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Stephen King
(1947) |
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La expedición
—Último
aviso para la Expedición 701 —anunció una agradable voz femenina en el
Vestíbulo Azul de la terminal de Port Authority, Nueva York.
El edificio no había
sufrido demasiados cambios en los últimos trescientos años. Seguía dando
la impresión, un tanto siniestra, de estar a punto de derrumbarse. Tal
vez la anónima voz femenina fuera lo único agradable allí.
—Es la Expedición para
Whitehead, Marte —prosiguió la voz—. Todos los pasajeros provistos de
billetes deberán reunirse en la sala de embarque del Vestíbulo Azul. Por
favor, asegúrense de que todos sus documentos estén en regla. Muchas
gracias.
La sala de embarque no
tenía nada de tétrico. Una moqueta, color gris perla, cubría enteramente
el suelo. De las paredes, de un blanco indescriptible, colgaban
grabados más o menos abstractos. En el techo, una gama de colores
bastante acertada conformaba un conjunto atractivo a los ojos. Había
alrededor de cien tumbonas dispuestas en perfectas filas de a diez.
Cinco auxiliares del Servicio de Expediciones ofrecían vasos de leche a
los pasajeros, animándoles con comentarios amables, reconfortantes. En
uno de los extremos de la sala, dos guardias custodiaban la puerta de
entrada. Uno de los empleados de la compañía examinaba atentamente los
papeles de un recién llegado, un sujeto con cara de liebre y un ejemplar
del New York World-Times bajo el brazo. En el lado opuesto del
recinto, el suelo iniciaba un suave descenso hasta desembocar en una
especie de rampa que conducía a un túnel de unos dos metros de ancho por
el doble de largo, desnudo, sin puertas.