domingo, 2 de septiembre de 2012

Eduardo Sánchez Hernández - Fortalecer al Estado

Eduardo Sánchez H.
El reto es descomunal y lograrlo, un imperativo. Por razones diversas, el Estado mexicano se ha debilitado y esto afecta a buena parte de los ciudadanos.

Como ejemplo, podemos invocar el brutal clima de violencia e inseguridad en que vivimos, mismo que encuentra explicación en el deterioro institucional del Estado. Hoy, los criminales gozan de impunidad y éxito gracias a los servidores públicos que han colocado al poder público al servicio de sus actividades.
Y lo mismo puede ser observado en otros órdenes de la vida política, económica y social de nuestro país, en los que las instituciones se inclinan para favorecer —en detrimento de otros— a determinada persona o grupo de interés. Estas plagas sólo pueden cundir al amparo de la corrupción y la complicidad.




Las instituciones del poder público han sufrido masivos embates de dos agentes tan perniciosos como corrosivos: la corrupción y la ineptitud. Su gestión concertada ha derruido a buena parte de las policías del país y una cantidad todavía indeterminada de procuradurías y juzgados. Ahora bien, así como el paisaje institucional en materia de seguridad se antoja desolador, nos encontramos también con que muchos entornos de diversa índole están seriamente comprometidas y lastimadas estructuralmente; y es precisamente en estos ambientes donde la arbitrariedad y el atropello son cosa de todos los días. 
Estudios de opinión reflejan —constantemente— el nivel paupérrimo de confianza que nuestras instituciones inspiran en la ciudadanía así como la cotidianidad con la que los medios de comunicación reportan ultrajes y abusos que se suman dócilmente al medio ambiente en el que los mexicanos nos desenvolvemos. 
¿Hasta cuándo y hasta dónde? —nos preguntamos con frecuencia—. La respuesta, hasta hoy, sigue siendo el infinito.

Fortalecer la estructura institucional del Estado, presupone necesariamente detener de una vez por todas los efectos y las causas de su deterioro. Y si es correcta la tesis de que la ineptitud y la corrupción lo debilitan, entonces el antídoto debe atacar en primerísimo lugar a la enfermedad que lo carcome y blindar e inmunizar los trabajos que simultáneamente se realicen para reparar, reconstruir o, de plano, refundar las instituciones del Estado. Lo anterior, demanda que al mismo tiempo de que se construya, se combata lo que las destruye. No tenemos tiempo que perder.

Enrique Peña Nieto se ha comprometido a gobernar con eficacia —en abierta oposición a la ineptitud— y a combatir a la corrupción institucionalmente a través de una Comisión Nacional Anticorrupción que —atravesando transversal y verticalmente todos los órdenes de gobierno— garantice la eficacia de un instrumento destinado a sancionar y/o corregir conductas antiéticas e ilegales, así como los que resulten indispensables para intervenir oportunamente con acciones inhibitorias y, desde luego, preventivas.
Ya estuvo bueno de hacer autopsias; es preciso que la gestión del Estado sea más proactiva, otorgándole facultades para prevenir —y hasta evitar— arbitrariedades y corruptelas. Este no puede ser un intento a medias o peor aún, un perro sin dientes al cuidado del palacio de simulación en el que vivimos los mexicanos.

No le tengamos miedo a la medicina por fuerte que sea. Los mexicanos hemos tolerado a la corrupción durante siglos, al grado de extenderle invitación para formar parte de nuestra idiosincrasia. Está visto que la impunidad es la que más alienta a la corrupción. El mismo mexicano que de este lado de la frontera maneja sin precaución y sin cinturón de seguridad y además se pasa los altos; cruza la frontera norte y como por arte de magia se ajusta el cinturón, respeta las señales de tránsito y se comporta cívicamente. 
Esta actitud no deriva del influjo provocado por los gases que componen el aire en Estados Unidos, sino 
por la certeza de que allá no hay tolerancia ni impunidad ni nada que le permita eludir las reglas. Da igual si un ciudadano estuvo mal educado; el comportamiento de las personas no está supeditado a sus antecedentes personales, sino a la conciencia de que la ley aplica para todos. Y esto, aquí y en China, combate a la corrupción.

Eduardo Sánchez Hernández, Vocero nacional del PRI

eduardo@eduardo-sanchez.org

Leído en: http://www.vanguardia.com.mx/fortaleceralestado-1364051-columna.html


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