martes, 9 de diciembre de 2014

Denise Maerker - El peligro de una presidencia disminuida

Algunos imaginaban un escenario en el que el presidente renunciaría antes del 1 de diciembre como consecuencia de la crisis provocada por la tragedia de Ayotzinapa y el escándalo de la “Casa Blanca”. No sucedió, y ya nadie empuja esta salida porque pasados dos años de gestión el sustituto sería el resultado de una negociación entre grupos parlamentarios. Hoy hay otro escenario, mucho más probable, del que se dice casi nada, y que debería preocuparnos mucho más: Y es que a la debilidad institucional del Estado mexicano —su incapacidad para garantizar el respeto de la ley— se le sumen cuatro años de un presidente disminuido. Vulnerado por las críticas de la tardanza de su gobierno en el caso de Ayotzinapa, pero sobre todo por las insuficientes explicaciones en torno al conflicto de interés en que habría incurrido con una empresa constructora.









A los iniciadores del Pacto por México los unió un mismo diagnóstico: que el poder público en nuestro país llevaba años supeditado a los intereses de los poderes fácticos y que ningún partido, ni ningún presidente estaría en condiciones de enfrentarlos exitosamente a no ser que contara con el respaldo de toda la clase política o por lo menos de los tres principales partidos. Habían llegado a esa conclusión, unos desde la experiencia de gobierno como Santiago Creel que fue secretario de Gobernación o desde los curules de la Cámara y el Senado como Gustavo Madero y Jesús Ortega. La impotencia que decían haber experimentado en los últimos años de su vida pública fue lo que cimentó una alianza fuerte. Y las reformas pasaron. Y gracias a esa alianza y a la fuerza que le daba, el presidente pudo tomar distancia de los empresarios para votar la Reforma Fiscal, y de Slim para abrir a la competencia el sector de telecomunicaciones, y de Televisa para facilitar la competencia en los medios audiovisuales, y del sindicato de maestros para votar la Reforma Educativa.
El riesgo es que ahora con una presidencia cuestionada el gobierno toque la retirada y paso a paso vaya desmantelando los logros obtenidos con las reformas en aras de conseguir aliados que lo sostengan, o peor, para prevenir y evitar nuevas acometidas.
Hace unos días el secretario de Hacienda, Luis Videgaray sorprendió al decir que el gobierno no está cerrado “al planteamiento de disminuir los impuestos” y que se analizaría para el 2016. Días después el propio presidente reunido con el Consejo Coordinador Empresarial ofreció la posibilidad de revisar que se reduzca la carga fiscal que tienen las empresas para que puedan generar más empleo. Hace unos meses, Luis Videgaray había descartado cualquier modificación en los impuestos en lo que restaba del sexenio. ¿Qué pasó? Más allá de la conveniencia o no de que se haga: ¿hubo una reevaluación de las perspectivas económicas del país o fue la necesidad de tener a los empresarios de aliados en circunstancias difíciles lo que motivo el cambio en el gobierno? Lo mismo puede ocurrir con la Reforma Educativa, desgastado por las manifestaciones y con un respaldo menguado ¿cederá el gobierno ante la CNTE que se opone a su aplicación temeroso de más manifestaciones violentas cuando tiene Guerrero en llamas? Y lo mismo en materia energética y de competencia económica y a la hora de imponer sanciones a grandes empresas. ¿Sería hoy el gobierno igual de intratable como lo fue con Grupo México por el derrame en el río Sonora?
El gobierno no quiere más tropiezos, o dar la impresión de que los tiene, y eso lo debilita. Se necesita un Estado fuerte y un presidente respaldado para enfrentar a los poderes fácticos. Un gobierno cuestionado y un presidente disminuido fácilmente pueden caer en la tentación de hacer amigos y aliados a grupos que antes estuvieron dispuesto a enfrentar y a limitar. Sería un gran retroceso para todos.

 twitter: @denise_maerker



Leído en http://periodicocorreo.com.mx/atando-cabos-09-diciembre-2014/ 


 

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