jueves, 8 de mayo de 2014

José Woldenberg - Un cuarto de siglo

Hace 25 años nació el PRD. Su creación es impensable sin lo que había sucedido en las elecciones de 1988. Como se recordará, la escisión de la Corriente Democrática del PRI encontró primero en tres partidos (PARM, PPS y PFCRN) y luego en cuatro (PMS), una plataforma para el lanzamiento de la candidatura presidencial del Ingeniero Cárdenas. Pero el Frente Democrático Nacional fue mucho más que la convergencia de esas agrupaciones ya que logró sumar a una amplia constelación de organizaciones de la izquierda política y social. El crecimiento de esa candidatura hizo de aquellos comicios los primeros realmente competidos de la historia reciente. Y el mismo día de las elecciones, en la noche, fue claro que México y su pluralidad no cabían bajo el manto de un solo partido y que por desgracia ni las reglas ni las instituciones ni los funcionarios encargados de la tarea electoral estaban capacitados para procesar con limpieza los resultados.







El PRD se fundó gracias a un llamado que realizó el Ing. Cárdenas para que el potente movimiento que se había manifestado en las urnas no se esfumara y encontrara una vía institucional para su preservación y crecimiento. Fue una iniciativa virtuosa y sus resultados están a la vista: el PRD es uno de los tres grandes partidos nacionales que han ordenado la vida política del país desde entonces. Contrasta con lo que sucedió en el pasado con otras escisiones del PRM-PRI que luego de desatar movilizaciones relevantes, después de los comicios, se evaporaron. Piénsese en Almazán, Padilla y el general Henríquez, cuyos desafíos al partido oficial fueron flor de una elección. La iniciativa de formar el PRD encontró un marco constitucional y legal favorable, pero sobre todo reunió a una diversidad de corrientes y personalidades, ofreciéndoles un nuevo horizonte. Se trataba, como todo partido, de tener un pie en la sociedad y otro en el Estado, de nutrirse de la historia y las tradiciones de la izquierda y hacerlas gravitar en el mundo de la representación y los gobiernos.


No fue la primera iniciativa para unificar a la izquierda, pero ha sido la más significativa. Ya en 1981, con la creación del PSUM, cinco organizaciones se habían fusionado, y en 1987, con la fundación del PMS se había dado un paso más ambicioso en el mismo sentido. Pero el proyecto del PRD reunía, como nunca antes, a ese universo abigarrado, contradictorio y diverso al que por economía de lenguaje llamamos izquierda: la del PRI y las independientes de muy distinta matriz. En unos cuantos años el PRD se convirtió en el referente más importante de ese universo, y los partidos que no concurrieron a ese esfuerzo unificador perdieron su registro.

Su fuerza y su debilidad se alimentaron de las mismas fuentes: la diversidad de expresiones multiplicó sus posibilidades, su poderío, pero hizo difícil su conciliación interna; sus carismáticos liderazgos potenciaron los puentes de contacto con el firmamento móvil e inasible de electores, pero taponaron las posibilidades de fortalecer los circuitos de deliberación y acuerdo. No obstante, sus resultados están a la vista: gobernará el DF por lo menos durante 21 años, ha gobernado o gobierna los estados de Guerrero, Tlaxcala, Michoacán, Morelos, Baja California Sur, Zacatecas, Chiapas, Tabasco y en coaliciones Oaxaca, Puebla, Sinaloa, Nayarit. Hoy encabeza 400 ayuntamientos, 14 delegaciones en el DF, tiene 22 senadores y 101 diputados (Reforma, 5 de mayo). Curiosamente esos logros en ocasiones no son valorados porque no ha alcanzado la Presidencia de la República. (Recordemos, porque al parecer hace falta, que en las elecciones de 1979, 82 y 85 los votos sumados de todos los partidos de izquierda oscilaban alrededor del 10 por ciento).

Es -a querer o no- un partido de oposición pero también de gobierno. Y al parecer, ha comprendido que es una fuerza política relevante que está condenada a vivir, convivir y confrontarse con otras. Que la diversidad de intereses, pulsiones, ideologías, que modelan a la sociedad no pueden ni deben encuadrarse bajo una sola organización, liderazgo o ideario. Y que por ello su mejor destino es el de contribuir a aclimatar entre nosotros las normas, instituciones y rutinas que permiten la convivencia/competencia de la pluralidad política. Sin embargo, ahora tendrá que afrontar y coexistir con la más significativa ruptura que se ha dado en sus filas: Morena. Y ese desafío es de pronóstico reservado. Por lo pronto es mejor ser historiador que apostador.


Leído en http://criteriohidalgo.com/notas.asp?id=235747


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