martes, 10 de marzo de 2015

Denise Maerker - Medina Mora o la lógica de la corte

Visto desde el interior de la Corte, y no de la Suprema Corte de Justicia, sino desde ese reducido círculo conformado por: el equipo cercano del presidente, los líderes de los partidos de oposición (pero que llevan meses jugando a ser partidos satélite) y sus equipos, y los líderes de las diferentes fracciones del Senado y la Cámara, la propuesta del presidente de que Eduardo Medina Mora fuera (o vaya ser) el nuevo ministro de la Suprema Corte del país fue vista no sólo como una buena idea sino, como un golpe de astucia por parte de Enrique Peña Nieto y su equipo. La propuesta les pareció no sólo viable sino irrechazable. El candidato Medina Mora llegaba con el número de votos necesarios bajo el brazo y además le abría la posibilidad al presidente de mandar a otro cercano suyo para la próxima vacante de la Suprema Corte.







Me lo explicó en detalle un senador panista horas después de que se conociera la terna: El presidente enviaba como su candidato a una persona cercana a él pero que además los panistas tendrían que considerar como suyo porque había ‘jalado’ con ellos en los dos gobiernos panistas (un hombre, por cierto, considerado por todos los que lo conocen como un hombre de bien). Con esto, me explicaba el senador, el presidente salvaba esta primera ronda respecto a la Corte, y en la siguiente, que será en noviembre, cuando se cumpla el ciclo de los ministros Silva Meza y Sánchez Cordero, podrá mandar a su verdadero candidato, el priista Raúl Cervantes, que hasta agosto pasado fue presidente de la mesa directiva del Senado. Un hombre aparentemente no tan honorable pero que a decir del mismo senador ‘trabajó’ muy bien a los senadores, repartiendo mucho dinero y mimándolos a todos.
—Entonces, ¿todo planchado?— le pregunté —Pues sí, la verdad— me respondió no muy animoso, pero sin lamentarse mucho tampoco.
Cuando los de la Corte se ponen de acuerdo en algo, es poco lo que se puede hacer para detenerlos. Eso es justamente lo que buscaban con el Pacto, hacer reformas (las que pensaban que eran indispensables para el país) sin que los grupos externos (poderes fácticos) se los impidieran. El mismo acuerdo les está sirviendo ahora, pero para asuntos en los que la patria tiene poco o nada que ver como para repartirse puestos públicos sin padecer ‘intromisiones’ de ningún tipo.
Hay que reconocer que el presidente y su equipo han demostrado una gran habilidad para manejarse dentro de la Corte. Cuando se trata de construir mayorías, lo logran (incluso en pleno periodo pre electoral). Han demostrado que es cuestión de consentir a los opositores, hacer que se sienta respetado hasta el más humilde de los diputados y ganarse los favores de partidos enteros cumpliéndoles puntualmente algún capricho.
El problema es cuando se hace presente el resto de la sociedad y descubren que no están solos. En el caso Medina Mora “las desagradables intromisiones” vinieron de la sociedad organizada, de los especialistas en derecho y de quienes imaginan un país en el que existan instituciones autónomas o con un prestigio suficiente como para no ser simplemente parte del pastel que se reparte entre políticos.
La lógica de la Corte obedece a intereses endogámicos de la clase política, y no tiene como prioridad (ni está sujeta a presiones que la lleven a privilegiar) la construcción de instituciones democráticas y fuertes. No es Medina Mora, el problema está en las prioridades que revelan las propuestas que hace el presidente: contentar a la Corte, hacer mayorías, acomodar sus fichas, garantizar sus espaldas.

Lo que está en juego no es sólo la Suprema Corte, es el país.




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