ciego de ira, a los más atrevidos lidiadores.

Mareado de verónicas, faroles y revoleras, abrumado con desplantes, muletazos y pases de castigo, don Fulgencio llegó a la hora de la verdad lleno de resabios y peligrosos derrotes, convertido en una bestia feroz. Ya no lo invitaban a ninguna fiesta ni ceremonia pública, y su mujer se quejaba amargamente del aislamiento en que la hacía vivir el mal carácter de su marido.

A fuerza de pinchazos, varas y garapullos, don Fulgencio disfrutaba sangrías cotidianas y pomposas hemorragias dominicales. Pero todos los derrames se le iban hacia dentro, hasta el corazón hinchado de rencor.

Su grueso cuello de Miura hacía presentir el instantáneo fin de los pletóricos. Rechoncho y sanguíneo, seguía embistiendo en todas direcciones, incapaz de reposo y de dieta. Y un día que cruzaba la plaza de armas, trotando a la querencia, don Fulgencio se detuvo y levantó la cabeza azorado, al toque de un lejano clarín. El sonido se acercaba, entrando en sus orejas como una tromba ensordecedora. Con los ojos nublados, vio abrirse a su alrededor un coso gigantesco; algo así como un Valle de Josafat lleno de prójimos con trajes de luces. La congestión se hundió luego en su espina dorsal, como una estocada hasta la cruz. Y don Fulgencio rodó patas arriba sin puntilla.

A pesar de su profesión, el notorio abogado dejó su testamento en borrador. Allí expresaba, en un sorprendente tono de súplica, la voluntad postrera de que al morir le quitaran los cuernos, ya fuera a serrucho, ya a cincel y martillo. Pero su conmovedora petición se vio traicionada por la diligencia de un carpintero oficioso, que le hizo el regalo de un ataúd especial, provisto de dos vistosos añadidos laterales.

Todo el pueblo acompañó a don Fulgencio en el arrastre, conmovido por el recuerdo de su bravura. Y a pesar del apogeo luctuoso de las ofrendas, las exequias y las tocas de la viuda, el entierro tuvo un no sé qué de jocunda y risueña mascarada.

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