lunes, 4 de junio de 2012

Raymundo Riva Palacio - "Yo soy la voz moral"


Javier Sicilia
Javier Sicilia es un poeta, ensayista, novelista y escribía regularmente en Proceso. Reconocido en su medio como una voz social cristiana lúcida, no era más allá de un intelectual con una exposición pública limitada a su círculo. Hace poco más de un año, la vida le cambió de la manera más salvaje e injusta posible, con el asesinato de su hijo Juan Francisco, quien, junto con otras seis personas, fue víctima de una pandilla que, como trabajo alterno, eran matones de narcotraficantes.

 Sicilia dejó la imagen de un hombre bueno y bonachón que olía a viejo, de maestro universitario y charlista de café, y metió a un nuevo hombre, rejuvenecido por la adrenalina y el dolor, en una cazadora y un sombrero de aventurero. En un suspiro, se transformó en un émulo de Indiana Jones. Pero Sicilia no se lanzó al vacío. Golpeado por el drama, con una voz que ya era pública, se erigió por designación propia y colectiva en la voz de las víctimas y los desprotegidos, en el abogado moral de quienes perdieron, a lo largo de casi seis años de guerra, a un familiar.

El poeta galvanizó la frustración nacional, que encontró en él la llave para hablar con el poder y lograr que les prestaran atención. Como sucede con víctimas que tienen prominencia pública y acceso permanente a medios de comunicación, Sicilia se convirtió, en medio de su ingenuidad política, en el aspirante a ser el redentor de los políticos, su látigo, su conciencia y, en el exceso de su fama súbita, en quien pensaba –empujado por la agenda de su principal asesor, Emilio Álvarez Icaza, otro hombre de formación cristiana con largos años de lucha social– transformar el sistema político mexicano.

Por supuesto, se topó con un muro y la flecha que disparó a nadie preocupó. Sicilia venía en picada, su presencia desmoronándose por la confusión de los objetivos iniciales, cuando el presidente Felipe Calderón lo rescató del barranco por el que se precipitaba y lo convirtió en su interlocutor y en el vocero institucional de los sin voz. El Presidente lo invitó a un diálogo en el Castillo de Chapultepec, hace casi un año, para evitar que un esfuerzo que podía oxigenar la salud pública de la nación, se perdiera por la incompetencia política del poeta y de quienes lo rodean.

Sicilia, con el apoyo de la Presidencia, estaba en una tribuna de cristal e impoluta, desde donde pontificaba. “Yo soy la voz moral”, le declaró a un corresponsal de la corporación británica BBC, dibujando su sentir de que la vida lo había empujado a cumplir una misión en la vida. “Yo tengo que hacer esto por convicción moral, porque la gente me ha pedido que lo haga”, agregó.

Su voz calificó la estrategia del gobierno para enfrentar a los cárteles de “estúpida”, y pidió la renuncia de su arquitecto, el secretario de Seguridad Pública Federal, Genaro García Luna. Después recomendó que para frenar la violencia, el Presidente negociara con los cárteles de la droga. Las críticas, aún de entre sus seguidores, abundaron, mientras él entraba en contradicciones y rectificaciones. Pero todo se le perdonaba.

“No soy un animal político”, se justificó ante la BBC. Le estampó un beso al Presidente en el encuentro en Chapultepec para demostrar que, como buen cristiano, sabe perdonar, y siguió su camino, mientras esperaba, sin saber en aquél momento, a sus siguientes víctimas morales, los candidatos presidenciales. La cita fue esta semana.

“Las urnas no le alcanzarán para resarcir los sueños rotos de la Patria”, le dijo al candidato presidencial del PRI, Enrique Peña Nieto, durante un encuentro que tuvo esta semana con todos los aspirantes al máximo puesto de elección popular. “No escucho su corazón. Escucho su discurso acostumbrado al viejo PRI”.

Antes de a él, le había espetado a Josefina Vázquez Mota: “Su campaña parece una continuación de la violencia. Usted y su partido gastan en campañas y demagogia. Para su partido no existen los 60 mil muertos”. La panista pidió perdón. A Peña Nieto, le plantó un beso. Con Andrés Manuel López Obrador no pudo repetir el beso, porque el candidato de la izquierda, el más zorro de todos los aspirantes, optó por evitar que fuera el beso, y no el contenido, lo que se recordara de su encuentro. Pero no fue sencillo.

Sicilia, como el juez del Apocalipsis en que se había ungido, le dijo a López Obrador que es un mesiánico, y que entre sus cercanos hay mentes autoritarias que a veces rayan en lo fascista. A Gabriel Quadri, le abofeteó. “El Partido Nueva Alianza representa lo peor de la clase política”, le dijo con el subtexto de la fundadora del partido de los maestros, Elba Esther Gordillo, en su lengua.

¿Quién lo espeta? ¿Quién le puede reclamar? ¿Quién que no haya perdido a un familiar en la guerra contra las drogas puede tener la autoridad moral para cuestionarlo? Hasta ahora nadie. A este poeta que dejó de escribir para convertirse en un agitador moral que hizo que lo conociera el mundo, nadie. En dos años le han dado seis reconocimientos nacionales e internacionales como activista social, contra tres nacionales que le dieron como escritor en 19 años. El cambio de vida fue absoluto.

Al poeta Sicilia, erigido como esa voz moral de los mexicanos, ese cambio lo energizó y blindó. Abusa de la retórica, producto de su formación cristiana y mística, y su voz se llena siempre de lugares comunes. Pero él sabe que goza de una amplia impunidad para su persona y fama pública, la misma que, como a los mitos de una Nación, no se les puede tocar ni con el pétalo de la dialéctica.

@rivapa

Leído en: http://www.24-horas.mx/yo-soy-la-voz-moral/

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