Rubén López Rodrigué (1956) |
La caza de un antropoide
Medio-Rostro gesticuló y se detuvieron los antropoides que
rastreaban en la estepa, mientras una jauría de chacales merodeadores los
seguían a distancia. Una manada de alimento abrevaba en una corriente. La banda
se desplazó con sigilo.
El jefe levantó su diestra e inclinó el pulgar. Los cazadores
corrieron detrás de los gigantescos animales que escaparon destruyendo arbustos
de la orilla del riachuelo. A su alrededor los cánidos aullaban con su tono
lastimero. El mamut más viejo se rezagó y lo atravesaron con las armas, cayó
emitiendo bramidos que rasgaron la paz de la estepa. Los salvajes lo remataron.
Con la mano levantada, empuñando su lanza, Medio-Rostro reventó
en un grito victorioso. Como no era posible mover el mamut, decidió que su clan
se asentara allí mismo a espacio abierto. Después de desollar y descuartizar la
presa pusieron al fuego, destinado en un principio a calentar del glacial frío y
proteger de las fieras, las carnes que luego devoraron. Succionaron el tuétano
de la osamenta. Los chacales se acercaron a mendigar por las sobras, pero los
vigías los ahuyentaron a pedradas, hecho que el jefe les reprochó pues aquellos
carroñeros podían delatar con sus aullidos la cercanía de quien los pudiese
atacar.
Tiempo después, luego de conservar gran parte de la carne en
bolsas hechas del pellejo del mismo animal, la víctima había quedado en puros
restos. En el área escaseaba la flora, tampoco había lugares donde refugiarse.
De modo que los antropoides decidieron emigrar.
En medio de la bruma las siluetas se desplazaban con rumbo
incierto hacia un estrecho. El descenso del nivel de los mares había dejado un
puente terrestre entre dos peligrosos territorios de nadie. Era la última
glaciación.
Los miembros del grupo perseguían mastodontes, osos y bisontes,
que, así como ellos, erraban en busca de la supervivencia. Las hembras y los
viejos más débiles se quedaban en las cuevas cuidando a los críos. Abrigados con
cueros de felinos se encaminaban hacia el sur. Bajo un sol quemante recolectaban
frutos, raíces y hojas, deambulando por bosques interrumpidos en ocasiones por
cantos de aves.
Luego de trasegar durante meses, la banda llegó a una serie de
rocas que cruzaba el lecho seco de un río. Al pie de las piedras había una
charca donde unos mitigaron la sed, otros descansaron a la sombra de un
raquítico bosque. El líder, emitiendo un retumbo gutural, señaló con el dedo el
próximo asentamiento: una montaña elevada, escarpada, que quizá los libraría de
inundaciones, los eximiría de combates con otras hordas y los podría defender de
los predadores.
Una diáfana noche dormían con temor sobre un lecho mullido de
hojas muertas. Afuera los grillos le cantaban a la luna que se desplazaba con
lentitud atravesando jirones de niebla. El ambiente permanecía sin más alarmas
que los rumores indescifrables. Medio-Rostro dormitaba, sus párpados se negaban
a cerrarse del todo.
De repente, se incorporó impulsado por una potencia oculta.
Tenía una expresión de angustia, el corazón le retumbaba. Empezó a transpirar
frío en tanto que una embestida zarpeaba sus entrañas. Aguzó los sentidos en
la penumbra de la cueva. Algo parecido a un pensamiento le cruzó como una
espina.
¿Qué era el leve rumor que lo había despabilado de golpe?
Sólo el silencio le respondió.
Ya no sentía el chirrido de los saltamontes poniendo en guardia
sus antenas. Su vista de piedralumbre trataba de identificar en la atmósfera
mortecina alguna forma, una presencia indefinible.
No podía verla.
Oliscaba y se le mezclaban las fragancias de la tierra, las
hierbas altas y las peñas. La abertura de la gruta le ofrecía un panorama
reducido. Sólo escuchaba una respiración pesada, la suya. En el pabellón
auricular le seguía retumbando el eco que lo despertó por completo.
Volteó la cabeza y fijó su oscura visión en los cuerpos
envueltos en sombras que se amontonaban en apretado racimo. Localizó a su madre,
una anciana desdentada de unos treinta años, que padecía una extraña dolencia, a
la cual le había notado en el día la dificultad para moverse y sus quejidos en
las noches gélidas.
¡De pronto, el crujir de una rama llenó otra vez el viento y lo
hizo estremecer!
Inmóvil en su posición, continuaba medio agazapado. La baja
temperatura lo hacía temblar como a los helechos que invadían la montaña
sacudidos por un huracán. La pelambre se le erizó. Algo grave, difuso, se
posesionó de él. Estaba presto a defender su tribu y a defenderse de lo que
pudiera ocurrir. De un montón de huesos donde sobresalía un cráneo con múltiples
fracturas cogió una daga de piedra y se arrastró hasta el acceso.
Desde la balconada rocosa que dominaba el confín su ojo pétreo
escudriñaba sin pestañear.
Al frente, un valle coronado de plantíos azulados. Más a
profundidad colinas bañadas por la luz del astro, un páramo donde habitaban
frailejones y otras plantas que retenían la bruma espesa.
Todo parecía tranquilo.
A la derecha, un fantasma semejante a un fósil desplumado lo
miraba impasible y le revivieron los antepasados que habitaron en las copas de
los árboles.
No había nada.
En el flanco izquierdo se erigían piedras volcánicas incrustadas
en el terreno firme, recortándose contra el paisaje; siluetas fantasmales que le
evocaban una fauna de expresión hostil.
Todo intacto e inerte.
Imaginó las fogatas que encendían a la luz de la luna para
ahuyentar las bestias. Como si esperase una ayuda del "más allá" miró el astro
errante, casi monstruoso, en el cielo insensible, cuyo fulgor se filtraba a
través de la neblina para reflejarse en su ojo.
Volvía a repasar el entorno. Salvo él y los suyos no amenazaba
otro ser.
O al menos eso creía.
La vida proseguiría, pues, con rutina y aquellos salvajes
continuarían luchando día tras día para sobrevivir o, de lo contrario, se
extinguirían como los dinosaurios que millones de años antes quedaron bajo el
sedimento de los acantilados.
Dejó de temblar como una hoja seca, desapareció el aire de
sorpresa, la respiración se hizo menos agitada, disminuyó el golpeteo cardíaco,
el cuerpo adquirió menor rigidez. El cansancio le hacía caer su vigilancia; pero
al instante parpadeaba un tanto sobresaltado.
No veía nada.
Apoyándose contra la pared le volvió la crepitación lastimera
de los grillos. Hasta que la noche ganó dos párpados más a su follaje.
Entretanto, una bestia merodeaba al acecho deslizándose furtiva
con sus acolchadas patas.
Medio-Rostro saqueaba una colmena. Metió un palo por el hueco
de un árbol, extrajo trozos de panal con larvas y les ofreció a otros
consanguíneos. Se chupó los dedos sin preocuparse del aguijoneo y el zumbido del
enjambre de abejas.
Una corriente de aire le introdujo un olor que lo hizo
despertar con zarpazos de espanto.
¡Sobre una piedra se recortaba sobre la luna del paleolítico la
silueta de un puma! ¡Su mirada de amenaza señalaba que atacaría con rápidez, y
percibió en la de Medio-Rostro la chispa de un miedo que serpeaba en su ser!
El corazón del jefe accionó como si quisiera salirse de su
pecho, un sobrecogimiento le subió por un costado, quedó como la roca que servía
de base a la fiera. Su vista adormecida, ahora relampagueaba. El pulso se
aceleró. Los intestinos se le aflojaron como presionados por una necesidad.
Evocó de algún modo una pantera. Las huellas en la frente y el
pómulo constituía un recuerdo del día en que, en compañía de los demás, abandonó
un abrigo, casi un refugio a la intemperie, para buscar una cavidad natural,
como la que hoy habitaban, y resguardarse de la época de lluvias y vientos
helados. En esa ocasión amedrentaron la pantera a punta de garrotes, guijarros y
chillidos, hasta alejarla.
Los ojos dorados, fríos, centelleaban enviando una corriente
que circulaba por las venas de Medio-Rostro, imposibilitado para reaccionar.
Pero tendría que hacerlo.
Respiró hondo, emitió un ululato de alarma cuyo eco resonó en
la hondonada y despertó a los demás antropoides.
Estalló un alboroto infernal.
El félido aventó un rugido, erizó el refulgente pelo, levantó
la cola y avanzó con rapidez. Con un resuello compacto atacó a Medio-Rostro,
pero éste lo esquivó con la mayor agilidad. A las primeras arremetidas respondió
con las garras contorneándose. Retumbó un ¡aaarggg!, un porrazo con un fémur
sobre su cabeza lo dejó medio aturrullado, lo que no le impidió que a
Oreja-Sucia, un joven que le salió a su paso para arrojarle un guijarro, lo
estrellara contra la pared y se abalanzara como un rayo sobre él. Un punzón
sobre la retaguardia le arrancó un berrido, a lo cual giró y clavó firme la
garra lacerando un muslo del temerario. Las hembras chillaban aferrando en sus
brazos a los críos. Al verse a merced de aquello, que le marcaría un azar fatal
en su cuello, los alaridos de Oreja-Sucia pasaron a punzadas de terror, que le
hicieron bajar un sudor escarchado por la espina dorsal, hasta atravesarlo una
expresión de agonía que rasgó el aire. Ni la habilidad y la fuerza de su hermano
más fuerte evitaron que los amarillentos colmillos, similares a los del tigre
dientes de sable, se clavasen sobre la víctima.
Los baladros de Oreja-Sucia muy pronto se apagaron. Fue
arrastrado por las fauces del depredador que se escurrió hacia su guarida. Los
demás se quedaron gimiendo.
Se hizo un silencio de hielo.
En la atmósfera flotaba un olor a sangre.
Cuando despuntó el alba, los primeros rayos del pálido sol
sombrearon las colinas de violeta. Al salir de la caverna, sobre la faz de
Medio-Rostro cayó un destello que iluminó su ojo con visos de dolor, a través
del cual recorrió la franja incluyendo los repliegues del valle. Por la ladera
escarpada descendió con la horda hacia el río que serpenteaba con pasividad.
Cerca de un matorral unos carroñeros devoraban huesos roídos y porciones de
carne. Alguien se acercó para olfatear algo familiar; pero de un manotazo en la
cabeza Medio-Rostro lo reintegró con un gruñido.
Ahora lo que interesaba era abrevar, darse un chapuzón antes de
que los carnívoros llegaran a calmar su sed.
Una tarde despejada, en la gruta, Medio-Rostro se imaginó clavándole un puñal
a un cachorro que después los miembros del grupo devoraron. Los artistas de la
comunidad pintaban en las paredes chacales aullando, cometas cruzando el
espacio, salamandras atisbando hacia el cielo, niños jugando... y antropoides
que cazaban un puma. ® Rubén López R.
Leído en http://www.letrasperdidas.galeon.com/n_rubendariolopez10.htm
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