miércoles, 21 de noviembre de 2012

Ricardo Rocha - La docena trágica

No puedo imaginarme que alguna vez el PAN pudiera regresar a la Presidencia. Tal es el saldo desastroso que están dejando 12 años de gobiernos panistas con Vicente Fox y Felipe Calderón. 

Del primero, baste decir que dilapidó todo: una aceptación de 85% al iniciar su mandato, un gigantesco bono político que le otorgaron todos los partidos y cientos de miles de millones de dólares de los excedentes petroleros. Todo disuelto en un desesperante mar de ineficacia, ignorancia y corrupción. Su descarada relación de origen con Martha Sahagún fue llevada sin pudor alguno al interior de Los Pinos, amplificada en una presidencia bicéfala, caprichuda y corrupta. Hacia adentro, la parentela hinchada —en más de un sentido— por grandes negocios y hacia afuera los ridículos intelectuales de un presidente analfabeta. Paradójicamente fue el hartazgo ciudadano de 70 años abusivos del PRI el que le dio a Fox la Presidencia. Pero él logró la “hazaña” de continuarlo con un neoliberalismo a ultranza y aumentarlo con todavía más vicios y corruptelas, y, peor aun, a lo bruto. Los Beverly de Guanajuato en Los Pinos.





El caso de Felipe Calderón es más complejo. Opositor férreo a la candidatura del neopanista Fox con la premisa de su maestro Carlos Castillo Peraza: “No ganemos la Presidencia y perdamos el partido”, Felipe hubo de optar por un autoexilio a Harvard cuando Vicente se impuso. Luego sería incluido a regañadientes en el gobierno foxista, hasta que Fox lo echó después de su prematuro destape en Jalisco. Más tarde reafirmaría su animadversión cuando mostró abiertamente sus preferencias por Creel, hasta que en una de esas vueltas del destino tampoco pudo evitar la candidatura de Calderón. 

La mejor definición del 2006 me parece que es de Lorenzo Meyer: “Nadie pudo probar el fraude, pero nadie pudo asegurar que fue una elección equitativa”. Así, el haber ganado por una diferencia mínima, en un proceso tan cuestionado —el propio Trife reconoció “una grave injerencia del presidente Fox”, aunque no la consideró motivo para invalidarla— y la necesidad de tomar protesta por la puerta trasera, marcaron para siempre al gobierno calderonista. El nuevo presidente ignoró a las palomas que le aconsejaron restañar las heridas y sentarse a la mesa con los opuestos. En cambio, escuchó complacido a los halcones que lo convencieron de legitimarse sacando al Ejército a las calles para recordarnos quién era y es el comandante supremo de las Fuerzas Armadas. 

Pero se necesitaba de un pretexto, que fue encontrado rápidamente: la guerra contra el narco. 

El problema es que nos llevó a una conflagración sin estrategia alguna. Además, en medio de un caos disfuncional en el que esa tarea y su principal responsable se ha venido rotando anárquicamente entre la PGR, el Ejército, la PFP y más recientemente la Marina. Añádase el capricho mayúsculo de beneficiar groseramente, con un presupuesto inagotable de miles de millones de pesos, al favorito presidencial —desde los tiempos de campaña— Genaro García Luna, al frente de una Secretaría de Seguridad Pública que ahora será extinguida. En cambio, en este gobierno se generaron 3 millones más de nuevos pobres y un millón más de hambrientos. 

Los panegiristas de Calderón podrán argumentar cualquier cosa. Nada podrá cambiar la percepción de que éste será recordado como el sexenio de los 60 mil o tal vez 100 mil muertos, más los desaparecidos y torturados, más los que huyendo de la muerte han dejado atrás ciudades y pueblos fantasmas. Y es que el propio Calderón ha sido obsesivo en el tema que aborda una y otra vez hasta la náusea. Y en esa obsesión compulsiva está el otro saldo de su guerra. Una y otra vez hemos preguntado aquí cuántas horas de su tiempo ha dedicado Calderón a su neurosis bélica y cuántas a ocuparse de la educación, el desarrollo, el bienestar social, el crecimiento o a aquello que prometió en campaña y que muy pronto olvidaría: el empleo. 

Así, Fox y Calderón también se olvidaron rápidamente de los ideales panistas que impulsaron gigantes como Gómez Morín, González Luna, Conchello y el propio don Luis Calderón. En cambio, juntos conformaron esta docena trágica que, afortunadamente, ya termina. 
ddn_rocha@hotmail.com 
@RicardoRocha_MX

Leído en http://www.zocalo.com.mx/seccion/opinion-articulo/la-docena-tragica

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