lunes, 13 de mayo de 2013

¿Tenerlo todo? - Denisse Dresser.

Creo que el movimiento feminista se equivocó. Las mujeres no pueden tenerlo todo. Ahora que reflexiono sobre estos temas en el Día de las Madres, coincido cada vez más con el controvertido artículo de Anne Marie Slaughter titulado “Why Women Still Can’t Have it All”, por lo que desmitifica. Por los retos que exhibe. Por los promesas incumplidas que revela. Por el largo trecho que aún le falta recorrer a cualquier mujer que quiere influenciar y procrear, cambiar al país y educar a sus hijos para que participen en él. Lo dice alguien que enseña cuatro cursos al semestre, escribe seis columnas al mes, da entre 40 y 50 conferencias al año, aparece en el radio y en la televisión y tiene tres hijos a los que ama ferozmente.



Y la conclusión a la que he llegado es cuán difícil es una vida que trata de combinar la influencia en el debate público con las demandas de la vida privada. Ahora más que nunca me doy cuenta que las mujeres – incluso las que vienen detrás de mí – van a tener que hacer más concesiones en la vida que sus parejas. Las mujeres de mi generación hemos enarbolado la bandera feminista del “tenerlo todo” porque no queríamos abandonar la pelea. No queríamos aceptar que mantener el balance ideal entre la vida profesional y la vida personal es una tarea titánica. Porque ha llegado el momento de admitir -- como lo hace Slaughter – que la economía y la sociedad en México y en muchos otros países no está estructurada para que las mujeres lo tengan todo.

Hay una serie de datos desconcertantes y hechos incontrovertibles que necesitamos reconocer – y cambiar – como sociedad. Un trabajo que exige estar en la oficina entre las 8 A.M. y las 9 P.M. simplemente no permite ser la profesional y la madre que todos quisiéramos. Y de allí que una conclusión importante para las que quieren tenerlo todo es poder mantener el control sobre el horario; trabajar desde casa; trabajar cuando se puede y de donde se puede. Porque si no, las mujeres acaban en una situación en la cual se alejan de casa justo en la adolescencia de sus hijos o mantienen a nanas durante 24 horas cuidándolos.

Yo le debo mis propios derechos a muchas mujeres que marcharon durante décadas, peleando por oportunidades que ahora son un hecho dado. Pero precisamente por el avance que ha ocurrido, ahora nos toca enseñarle a nuestras hijas las barreras que todavía existen y cómo desmantelarlas. Los muros que atrapan a las madres solteras; a las que luchan por encontrar un trabajo; a las que mantienen a maridos que no consiguen empleo; a las que no logran compaginar su horario profesional con el horario escolar. Y aunque ellas han avanzado en cuanto a sueldos, prestigio y educación en las últimas tres décadas, son menos felices que en 1972, tanto en términos absolutos y relativos a los hombres. Conseguimos más y lo disfrutamos menos. Logramos ascender el pináculo y descubrimos la soledad de la cumbre.

Y pocas mujeres están llegando a esas posiciones de liderazgo. De 190 líderes de Estado, sólo nueve son mujeres. De todos los parlamentos del mundo sólo 13 por ciento son mujeres. En los altos rangos del sector corporativo sólo 15 por ciento son mujeres. Y quizás algo tenga que ver con la “brecha de la ambición” a la cual me referí hace algunas columnas, o a que las mujeres no se “echan para delante” como deberían. Pero hay problemas más estructurales que atañen el balance trabajo/familia. El hecho de que los horarios de las escuelas no coincidan con los horarios del trabajo femenino. Los horarios inflexibles. Los viajes incesantes. La presión para cumplir con la “hora nalga”. La falta de apoyo de la pareja que con frecuencia ve a la mujer como la proveedora y la madre y la cocinera y el chofer y la que revisa las áreas y la que contribuye al país en su tiempo libre.

Para lidiar con el estira y afloja que significa ser una mujer profesionista en el siglo XXI, quizás no hay un cambio más importante que la posibilidad de trabajar desde el hogar. Usar las nuevas tecnologías para integrar las responsabilidades de la casa y la oficina. Permitir “conference calls” para que las mujeres no tengan que estar físicamente presentes en la sala de juntas. Desarrollar sistemas de video-conferencias para esas actividades que se llevan a cabo cuando una mujer ya tuvo que regresar a casa a remojar el arroz, planchar el uniforme, revisar la plana de matemáticas, ser madre, mujer, esposa, y mitad del cielo. O simplemente respetar a las mujeres que no quieren tenerlo todo, o por lo menos no todo al mismo tiempo y deciden invertir en sus hijos y no en la Bolsa de Valores.

O reconocer que hay diferentes rutas a la felicidad determinada por el éxito profesional unidimensional. Para mí, por ejemplo, estos son días de usar la pluma como espada desenvainada y llevar a mi hija a comprarse zapatos para una fiesta; usar la voz como contrapeso a la corrupción y asistir a la competencia de remo de mi hijo; dar clases seis horas a la semana y ayudar a mi otro gemelo a escribir un ensayo sobre la crisis de Suez. Días de no tenerlo todo pero sí lo suficiente como para seguir sonriendo.

Fuente: Reforma

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