lunes, 13 de mayo de 2013

Alvaro Luna Luna - Desencuentro

Un muerto, con la muerte recién nacida llorando en la boca. El filo de la luna ilumina el cuerpo inerte, y la noche se desangra a su lado, en las baldosas de una vereda anónima. Un muerto sin nombre todavía, triste de tanta muerte, casual como la lluvia que empieza a mojarle la cara aun tibia. Más allá del muerto, las piernas del asesino que corren, sumergiéndose en la sombra de lo irreversible, llevando consigo la mano que sostiene, como a una cría que le hubiera nacido entre los dedos, el frío triángulo del cuchillo enrojecido.

Un martes, al ir a levantar un pedido a la sucursal Paso Molino de una conocida cadena de supermercados, lo recibió una llamativa mujer de alrededor de cuarenta años, presentándose como la nueva encargada de compras, explicando que la persona que ocupaba ese cargo hasta el momento había sufrido un accidente automovilístico que lo tendría varios meses sin poder trabajar. Daniel no lamentó el cambio. Lourdes era simpática e inteligente. El segundo martes le pareció notar que ella reía sinceramente con sus chistes. Se sorprendió sintiendo un cosquilleo en el cuerpo que no sentía desde su separación, algunos meses antes. El tercero, sin que él preguntara, ella le dijo que era divorciada. El cuarto, la invitó a salir.



Acordaron encontrarse en una pizzería del centro a las nueve. El auto de Daniel estaba en reparaciones en un taller, así que decidió ir en taxi. En el camino, al pasar por una florería, compró una rosa, desechando, por parecerle exagerada, su idea inicial de comprar media docena. Al llegar al lugar del encuentro sacó la caja de cigarros, comprobando que quedaba sólo uno. Esperó afuera de la pizzería, fumando apurado, mirando a un lado y otro, impaciente por ver aparecer a Lourdes entre las siluetas de los transeúntes. Al terminar, tiró la colilla y se metió un chicle en la boca para disimular el olor a tabaco. Miró la hora. Nueve y veinte.

Lourdes dio por terminada la sesión de maquillaje, insatisfecha, al comprobar que iba a llegar tarde. Después de contemplar una vez más su flamante peinado, buscó las llaves en su cartera. En ese momento sonó el teléfono. La voz de la madre de Emiliano, un amigo de su hijo, le informó que Nahuel, que iba a pasar la noche con ellos, se estaba sintiendo mal, había vomitado, y quería ir para su casa. Lourdes quedó en ir a buscar a Nahuel y colgó. Maldiciendo a su suerte, marcó el número de Daniel. Nadie contestó. Volvió a intentar, sin resultado, y finalmente dejó un mensaje explicando la situación.

A las diez menos cuarto perdió la paciencia y decidió llamarla. Entonces se dio cuenta de que había olvidado el celular en su casa. Esperó diez minutos más y, resignado, tiró la rosa y resolvió emprender el regreso. Miró hacia la noche, evaluando las probabilidades de lluvia. Pensó en tomar un taxi, pero la perspectiva de enfrentarse mano a mano a su tristeza entre las paredes de su apartamento lo hizo decidirse a caminar. Empezó a cruzar la ciudad, zigzagueante, con pasos pesados. Minutos después, llevó la mano al bolsillo de la camisa. Sólo al palpar la tela vacía recordó que se le habían terminado los cigarros. Dudó un instante entre buscar un lugar donde comprar una caja y seguir su camino. Se decidió por lo segundo. El barrio que atravesaba era inhóspito. En un cruce de calles, a veinte metros a su izquierda, vio una luz que se proyectaba sobre un cartel de letras negras indicando la presencia de un almacén. Caminó hacia allí sin advertir la mirada del drogadicto, su instante de indecisión, el primer movimiento de la muerte.

-No

-Te juro que mañana te traigo la plata. Voy a pintar una casa con un amigo, ni bien cobre vengo para acá. Dale, no te ortibés, ¿acaso no te pagué siempre?

-Hace dos semanas que me tenés con ese cuento. A mí no me vas a agarrar de gil. El fiado se terminó, y mañana es el último día que tenés para pagarme lo que me debés, conmigo no se jode guacho.

-No seas botón, un gramo te pido, nada más, mañana te pago todo junto. ¿Cuánto hace que nos conocemos, Maikol? Acordate…

El caño del arma apuntó a su cara, dejándolo mudo. El dealer permaneció tranquilo, como si su mano empuñara un pañuelo. Su voz destiló suavemente la amenaza.

-Te dije que no. Pagame mañana, o atenete a las consecuencias.

Caminó hasta su casa sintiendo crecer en su interior la gangrena de la abstinencia. Intentó pensar qué podía vender para conseguir algo de plata. Ya no le quedaban ropa ni electrodomésticos. Nadie iba a prestarle, estaba quemado en todos lados. Tal vez pudiera venderle algún mueble a alguno de sus conocidos. El temblor crecía en su boca y en sus manos. Necesitaba hacer algo rápidamente para satisfacer su necesidad. Al abrir la puerta de su casa, como respondiendo a sus deseos, el brillo plateado de un cuchillo que había quedado sobre la mesa, junto a un trozo de pan, le iluminó los ojos.

Lo atendieron a través de una reja. Se entretuvo abriendo la caja de cigarros, sacando uno, y prendiéndolo. No había dado cinco pasos cuando una sombra se separó del resto de la noche, interponiéndose en su camino.

-Dame la plata.

Miró los ojos desorbitados, la cara chupada bañada en sudor, el cuchillo tembloroso.

-Escuchame, quedate tranquilo…

Levantó las manos intentando tranquilizar al asaltante, mostrarle su sumisión, pero el otro, ahogado en su paranoia, creyó ver una amenaza en el movimiento. El cuchillo se movió con fría precisión. Daniel sintió el golpe, y entonces vio el miedo en los ojos del agresor. Sólo al tocar el tibio manantial de su sangre entendió lo que pasaba. Sus piernas se doblaron, su cara golpeó la mugre de las baldosas.

Todavía respiraba cuando el otro le sacó la billetera, la caja de cigarrillos y los zapatos.

Leído en http://www.taringa.net/posts/arte/16655683/Cuento-Desencuentro.html

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