domingo, 11 de diciembre de 2011

Federico Berrueto- El presidente Calderón y la polarización

Politizar la lucha contra el crimen organizado es un caso de extrema irresponsabilidad. El daño es inconmensurable. No hay quien pueda contener al Presidente en su afán de reclamar sin actuar en consecuencia. Inaudito de quien representa el Estado. Si tiene la convicción de que el narco se metió a las elecciones, como ciudadano debe denunciar, como presidente, exigir a la PGR actuar.
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Desde la Presidencia el país se encamina a la polarización. Ayer, con Fox, la embestida fue contra López Obrador. Ahora, el invento del publicista ibérico Antonio Solá, “un peligro para México”, apunta al PRI y, nuevamente, al político con la mayor intención de voto. Pero hoy no es ayer, politizar la lucha contra el crimen organizado es un caso de extrema irresponsabilidad. El daño al país y a sus instituciones es inconmensurable. No hay quien pueda contener al Presidente en su desbordado afán de reclamar sin actuar en consecuencia. Inaudito de quien representa el Estado y encabeza a las instituciones.

El pacto antinarco no es entre partidos y candidatos. Tampoco el Presidente le puede exigir al IFE blindar la elección, no es Ministerio Público. La mala ley de 2007 lo hizo policía de los medios electrónicos, no de los partidos o candidatos. Corresponde a las instituciones sobre las que tiene mando el presidente Calderón emprender la acción punitiva o preventiva contra el crimen organizado. Si el Presidente tiene la convicción de que el narco se metió a las elecciones, como ciudadano debe denunciar ante la ventanilla del MP, como presidente exigir a la procuraduría actuar con los elementos de convicción que le proveen los servicios de inteligencia, las policías, la DEA o el big brother, quien quiera que sea.

Debe quedar claro que el país es mucho más que los partidos y sus candidatos. La nación enfrenta uno de los problemas más graves de su historia contemporánea. La amenaza del crimen organizado no sólo ha alterado la vida y la paz social en amplias regiones del país, también se expresa en una inaceptable cuota de muerte, en el deterioro de las instituciones públicas y en una soberanía nacional comprometida. La gravedad de la situación no admite pausa, como lo ha dicho el Presidente, pero tampoco que se tergiverse con un evidente sentido electoral. No hay partido del narco, tampoco una opción partidista que pueda ganar la batalla. Se requiere de todos y en eso debe ocuparse el Presidente.

En 2009, el PAN de Germán Martínez, también aconsejado por Antonio Solá, pretendió utilizar al crimen organizado y la lucha contra éste como una forma de refrendo para ganar la mayoría en la Cámara de Diputados. El resultado fue abrumadoramente adverso. De allí se pasó con César Nava a concertar con los colaboracionistas del PRD, la alianza opositora al PRI. El resultado fue bueno para millones de votantes, hartos de malos gobiernos estatales y, más que todo, para los priistas postulados por los opositores del PRI, pésimo para el PAN y de no ser por Gabino Cué, también hubiera sido así para las izquierdas. Hoy se pretende regresar al expediente tramposo de “el PAN o el narco”.

López Obrador tiene un reto mayor en esta lucha. Su tercería es fundamental para impedir que la Presidencia salga a hacer campaña a favor de su grupo. Seguramente, de no haber ocurrido la parcialidad de Fox, el tabasqueño ahora fuera presidente. Andrés Manuel dice que la política es cuestión de principios, no de ambiciones o de intereses personales. Su tesis está a prueba, obligado a demandar que la disputa se limite a los partidos, sus candidatos y los ciudadanos. López Obrador no sólo tiene autoridad moral, tiene la fuerza de la razón y el sustento de su indiscutible congruencia.

El PRI está desarmado. Sería un suicidio, como ocurrió hace seis años, que su candidato se enfrentara al Presidente. Las palabras de su dirigente Pedro Joaquín pesan, pero para los propios, no para la sociedad o los millones de electores independientes de los partidos. Los coordinadores tricolores de los diputados y senadores están ausentes. Contra el Presidente hablan poco, en muy baja voz. Uno, por el agravio de no haber ganado preferencia a pesar de sus poderosas alianzas políticas y mediáticas, de un activismo legislativo atractivo al círculo rojo y de una propuesta de reformas más ingeniosas que inteligentes. Otro, actúa con culpa, como si pesara contra él un inminente desvelo de actividades comprometedoras. Culpable y culposo han hecho que el PRI pierda fuerza en el Congreso. Una oposición con candidato, con propuestas, con estructura, con legisladores y gobernadores, pero sin dientes y fortaleza para contener el activismo partidario de la Presidencia.

El activismo del presidente Calderón se da en el contexto de una contienda ejemplar por la candidatura presidencial en su propio partido. Josefina Vázquez Mota mantiene una amplia ventaja. Cordero, favorito presidencial, ya casi empata a Creel, más por la baja de éste que por crecimiento propio. La imparcialidad del Presidente está a prueba en su propia casa. Propios y ajenos no le demandan heroicidad, sólo que cumpla con lo que la ley y la ética democrática le exigen.

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