martes, 1 de abril de 2014

Federico Reyes Heroles - Intermitente

Nunca se le ha visto dar la vuelta a la esquina. Y, sin embargo su existencia es muy concreta. Todos percibimos si está presente o no. Su excesiva presencia incomoda, pero su ausencia es intolerable. En algún sentido guiamos nuestros pasos a partir de su existencia y no es Dios. Sus rostros y representantes son tantos que es difícil encarnarlo en un solo perfil. Con frecuencia sentimos que invade nuestra privacidad, pero de ahí podemos brincar al aullido pidiendo su auxilio. En el Siglo XIX se escribieron enormes tratados sobre su esencia y su devenir. 

Sabemos que es una entidad compleja. Hoy capturamos sus apariciones concretas o sus ausencias. Lo hemos llamado el Estado.








Una de las definiciones clásicas establece tres elementos esenciales: territorio, población y autoridades. Hay naciones, un conjunto de seres humanos que comparten una historia, creencias, tradiciones, que incluso cuentan con autoridad, que sin embargo carecen de territorio. El caso palestino es un ejemplo. Hay estados muy pequeños en territorio pero muy poderosos: el Estado Vaticano. Otros muy vastos en territorio pero que se tambalean en su autoridad, como le ocurrió a la URSS, y se derrumban. Los estados se han multiplicado. Paul Kennedy (“Auge y caída de las grandes potencias”) consigna cómo en el Siglo XX pasamos de menos de 70 estados a casi 200. Las demandas étnicas, religiosas, de independencia política han provocado el nacimiento de muchos nuevos estados muy pequeños. ¿Será benéfico para la convivencia humana?

Cuando cruzamos una frontera nuestro primer contacto con el Estado es un agente migratorio. Es el primer rostro. Allí está la materialización de su existencia: no podemos entrar si no reunimos los requisitos de la autoridad. Cuando circulamos por las calles queremos pensar que hay autoridades que están a cargo de la regulación del tránsito. Cuando nos hospedamos, suponemos que alguna autoridad está a cargo de las condiciones de seguridad del inmueble o de la sanidad de un restaurante. De las primeras consideraciones que nos hacemos para viajar a otro País es cómo están las condiciones generales de Gobierno. Si eso se analiza para un viaje, imaginemos todas las ponderaciones que se hacen para realizar una inversión. La autoridad es una constante, no puede ser intermitente.

Algo en la economía de México no está funcionando. El crecimiento del 2013 y los pronósticos para el 2014 obligan a la reflexión. Tras las exitosas y múltiples reformas la expectativa era de un velamen lleno, pero conforme pasan las semanas y los meses comprobamos que algo anda mal. En los últimos años México ha sido exportador neto de capitales. ¿Por qué? Cómo es posible que los propios inversionistas mexicanos encuentren mejores condiciones en otros países que en México donde operan. ¿Qué nos falta? La imagen del País está muy dañada. Los años de violencia sin control no han terminado y el camino será largo. Pero además están asuntos simbólicos de autoridad que no parecieran encontrar solución. A diario se reta a la autoridad.

Por qué viajar al puerto de Acapulco o tener una propiedad allí si no hay la garantía de poder llegar porque un pequeño grupo corta la circulación de una autopista federal sin ninguna consecuencia. Por qué invertir mil millones de dólares en energía eólica, si en Oaxaca los pleitos de dos pequeños grupos son suficientes para interrumpir el tránsito al terreno de la inversión. Una de las mejores cuencas para la construcción de una gran presa -La Parota- está en manos de unos cuantos individuos encargados de extorsionar, de manera exitosa, al Estado mexicano afectando la seguridad de Acapulco -recordemos a “Manuel”- y el bienestar de una entidad muy necesitada, Guerrero. Por qué invertir en México cuando la calificación que nos da el Doing Business del Banco Mundial sitúa el registro público de la propiedad en el lugar 150 de 189 economías. Por qué llevar capitales a México cuando la percepción del Foro Económico Mundial es que ocupamos el lugar 143 de 148 en crimen organizado o que Ruanda o Namibia están mucho mejor en infraestructura. Muchas contradicciones.

Cómo confiar en el futuro de México cuando grupúsculos de maestros inconformes con una reforma constitucional son capaces de paralizar Oaxaca y amenazar la paz pública en otros estados, sin consecuencia alguna. Y qué decir de los grupúsculos violentos que durante más de una década han hecho suyo un auditorio en la principal universidad del País. Moody’s puede elevar su calificación para México pero el sentido común indica que hay una enorme ausencia de autoridad. El aeropuerto capitalino es otro símbolo de la debilidad del Estado mexicano. El vacío está en los tres órdenes de Gobierno. La impunidad aterra. Peña Nieto tiene ya en su haber suficientes reformas para impulsar a México a una nueva etapa de crecimiento. Pero de poco servirán si el Estado mexicano -como un todo- no recobra su autoridad y la convierte en una constante. No hay futuro prometedor con un Estado intermitente.

Leído en http://www.am.com.mx/opinion/leon/intermitente-8115.html

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