jueves, 18 de julio de 2013

Lorenzo Meyer - Ya sabemos que ellos saben lo que nosotros no

Información es poder.

Hace años, un profesor, muy seguro de sí mismo, afirmó: “Nosotros los estadounidenses sabemos más sobre ustedes, los latinoamericanos, de lo que ustedes saben sobre sí mismos”.

Afirmación tan presuntuosa se podía rebatir entonces, pero no hoy si se reformula así: “Gracias a nuestra tecnología y a una enorme inversión en estructuras de espionaje, el aparato de inteligencia estadounidense está en posibilidad de saber mucho más de lo que los ciudadanos mexicanos saben en relación, por ejemplo, con el proyecto de reforma petrolera que va a formular el gobierno de Enrique Peña Nieto”. Y esto no sería fanfarronada, pues lo respalda la información que ha revelado el antiguo empleado de la Agencia Nacional de Seguridad (NSA) estadounidense, Edward J. Snowden, acusado de traición por Washington.




Según lo publicado por el periódico brasileño “O Globo”, que ha tenido acceso a documentos entregados por Snowden sobre América Latina, resulta que los programas “Prism” y “Boundless Informant” de la ANS están espiando el contenido de las computadoras, el tráfico telefónico y de internet de varias agencias gubernamentales y privadas latinoamericanas.

Según “O Globo”, el país más escuchado de nuestra región ha sido Brasil, pero le siguen México y Colombia (http://oglobo.globo.com/ 6 y 9 de julio). Ahora bien, en el caso mexicano, lo que hoy interesa principalmente al espionaje estadounidense son dos temas: narcotráfico y energía. Por tanto, en la medida en que los asesores de Peña Nieto hayan elaboraron en sus computadoras documentos internos sobre lo que van a presentar como reforma petrolera dentro del Pacto por México y los hayan intercambiado vía internet, skype o discutido por teléfono, entonces lo más seguro es que las autoridades estadounidenses ya los conozcan, lo mismo que la historia de su elaboración y las posiciones de los diferentes actores e incluso estén actuando apoyadas en esa información.

En suma, gracias a Snowden, nosotros, los ciudadanos mexicanos, sabemos que esta vez ellos, los estadounidenses, efectivamente ya saben más que nosotros en relación con quién está planteando qué respecto al petróleo en Los Pinos, Hacienda, Pemex, Gobernación, los partidos, el Congreso, etcétera. Y lo que hoy pasa con el tema energético puede o podrá ocurrir en otros campos. Información es poder y los estadounidenses tienen mucha información sobre nosotros.

Historia vieja. Apenas había iniciado México su vida como nación independiente, en octubre de 1822, cuando se presentó en Veracruz un estadounidense peculiar: Joel R. Poinsett.

Entonces Poinsett no llegó como lo haría tres años más tarde, en calidad de ministro plenipotenciario ante nuestro país, sino en el papel de espía. De un espía, como lo señalara José Fuentes Mares, nada vulgar sino bien formado, aunque lleno de prejuicios, y que buscaba recabar datos sobre la naturaleza del gobierno, la sociedad y la geografía de México para que su gobierno decidiera qué actitud asumir frente al nuevo vecino del sur (Poinsett. Historia de una gran intriga, México: Jus, 1975, p. 75).

Aún se especula si el pintor inglés Daniel Thomas Egerton vino a México en 1830 a capturar el aspecto general de ciertas ciudades mexicanas para el arte, para el ejército estadounidense o para ambos (las litografías contenidas en Egerton’s views in Mexico fueron publicadas en 1840).

En 1913, los enviados personales del presidente Woodrow Wilson ante las principales facciones revolucionarias llegaron para recabar y trasmitir toda la información política y militar de interés para Washington. Se trató de personajes como William Hale (periodista) y John Lind (ex gobernador de Minessota), perspicaces pero que no hablaban español y a quienes siguieron John Silliman, que se mantuvo cerca de Carranza y George Carothers, que estuvo con Villa. Durante los años de reconstrucción que siguieron a la lucha armada, visitaron México un buen número de periodistas y académicos estadounidenses para informarse y, de pasada, informaron a su gobierno sobre el complejo proceso revolucionario (ese fue el caso de C. Beals, E. Gruening o F. Tannenbaum, entre otros). Pero fue con la II Guerra Mundial y la Guerra Fría que se institucionalizaron el espionaje profesional estadounidense y la colaboración -subordinada- del gobierno mexicano en la tarea.

La CIA nació en 1947 y para 1951 ya estaba en México -desde 1939 funcionaba aquí la oficina del FBl-. El segundo jefe de estación de esa agencia en México, Winston Scott, obtuvo autorización del gobierno de López Mateos para introducir aparatos para espiar a la embajada soviética y, a cambio, prometió interferir las conversaciones telefónicas del general Lázaro Cárdenas o Vicente Lombardo Toledano e informar al respecto (Morley, Jefferson, Our man in Mexico, University of Kansas Press, 2011, p. 93).

En 1975, el ex agente de la CIA Philip Agee denunció que algunos presidentes y funcionarios mexicanos en Gobernación eran colaboradores de la agencia estadounidense y hasta tenían sus claves: Gustavo Díaz Ordaz era “Litempo-2″ y Luis Echeverría “Litempo-8″ (CIA diary. Inside The Company, Penguin, 1975, parte 4; Morsley, op. cit., p. 94).

A partir de 1970, la “guerra contra las drogas” llevó a que las actividades de espionaje de la DEA en México adquirieran gran relevancia hasta llegar a su punto culminante con la Iniciativa Mérida (IM). La IM empezó a funcionar en 2008 e implicó la construcción en México de una compleja red de inteligencia binacional México-Estados Unidos para, supuestamente, lograr que el débil Estado mexicano recuperara el control que los carteles del narcotráfico le habían quitado en partes de su geografía y estructura institucional (Raúl Benítez Manaut, “La Iniciativa Mérida”, Revista Mexicana de Política Exterior, Num. 87, 2009, pp. 215-242).

La IM obedece a la lógica de la “narcotización” de la relación México-Estados Unidos, pero tampoco se puede desligar del esfuerzo de Felipe Calderón por superar la debilidad inicial de su gobierno y que le hizo construir el núcleo fuerte de su sexenio alrededor de la guerra contra el narcotráfico. Al final, Calderón no derrotó a los carteles de la droga pero la IM quedó ya como herencia (envenenada): a partir de 2010 se instaló en la ciudad de México la Oficina Binacional de Inteligencia con dos subsedes en el norte del país. Y desde ahí Estados Unidos opera aquí toda una sopa de siglas de espionaje: CIA, FBI, NSA, DIA, ICE, etcétera, (ver la lista en Proceso, 14 de noviembre, 2010).

¿Qué hacer? La única sorpresa de lo revelado por Snowden no es el espionaje sino su magnitud: sólo en Alemania la NSA examina medio millón de mensajes al mes (Spiegel on Line, 30 de junio). Toda potencia imperial espía a enemigos y amigos. Así ha sido y así es. Para nosotros el problema es qué hacer: ¿Basta con “pedir explicaciones”, como hizo la cancillería? Información es poder, entonces ¿México va a seguir facilitando a los servicios de inteligencia estadounidenses toda la información sobre nosotros que ellos quieran, como quieran y cuando quieran? Si esa es nuestra política ¿donde está la soberanía?

Resumen: “Información es poder, y lo revelado por Snowden muestra que el espionaje estadounidense esta más informado sobre temas mexicanos que los propios mexicanos”.- México, D.F.

www.lorenzomeyer.com.mx

Fuente Reforma 18 jul 2013

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