sábado, 8 de marzo de 2014

Jaime Sánchez Susarrey - Hacia 2015

La transición a la democracia concluyó hace tiempo. Ya estamos ante la alternancia de la alternancia. Pero los resultados han sido decepcionantes. Por eso, en 2013, sólo el 37 por ciento apoyaba la democracia, lo que significó un descenso muy fuerte respecto del 59 por ciento que se registró en 2005.

Las razones de esta caída son fácilmente identificables: bajo crecimiento económico, inseguridad, violencia, impunidad, inexistencia de un sistema eficaz de procuración e impartición de justicia.

La corrupción generalizada es otro factor relevante. En el fango de “los moches”, las “comisiones” y los “bonos” todos los gatos son sucios. No importa el color ni el tamaño del partido. La clase política se cohesiona en la complicidad y el silencio. La omertá se ha vuelto su código general.








Por eso se puede afirmar que, pese a la existencia de nueve partidos de distinta ideología, el pluralismo en México es un espejismo. A lo lejos se divisa, pero al acercarse se desvanece.


De ahí que la pregunta: por quién votar en 2015, adquiera relevancia y obligue a analizar caso por caso.


¿Por el PRI, que regresó al poder con la promesa de simplificar y racionalizar el cobro de impuestos? No, porque el gobierno ha emprendido una ofensiva contra los causantes cautivos y ha transformado al SAT en un instrumento de persecución. No, porque el incremento de impuestos sin transparencia y rendición de cuentas es  ilegítimo.


¿Por el PAN, que llegó a la presidencia con el compromiso de eliminar la corrupción y los vicios del viejo régimen? No, porque los 12 años que duraron en el poder no sólo fueron ineficientes y mediocres, sino se corrompieron y mimetizaron con las viejas prácticas priistas.


¿Por el PRD, que tiene -en teoría- programas a favor de la igualdad y la distribución de la riqueza? No, porque en el DF ha montado un sistema corporativista y clientelista nunca antes visto. No, porque la corrupción lo permea. Y no, porque sostiene un programa estatista y populista.


¿Por MORENA? No, porque es el partido de López Obrador, y el deterioro de este personaje es cada vez más grotesco. Caudillismo y nepotismo son los sellos de la nueva organización.


¿Por el Partido Verde? No, porque es un negocio familiar que lucra con la ecología, pero no tiene consistencia ideológica ni política. Un día hace alianza con el PAN y al siguiente con el PRI. El oportunismo, que no es igual a pragmatismo, es su santo y seña.


¿Por Movimiento Ciudadano? No, porque es el instrumento de Dante Delgado para su provecho personal.


¿Por Nueva Alianza, ahora que Elba Esther Gordillo está en la cárcel? No, porque es un membrete, un cascarón vacío, que se ha quedado sin dueño y se está reciclando para obtener presupuesto y prebendas para su cúpula dirigente.


¿Por el Partido del Trabajo? No, porque es una organización siniestra (que se define como marxista-leninista) e inmoral que recibe apoyo de Corea del Norte.


Frente a esa “diversidad”, que más bien es perversidad, todos los partidos coinciden en recibir subsidios del Estado, todos practican el patrimonialismo y se cubren las espaldas unos a otros.


¿Qué hacer, entonces, por quién votar? ¿Por ninguno? Sí, pero la abstención no es una opción, porque termina fortaleciendo a la partidocracia. Restan, en consecuencia, dos posibilidades.


La primera consistiría en impulsar candidaturas independientes, como está empezando a hacer Vía Ciudadana en Monterrey, para sacudir y confrontar a la clase política.


La segunda consistiría en desempolvar la consigna del voto nulo, que se puso en marcha en 2009. La abstención activa sería una condena de la corrupción que impera en el sistema de partidos, pero también en el Estado en su conjunto.


Las candidaturas independientes y del voto nulo deberían coincidir en tres objetivos: Primero, desmitificar la tesis de que los partidos son entidades de interés público, que deben ser financiadas con presupuesto público.


Segundo, oponerse y protestar contra el incremento de impuestos, que no están sometidos a control y son utilizados para fomentar el corporativismo y el clientelismo.
Tercero, denunciar la irresponsabilidad de una clase política que no cumple son sus deberes fundamentales: garantizar la paz y seguridad de los ciudadanos, así como impartir justicia pronta y expedita.


Ciertamente, no hay que albergar falsas esperanzas. Ni los partidos van a desaparecer ni el Estado se va a transformar de la noche a la mañana. Pero también es cierto que la clase política está ensimismada y apoltronada. Sólo la presión ciudadana la obligará a cambiar.

Leído en http://www.am.com.mx/opinion/leon/hacia-2015-7531.html



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