miércoles, 31 de octubre de 2012

Macario Schettino - Desigualdad y creencia


Era el caso de la escasez, de la dinámica, y también de estos dos conceptos que se nos confunden en muchas ocasiones. 
Decíamos que la desigualdad, por sí misma, no necesariamente es un problema. Sí lo es cuando el ingreso promedio es bajo, porque al sumarse a él la desigualdad, nos da como resultado muchas personas en pobreza, y eso sin duda es algo que no queremos. Pero si el ingreso no es bajo, entonces la desigualdad sólo es problema si es muy grande. Y de ahí pasamos a la dificultad de definir lo que es mucha o poca desigualdad. 
Ahora, sin embargo, quiero comentar con usted una discusión que es frecuente en estos temas, y es acerca de la igualdad (o desigualdad) de oportunidades frente a la de resultados. Por ejemplo, para algunos lo que tenemos que hacer es evitar la desigualdad del ingreso, y eso significa quitar a quienes más ingreso tienen para dar a quienes menos tienen. Con eso se iguala el ingreso. Otros, en cambio, creen que esto no debería ser así, y que lo que hay que tratar de igualar no es el resultado, es decir el ingreso, sino las oportunidades iniciales para llegar a ese ingreso. Así, lo que tenemos que hacer no es transferir dinero de ricos a pobres, así nomás, sino convertirlo en un “piso más parejo” de arranque: sistemas de salud y educación pública que permitan que cualquier niño arranque en las mismas condiciones. 




La diferencia entre ambas cosas no es nada sencilla de establecer. Cuando una familia tiene más ingresos, tiene también otras cosas que van junto con los ingresos: una casa en una mejor colonia, conocidos en mejores posiciones, incluso contactos en otros países. Y eso no está fácil de corregir mediante políticas públicas: ¿cómo se redistribuyen los conocidos? ¿O los contactos en otros países? Más importante aún, estas familias pueden tener un mayor involucramiento con la educación de sus hijos: más libros en la casa, asistencia a museos y conciertos, clases por las tardes o en verano, etc. Y otra vez, esto es algo que el gobierno no puede sustituir fácilmente. Aunque puede abrir más museos y bibliotecas, no puede llevar a cada niño a ellos. 
Pero si bien estas limitantes son importantes en la discusión, en la vida real la situación puede ser mucho más complicada. En las últimas semanas, por ejemplo, alumnos de las normales rurales de Michoacán se han manifestado contra el gobierno de su estado, y han causado algunos daños materiales a bienes del gobierno y de empresas. Pero esos daños no son nada comparado con lo que han hecho, hacen, y seguirán haciendo con los niños. 
En varias ocasiones esta columna ha sugerido que las normales rurales deben cerrarse. Hace ya cinco años, le informábamos acá acerca de una nota procedente de Oaxaca (20 de agosto de 2007) acerca de los cursos en la normal rural de Tamazulapan, en ese estado. El curso de socialismo incluía tácticas de guerrilla urbana en las que murió una alumna del plantel. En diciembre de ese año también comentábamos sobre la normal rural de Ayotzinapa, la que más recientemente fue causante de la muerte de un expendedor de gasolina. 
En ambas rurales, los comités de lucha eran encabezados, hace cinco años, por miembros de la Federación de Estudiantes Campesinos Socialistas de México, FECSM, organización a la que pertenecieron, hace ya más de medio siglo, personajes como Lucio Cabañas o Arturo Gámiz, los más destacados dirigentes de guerrillas rurales en este país, en época moderna. 
Hasta donde entiendo, esa federación sigue controlando las normales rurales, en las que los alumnos se especializan en una ideología francamente anacrónica y dañina, pero además en tácticas guerrilleras, no en técnicas pedagógicas. Estos jóvenes exigen que el inglés y la computación no sean materias obligadas de sus estudios, e insisten en aprender lenguas indígenas. Cuando den clases, si eso ocurre, enseñarán a sus alumnos exactamente eso: rudimentos de español y lengua indígena, tácticas guerrilleras, y una visión anquilosada del mundo. Sus alumnos, cuando quieran ganarse la vida, no podrán hacerlo sino en condiciones muy desventajosas. Y entonces dirán que es el neoliberalismo, la globalización, el capitalismo salvaje, el que deja atrás a estos niños y jóvenes. 
Si bien el sistema educativo mexicano no es una maravilla, el caso de las normales rurales, con su FECSM, la CNTE y los estados que controla son una tragedia. Precisamente en los estados de la CNTE es en donde la calidad es verdaderamente deplorable; y son esos estados los más pobres; y los dirigentes de la CNTE coinciden con los miembros de la FECSM en su pobre y anacrónica visión del mundo. Ah, pero ellos viven del erario, a diferencia de sus alumnos, que tendrán que competir por su ingreso. 
La población en México, para los menores de 18 años, se reduce, y no poco. Hoy se requieren menos profesores y escuelas en primaria y secundaria, y van a ser todavía menos en el futuro cercano. Más aún, la población es ya fundamentalmente urbana, aunque no por completo. Todo esto quiere decir que no necesitamos ya normales rurales, y menos unas que se dedican a construir organizaciones antisistémicas que por un lado promueven subversión y por otro cobran protección a los gobiernos estatales. 
Aunque hay mucho que tenemos que hablar de desigualdad, sí vale la pena dejar en claro de qué tamaño es el daño que causan estos personajes que suelen referirse a sí mismos como salvadores de la patria, defensores del pueblo bueno, o si lo quiere en sus propios términos: vanguardia del proletariado. 
Por eso es una desgracia que el gobierno, sea estatal o federal, no tenga el valor de tomar decisiones. 
Cierren las normales rurales, enfrenten el chantaje de la CNTE, ejerzan el derecho que tienen de rescatar a los niños. 
Macario Schettino

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