sábado, 3 de noviembre de 2012

Raymundo Riva Palacio - Gabinete


PRIMER TIEMPO: El sueño convertido en realidad. Aquellos que tienen su confianza, saben que lo que más deseaba Luis Videgaray desde la campaña presidencial, era ser secretario de Hacienda. No se podía decir que se había preparado toda su vida para serlo, pues aunque miembro de la segunda generación de la tecnocracia que se instaló en el poder desde la mitad del sexenio de Miguel de la Madrid en los 80, Videgaray había construido su futuro sobre dos rutas paralelas. Como universitario, cursó simultáneamente Economía en el ITAM y Derecho en la UNAM. La vida profesional lo llevó por las finanzas, pero Videgaray no era un técnico químicamente puro como algunos de sus compañeros y amigos itamitas, como José Antonio Meade, secretario de Hacienda, y Ernesto Cordero, su antecesor. 

Desde su juventud, Videgaray se afilió al PRI, algo que sólo es común en su edad para aquellos que piensan hacer una carrera política. Su expertise se combinó en el estado de México con la política, cuando tras conocerlo un joven secretario en el gobierno de Arturo Montiel mientras le ayudaba a renegociar la deuda pública, lo hizo su jefe de finanzas. 





La vida de Videgaray con Enrique Peña Nieto se juntó y se convirtió en uno de los hombres de todas sus confianzas. Lo hizo diputado a cargo del presupuesto, coordinador de la campaña para gobernador de Eruviel Ávila, y luego la suya por la Presidencia. Número uno en el equipo peñista, era él quien decidía las jugadas políticas. Su influencia y prominencia lo convirtió en imán de críticas y golpes hacia el interior del PRI y en el equipo del presidente electo, que lo han desgastado. Altamente visible, lo han colocado en una posición de menor alto perfil, pero sin perder lo que por méritos de eficiencia ya conquistó. Lo que sí, de acuerdo con políticos de alto nivel dentro y fuera del PRI, es que la figura dominante y guardián de la vida pública de su jefe, parece haber sido puesta de lado. Las señales que tienen es que Videgaray se perfila a la Secretaría de Hacienda —todos los asuntos financieros que le tratan a Peña Nieto los refiere a él—, lo que de concretarse en los próximos días hará realidad su sueño, aunque perdurará la vida si esa ilusión es la que todavía tenía en la cabeza.

SEGUNDO TIEMPO: Los aires de Pachuca soplan de nuevo. Durante buen tiempo en la campaña presidencial, quienes veían al equipo de Enrique Peña Nieto más allá de lo que reflejaba decían que Miguel Ángel Osorio Chong parecía pasajero en el asiento de atrás de la limusina tricolor, donde junto al piloto sólo iba el coordinador de la campaña, Luis Videgaray. Las maderas crujieron durante la lucha por Los Pinos, pero todos eran discretos y no traslucían sus desencuentros. Para nadie era invisible —ni es—, que Videgaray estaba más cerca de la mente de Peña Nieto, pero no necesariamente del corazón, donde Osorio Chong, a quien conoció cuando ambos eran gobernadores en estados que compartían fronteras, problemas y expectativas, se convirtió en su aliado político en el diálogo con el poder, como lo hacían en las encerronas que tenían hasta las madrugadas en el mismo restaurante de Polanco con quien era el hombre de las llaves de la Presidencia, Juan Camilo Mouriño. 

Se volvieron inseparables, no tanto en el entorno íntimo, donde quienes están más cerca de Peña Nieto no son políticos sino empresarios. Cuando terminó su gestión en Hidalgo, fue natural que su amigo lo mandara a manejar la operación electoral de la campaña en el PRI, y luego como co-jefe del equipo de transición. Muy discreto, a diferencia de Videgaray; accesible, también en contraste con su colega, Osorio Chong se repuso del primer descontón post-elección, donde Videgaray lo barrió en posiciones en el equipo de transición, y comenzó a hacer el trabajo que más le ha dado visibilidad al hoy presidente electo, sus encuentros con líderes de oposición y, en particular, con la izquierda que durante seis años repudió al presidente Felipe Calderón. Legitimidad es lo que le ha abonado a Peña Nieto en estas semanas. Peña Nieto le ha pedido la construcción de los entendimientos para la gobernabilidad y del andamiaje político para arrancar su sexenio. Sólo podría invertir tanto capital y credibilidad en ello quien será el futuro secretario de Gobernación, pues de otra forma, no sería una ingeniosa jugada de distracción del próximo presidente jugar con las sombras, sino una pérdida de tiempo y un pésimo mensaje para sus interlocutores, que esperan seriedad y confiabilidad con aquél con quien compartirán la vida pública seis años.

TERCER TIEMPO: Se resiste y resiste, ¿lo logrará? Si hay una característica preponderante en el equipo de Enrique Peña Nieto, es lo excluyentes que son. Sólo aquél que forma parte del kitchen cabinet tiene realmente el acceso y el oído del presidente electo. Quien como ningún otro se ha metido en ese selecto grupo es Emilio Lozoya Austin, economista del ITAM y abogado de la UNAM, quien se ha hecho cargo de las relaciones internacionales del presidente electo. Lozoya Austin fue quien reclutó al general Óscar Naranjo como asesor de seguridad de Peña Nieto cuando los empresarios regiomontanos lo propusieron, y quien junto con el embajador Jorge Montaño consiguió las felicitaciones de los líderes del mundo por la victoria electoral. Es quien armó las giras por América Latina, con todo y traspiés en Centroamérica, y la de Europa, donde tuvo reveses en Francia pero le fue muy bien en Alemania. Tenía que ser, pues tiene educación alemana, habla alemán y está casado con una alemana. Lozoya Austin tiene el destino manifiesto de Peña Nieto para ser canciller, pero no es lo que más quisiera en la vida. De hecho, ese no es su campo, sino las finanzas y sobre todo las inversiones. 

Es miembro del consejo de administración de la constructora española OHL, que hizo mucho negocio en el estado de México cuando Peña Nieto era gobernador, y su red de contactos adquiridos en Harvard, de donde tiene una maestría, de su cargo de director para América Latina del Foro Económico Mundial, o sus consultorías en Nueva York, le ha dado al presidente electo el mundo que no tiene nadie en el kitchen cabinet. Lozoya Austin, según quién lo vio moverse con Peña Nieto en esos viajes, “ya camina como canciller”. Pero esas son subjetividades. Canciller no quisiera ser. Pero en Hacienda no figura entre los gallos. ¿Pemex? Una posibilidad, que tienen guardada para alguien más, pero que le sería, según algunos que lo conocen, más atractivo que ir a reconstruir lo que la diplomacia de los gobiernos panistas destrozó.

rrivapalacio@ejecentral.com.mx

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 @rivapa



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