martes, 20 de mayo de 2014

Jacobo Zabludovsky - Con la frente marchita

Volver es un verbo conjugado por Buenos Aires.

Llego aquí esta mañana para recibir un honor singular porque no se otorga desde arriba sino entre pares, de un ciudadano a otro, distinción urbana como el tango, algo que se entrega al de aquí a la vuelta, una manera de reconocer la semejanza entre la vecindad y el conventillo, entre el barrio y el arrabal, el abrazo de un cuate a un compadrito. Me darán el próximo sábado la Orden del Porteño, máximo premio que otorga la Asociación Gardeliana Argentina.








Porteño, según lacónica definición del diccionario de la Real Academia Española, es “Natural de la Ciudad de Buenos Aires, capital de la Argentina”. La Asociación es un organismo privado, fundado en 1968 por un grupo de personajes de la sociedad argentina encabezados por su primer presidente Cátulo Castillo, poeta, periodista, músico y autor de composiciones famosas. Desde hace una década es presidido por el doctor Jorge Alberto Minces. El reconocimiento se discierne a personas o instituciones que hayan destacado por su labor en la divulgación, preservación y apoyo de la cultura popular argentina y el emblema lleva el retrato de Carlos Gardel, cantor de Buenos Aires y de las pasiones humanas como el amor, la envidia, los celos, el perdón. Ni él ni yo, guardadas las distancias, podemos considerarnos naturales de la gran ciudad del Río de la Plata, él nacido en Francia, yo en México y, sin embargo somos una suerte de porteños por ley, invitación o generosidad. Por lo que sea, con mucho orgullo.

La Orden del Porteño la han recibido personajes del tango como Sebastián Piana, Nelly Omar, Tita Merello, Alfredo Podestá, Enrique Cadícamo, Osvaldo Pugliese; de la política como Bill Clinton, presidente de los Estados Unidos, de la Iglesia, de los deportes como el Jockey Club de Buenos Aires, el equipo de futbol Boca Juniors y el legendario Irineo Leguizamo (tiene tango: “Leguizamo solo”), íntimo amigo de Gardel y jinete de Lunático. La tradición obliga a dedicar carreras a quienes se rinde homenaje y el viernes, en el hipódromo de Palermo, la carrera estelar llevará mi nombre. Apostamos a ganar aunque solo sea por una cabeza.

Vengo a trabajar: transmitiré en vivo a partir de hoy y hasta el viernes mi programa” De 1 a 3” y el sábado de 6 a 8 de la tarde, también en vivo y también en Radio Centro, la ceremonia de entrega del premio en la Embajada de México a cargo el embajador Fernando Jorge Castro Trenti. Entre los invitados daré un abrazo especial a mi amigo Marianito Mores, último grande de la guardia vieja del tango, autor de Adiós Pampa Mía, Uno (la música, con letra de Discépolo), Gricel, Cristal, Cafetín de Buenos Aires, la milonga Taquito Militar y otras obras célebres. A sus 92 años recordaremos a su hijo Nito, barítono muerto tan joven y a su compañera de toda la vida hasta hace unas cuantas semanas, sus estancias en México y su huella imborrable en el repertorio tanguero. Es mi amigo argentino más antiguo desde mucho tiempo antes de que él me conociera, cuando a los 10 o 12 años escuché Cuartito Azul. Su presencia en el tango es imborrable por esa obra prolífica, la magia y nostalgia de la inspiración y su entrega para hacer del tango lo que es hoy, siempre vigente desde los treintas, rejuvenecido por el advenimiento de nuevas generaciones de intérpretes y públicos. En Mariano Mores agradecemos los amantes del tango su emoción heredada en vida a geniales músicos y poetas populares a quienes enseñó a cultivar la canción del Río de la Plata.

Se fue Borges, a quien entrevisté en México cuando estábamos seguros de que obtendría el premio Nobel negado injustamente, se fue Cortázar alucinante y universal, se fueron Aníbal Troilo con los párpados apretados como al abrir su fuelle en el Viejo Almacén y el polaco Goyeneche tembloroso al bordar el nuevo tango de metáforas como las lunas suburbanas; también Fiorentino, asombrado ante los ojos oscuros como el olvido y labios apretados como el rencor de aquella Malena pintada por Homero Manzi y Lucio Demare, la que cantaba el tango con voz de sombra porque tenía pena de bandoneón. Se fue Astor Piazola.

Nos queda Mariano. Nos queda Carlos Gardel. Dicen que murió en Medellín en 1935. No lo creo. Tal vez. Qué importa. Nadie lo podrá probar mientras la memoria de millones no le extienda el único certificado de defunción válido: el olvido.

Pocos premios tan significativos como el creado por la Asociación Gardeliana Argentina, cuyo símbolo es la imagen de un zorzal que llegó a este mundo a cantar y a hacernos cantar con él.
He venido a Buenos Aires en otras ocasiones. Ninguna visita tan grata y justificada como la que inicio hoy.





Leído en http://www.am.com.mx/opinion/leon/con-la-frente-marchita-9200.HTML

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