viernes, 31 de enero de 2014

Juan Villoro - Un árbol

En un texto entrañable, Laura Emilia Pacheco recuerda los días en que visitaba redacciones para repartir y cobrar los textos de su padre, José Emilio Pacheco. Pocos autores se han dedicado con tal fervor al periodismo cultural.

Sus plazos de entrega eran agobiantes y sólo podía cumplirlos con la ayuda de su hija adolescente. Contagiada por el deseo de recuperar el mundo por escrito y el ambiente de los diarios, Laura Emilia se convertiría con los años en una notable cronista.

El texto al que me refiero habla de una vocación y de un trabajo duro. Cuando Calvino compartió con Pavese las fatigas de la editorial Einaudi, admiró la capacidad de su colega de utilizar su vastísimo talento a favor de tareas que otros considerarían mínimas y que él convertía en piedras culturales. Así aprendió que una carta, un dictamen, una solapa pueden escapar al estilo “personal”, pero no al rigor. Lo mismo puede decirse de Pacheco






Aunque cultivó con destreza de polígrafo todos los géneros, modificó uno en tal forma que ya resulta inseparable de su impronta: el artículo cultural disfrazado de nota objetiva, casi anónima. Christopher Domínguez Michael señaló hace unos días que confirmó su vocación al leer un texto periodístico de Pacheco. Decenas de autores le debemos la misma epifanía.
Desde el título, la columna “Inventario” se postulaba como la obra de un amanuense de lo real, un testigo casi anónimo, que no pretendía imponer sus gustos ni caprichos.
Pacheco disfrazaba su erudición y desplegaba conocimientos como si se tratara de noticias fáciles de conseguir. En una época anterior a Google, era un insólito “motor de búsqueda” que compartía sus hallazgos como si le hubieran llegado solos. Las indagaciones y los libros necesarios para atar cabos solían quedar fuera del texto. El autor trabajaba con denuedo para que el lector no tuviera que hacerlo.
Durante décadas, “Inventario” ofreció un registro de la cultura en el tono diáfano, de articulada espontaneidad, de quien habla ante una taza de café. Tanto en la poesía como en el periodismo, Pacheco introdujo un renovador tono conversacional. Firmaba sus textos periodísticos con sus iniciales (JEP), simulando que su intervención se limitaba a levantar un acta. Aunque se trataba de piezas inconfundibles, las trataba como si no le pertenecieran del todo y se rehusó a reunirlas en libros. Así enfatizaba el sentido de la cultura como hecho colectivo. Cuando finalmente aparezcan los muchos tomos capaces de contener su río de referencias y asociaciones, comprobaremos que fue nuestro mayor enciclopedista.
En una de sus múltiples visitas a la obra de López Velarde, habló de las “alusiones perdidas”, es decir, de
las cosas que fueron inteligibles para los contemporáneos del poeta jerezano y hoy son ajenas para la mayoría de los lectores. No se refería a localismos o arcaísmos, sino a datos culturales que nuestra debilitada época ha dejado de dominar. “Inventario” fue, precisamente, un intento de restituir los datos que se extravían en un entorno empobrecido por los medios, la política y la propaganda.
Pacheco vivió inmerso en la literatura pero no practicó una elegante evasión de la realidad. Al fondo de sus reflexiones yace un juicio moral. A contrapelo de su sobrio título, “Inventario” fue un sistema de alarma contra el deterioro ambiental, el desgaste de los valores, el ecocidio,
el veneno lento de la corrupción.
El tono del cronista de lo diario fue muchas veces apocalíptico. Nuestra realidad lo merecía. Vigía en el incendio, dejó una obra que es un ejercicio de resistencia.
A propósito de Juan García Ponce, escribió un poema en el que habla de un árbol en la acera de su calle. Sitiado por la enfermedad, García Ponce no dejó de escribir. Pacheco lo compara con un árbol de ramas podadas con descuido, donde se han incrustado armellas para sostener cables de luz y de teléfono. Agraviado, aquel tronco resistía.
En una ocasión fui a la casa de Pacheco en la colonia Condesa a entregarle una antología que preparé en Alemania y que incluía Las batallas en el desierto. Olvidé la dirección exacta pero recordé el poema dedicado a García Ponce. Busqué el árbol heroico y di con la puerta necesaria. No es un milagro menor que un poema sirva para encontrar la casa del poeta.
Laura Emilia dijo que, conociendo a su padre, pediría perdón por morir en domingo y estropear el descanso de los periodistas.
El más considerado de los testigos modificó la realidad.
José Emilio ha muerto. Su árbol de palabras sigue en pie.


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