jueves, 21 de agosto de 2014

José Woldenberg - Las dos caras de la luna

Escribió Michelangelo Bovero: “Es un error reducir la política a una especie de guerra, o a una guerra ritualizada como el futbol. Un error que muchos continúan cometiendo...con consecuencias a veces dramáticas... La política no es, como pretendía Foucault con la inversión de la fórmula de Clausewitz, la continuación de la guerra con otros medios; es, en cambio, un complicado ‘juego mixto’, como dirían los expertos en la teoría de juegos. La dimensión conflictiva es ineliminable ciertamente, porque está conectada con la lucha por la conquista del poder; pero esta misma dimensión conflictiva, a la que estamos habituados a llamar ‘lucha política’, pierde sentido si es absolutizada, si no es puesta en relación con la dimensión del ejercicio del poder político y con la función esencial de éste. El poder político tiene una razón de ser propiamente no conflictiva, más aún, anticonflictiva: impedir que los conflictos...entre los individuos y los grupos disgreguen la sociedad, laceren el tejido de la convivencia civil, de la que depende la existencia de cada uno. En otras palabras, ejercer el poder político, gobernar, significa resolver...los conflictos, regular la vida colectiva, disciplinar los comportamientos”. (Luis Salazar -coordinador-. ¿Democracia o posdemocracia? Fontamara. 2014.)










El largo párrafo me sirve de introducción para una nota sobre las dos caras de la democracia que vivimos de manera sucesiva. Luego de unas elecciones federales (2012) beligerantes, los principales partidos pasaron a una fase de colaboración importante (el Pacto por México -diciembre de 2012 y cada quien ponga la fecha de caducidad-) y probablemente nos encaminamos a otro período de agudo conflicto marcado por el calendario electoral. No se trata de establecer algo así como leyes duras del comportamiento político, pero todo parece indicar que las situaciones si no determinan, sí condicionan las conductas políticas.


Las elecciones significan competencia. Cada una de las opciones intenta atraer el mayor número de votantes para su causa. Y para ello despliega todas sus destrezas con dos finalidades entrelazadas: demeritar al adversario y aparecer como la encarnación de todas las virtudes cívicas y políticas. Lo anterior que es una copla de Perogrullo merece tomarse en cuenta porque en el código genético de los procesos electorales se encuentra la necesidad de confrontación entre los contendientes. Pero se trata de un conflicto singular: regulado, donde todos los participantes son legítimos y ninguno -en teoría- aspira a la aniquilación de su contrario. Así, la pugna es inescapable, pero se aspira a mantener dicho conflicto en cauces institucionales y a que la actuación de los candidatos y partidos no transgreda las reglas de la competencia. Pero es ilusorio creer que se puede exorcizar el enfrentamiento entre formaciones políticas que aspiran a los mismos cargos.

Como bien escribe Bovero esa es una cara de la política. La otra tiene que ver con la necesidad de trascender el conflicto y hacer gobernable la vida pública. Y eso bien que lo entendieron los partidos más implantados y el gobierno luego de las elecciones de 2012. Por necesidad -ninguno contaba con los asientos suficientes en el Congreso para hacer su sola voluntad- o por virtud -han entendido que la aritmética democrática es contundente- decidieron colaborar y trazaron un horizonte ambicioso de reformas. El Presidente construyó una base de apoyo para su proyecto, negociando e incorporando reivindicaciones y propuestas de sus adversarios; y éstos buscaron y lograron -en diverso grado- que varios temas de su agenda fueran sumados. En su momento nadie quiso quedar fuera, intentaron influir en el rumbo de las reformas, contribuir a generar la mayoría legislativa necesaria, en una palabra, explotaron la cara de la colaboración acicateados por una condición ineludible: en el Congreso se encontraba una pluralidad política equilibrada que demandaba acuerdos si deseaba ser productiva.

Con buena parte del cometido cumplido -y claro con balances muy desiguales y hasta contradictorios- y despuntando en el horizonte las elecciones del próximo año, no son pocos -y con razón- los que vislumbran que la época del conflicto está por instalarse si no es que ya inició. ¿Serán los ciclos regulares de la democracia? Quizá. Pero lo que (me) llama la atención es que mientras la cara del conflicto la tenemos bien asimilada, la cara de la colaboración goza -en algunos círculos “ilustrados”- de muy mala fama.



Leído en http://criteriohidalgo.com/notas.asp?id=258210



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