domingo, 15 de septiembre de 2013

Raymundo Riva Palacio - Revive el comisionado


Hace escasos tres meses, el destino de Manuel Mondragón como comisionado nacional de Seguridad estaba decidido. “Se irá en octubre”, decía una alta fuente del Gobierno Federal. Estaban decepcionados de que en quien habían depositado toda la responsabilidad de un cambio de estrategia con resultados en la lucha contra la delincuencia, estuviera tan lejos de las expectativas que había creado su inclusión en el nuevo gobierno, y que sus desaciertos fueran ya un problema para el Presidente. Pero no quería un relevo tan temprano en la administración.

El nombramiento de Mondragón, sorpresivo, se había sabido una semana antes de que el equipo de Peña Nieto diera a conocer el gabinete por una forma nada protocolar. Miguel Ángel Mancera, el jefe de gobierno del Distrito Federal electo, que lo había invitado a seguir en el cargo de secretario de Seguridad Pública capitalina, supo por la prensa que había preferido otro trabajo. Marcelo Ebrard, aún jefe de gobierno en la capital, fue tomado por sorpresa porque su colaborador mantuvo en secreto un cambio tan radical, del cual sólo se pensaba que habría ocupado si Andrés Manuel López Obrador, que le ofreció el mismo puesto, hubiera ganado la Presidencia.






Pero es a él a quien querían en el equipo de Peña Nieto. “Queríamos dar un giro total al combate a la delincuencia y necesitábamos una persona que no viniera del PRI que nos diera la credibilidad”, explicó una alta fuente del gobierno que participó en el proceso de selección del comisionado. “Hicimos encuestas y Mondragón salió el mejor evaluado en el País”.


No era gran sorpresa. El médico cirujano y contralmirante, con más de 40 años de servicio público, tenía gran aceptación en muchos sectores. El introductor a México de las artes marciales —trajo el Karate Do y el Tae Kwon Do a este País—, Mondragón, cinta negra en Karate, también creó el alcoholímetro, que redujo las muertes por accidentes de tránsito, un modelo imitado en el resto del País y el extranjero. Amante de las motocicletas Harley Davidson —aún sale cada fin de semana a pasear en su monstruo de media tonelada—, dedicó gran parte de su carrera pública a diseñar programas de prevención de salud y criminal.

En materia policial, tampoco podía ser diferente. La Ciudad de México tiene características atípicas en relación con el resto del País. Su superficie es acotada y prácticamente urbana sin problemas topográficos. Existe un mando único que controla a 90 mil efectivos policiales, a los que además, de manera indirecta, se le suman la Policía Federal, la primera Zona Militar del Ejército, todo el Estado Mayor Presidencial, la Policía Ministerial de la PGR, el Cisen y los ejércitos privados de seguridad que componen una muralla de acero táctica, operativa y de inteligencia ante los criminales.

El brillo de los resultados en la Ciudad de México, que modulaba la opinión pública, tenía a Mondragón muy por encima de cualquier otro funcionario de seguridad pública en el País. La decisión era sencilla, desde el punto de vista de imagen, y porque el presidente Peña Nieto mismo tenía una vieja amistad personal con Mondragón. Pero las cosas no comenzaron bien.

Trasladó a la seguridad pública federal a cerca de 100 mandos del Distrito Federal, con lo que dejó trunca a las instituciones capitalinas y generó un doble problema. En el Gobierno Federal, por la curva de aprendizaje que generó fiascos de operación como la del 1 de diciembre, donde no utilizaron los equipos de inteligencia —porque no sabían usarlos— para diseñar la estrategia contra los grupos radicales que intentaron sabotear la toma de posesión de Peña Nieto, y las tensiones cuando desmanteló una parte de Plataforma México.

Siguió peor. Bajo la estrategia diseñada por el académico Eduardo Guerrero, a quien llevó a un rango de subsecretario, la Policía Federal dejó de combatir a los cárteles de la droga. La lógica de Guerrero, de acuerdo con funcionarios federales, era que la violencia durante el gobierno de Felipe Calderón se había disparado por enfrentar directamente a los narcotraficantes. Esa forma de pensamiento salió de un cubículo donde abundaba la ingenuidad. La violencia en el sexenio de Calderón se disparó por el cambio de incentivos en los cárteles, de no se enfrenten entre sí —por lo cual negociaban territorios— para sobrevivir, a mátense entre sí para sobrevivir, cuando en lugar de golpear selectivamente a cárteles, como en el pasado, enfrentó a todos al mismo tiempo. Con esa nueva dinámica en marcha desde 2006, la acción del Gobierno se volvió un efecto, no la causa.

La violencia, como era de esperarse, no cesó. Incluso aumentó en algunos estados, porque al dejar de enfrentar a los criminales, éstos aprovecharon los espacios abiertos y recuperaron posiciones. Por ejemplo, la doctrina de Guerrero permitió que renaciera La Familia Michoacana/Los Caballeros Templarios, que prácticamente estaba aniquilada el año pasado. Guerrero no duró mucho en el cargo. Nunca se llevó bien con Mondragón, quien jugaba con su exquisitez académica. “¿Se ha subido alguna vez a una patrulla?”, le decía. ¿No? Pues llévenlo en un operativo, ordenaba. 

La salida de Guerrero llevó a un cambio de estrategia. La Policía Federal, que estaba replegada, volvió a salir al combate de la delincuencia y comenzaron los resultados. En otro campo también se dieron señales positivas. Por ejemplo el 5 de abril, cuando la Policía Federal desalojó sin violencia a los maestros de la CNTE que tenían bloqueada la autopista México-Acapulco. “Espartaco”, como se identificó al mando de la operación, explicó que “la instrucción era muy clara: agotar los protocolos, recordar que la policía no iba a llegar a reprimirlos, que es lo primeros que ellos piensan, invitarlos, exhortarlos (a que desalojen)”.
Las órdenes a “Espartaco” volvieron a escucharse el viernes pasado cerca de la medianoche, cuando durante una conferencia de prensa con el secretario de Gobernación, Miguel Ángel Osorio Chong, Mondragón repitió esas palabras al describir el comportamiento de la Policía Federal en el desalojo de la plancha del Zócalo, tomada por maestros de la CNTE desde hacía casi un mes. El saldo, dijo, fue “blanco”, con 23 heridos, aunque grupos afines a los disidentes y cercanos al lópezobradorismo en las redes sociales lo acusaron de represor por haber utilizado la fuerza. 

Mondragón, sin embargo, debe estar bastante tranquilo. El operativo en el Zócalo fue diseñado la medianoche anterior, después de que Osorio Chong les dijo a los maestros rebeldes que tendrían que desalojar el Zócalo porque el diálogo se había agotado. Miles se fueron, y los 500 que se quedaron, fueron desalojados. En tres meses, Mondragón le dio la vuelta a la percepción sobre su trabajo, y el plazo para su salida, quizás, se ha vuelto indefinido.


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