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jueves, 18 de febrero de 2016

Ambrose Bierce - Una tumba sin fondo

Ambrose Bierce  ( 1842 -1914 )
Una tumba sin fondo

Me llamo John Brenwalter. Mi padre, un borracho, logró patentar un invento para fabricar granos de café con arcilla; pero era un hombre honrado y no quiso involucrarse en la fabricación. Por esta razón era sólo moderadamente rico, pues las regalías de su muy valioso invento apenas le dejaban lo suficiente para pagar los gastos de los pleitos contra los bribones culpables de infracción. Fue así que yo carecí de muchas de las ventajas que gozan los hijos de padres deshonestos e inescrupulosos, y de no haber sido por una madre noble y devota (quien descuidó a mis hermanos y a mis hermanas y vigiló personalmente mi educación), habría crecido en la ignorancia y habría sido obligado a asistir a la escuela. Ser el hijo favorito de una mujer bondadosa es mejor que el oro.

Cuando yo tenía diecinueve años, mi padre tuvo la desgracia de morir. Había tenido siempre una salud perfecta, y su muerte, ocurrida a la hora de cenar y sin previo aviso, a nadie sorprendió tanto como a él mismo. Esa misma mañana le habían notificado la adjudicación de la patente de su invento para forzar cajas de caudales por presión hidráulica y sin hacer ruido. El Jefe de Patentes había declarado que era la más ingeniosa, efectiva y benemérita invención que él hubiera aprobado jamás. Naturalmente, mi padre previó una honrosa, próspera vejez. Es por eso que su repentina muerte fue para él una profunda decepción. Mi madre, en cambio, cuyas piedad y resignación ante los designios del Cielo eran virtudes conspicuas de su carácter, estaba aparentemente menos conmovida. Hacia el final de la comida, una vez que el cuerpo de mi pobre padre fue alzado del suelo, nos reunió a todos en el cuarto contiguo y nos habló de esta manera:

-Hijos míos, el extraño suceso que han presenciado es uno de los más desagradables incidentes en la vida de un hombre honrado, y les aseguro que me resulta poco agradable. Les ruego que crean que yo no he tenido nada que ver en su ejecución. Desde luego -añadió después de una pausa en la que bajó sus ojos abatidos por un profundo pensamiento-, desde luego es mejor que esté muerto.







domingo, 11 de enero de 2015

Ambrose Bierce - El dedo medio del pie derecho

Ambrose Bierce (1842 - 1914)

El dedo medio del pie derecho

Es bien sabido que la vieja casa Manton está hechizada. En toda la zona rural que la rodea, e incluso en la ciudad de Marshall, situada a una milla de distancia, no hay una sola persona de mente imparcial que tenga la menor duda al respecto; la incredulidad se limita a esas personas que recibirán el término de «chifladas» en cuanto esta útil palabra haya penetrado en la esfera intelectual del Advance de Marshall. La evidencia de que la casa está hechizada es doble: el testimonio de testigos desinteresados que han aportado la prueba ocular, y el de la propia casa. Los primeros pueden ser rechazados por cualquiera de las diversas objeciones que se le ocurra plantear al ingenuo; pero los hechos que están al alcance de la observación de todos son materiales y pueden controlarse.

En primer lugar, la casa Manton no ha sido ocupada por los mortales desde hace más de diez años, y junto con sus edificios exteriores está entrando lentamente en decadencia: circunstancia que, por sí sola, nadie en su sano juicio se aventuraría a ignorar. Está un poco alejada del tramo más solitario de la carretera que une Marshall con Harriston, en un claro que en otro tiempo fue una granja, y sigue desfigurado por secciones de valla podrida y medio cubierta por zarzas que antaño cercaba un suelo estéril y pedregoso que hace ya muchísimo tiempo que no sabe lo que es un arado. La casa se encuentra en condiciones tolerablemente buenas, aunque muy despintada por el tiempo y con una gran necesidad de atención del vidriero, ya que la población masculina infantil de la región ha dado pruebas, de la manera que le es habitual, de su desaprobación a esa casa sin habitantes. Tiene una altura de dos pisos, es de planta casi cuadrada y la fachada delantera está traspasada por una sola puerta flanqueada a cada lado por una ventana, totalmente recubiertas ambas de tablones. Las ventanas correspondientes del piso superior, que no están protegidas, permiten la entrada de la luz y la lluvia en las habitaciones del segundo piso. Hierbas buenas y malas crecen a su antojo por todas partes, y algunos árboles de sombra, algo estropeados por el viento, se inclinan todos en la misma dirección, dando la impresión de que estuvieran haciendo un esfuerzo concertado por escapar de allí. En resumen, tal como el humorista de la ciudad de Marshall explicaba en las columnas del Advance, «la proposición de que la casa Manton está hechizada es la única conclusión lógica que puede obtenerse». El hecho de que fuera en aquella misma morada donde al señor Manton le pareció adecuado una noche de hace unos diez años levantarse y cortarle la garganta a su esposa y a sus dos hijos pequeños, yéndose a vivir enseguida a otra parte del país, tiene sin duda su parte de responsabilidad en el hecho de que a la atención pública el lugar le parezca adecuado para los fenómenos sobrenaturales.








sábado, 13 de septiembre de 2014

Ambrose Bierce - Al otro lado de la pared

Ambrose Bierce
1842 - 1913

Al otro lado de la pared

Hace muchos años, cuando iba de Hong Kong a Nueva York pasé una semana en San Francisco. Hacía mucho tiempo que no había estado en esa ciudad y durante todo aquel periodo mis negocios en Oriente habían prosperado más de lo que esperaba. Como era rico, podía permitirme volver a mi país para restablecer la amistad con los compañeros de juventud que aún vivían y me recordaban con afecto. El más importante para mí era Mohum Dampier, un antiguo amigo del colegio con quien había mantenido correspondencia irregular hasta que dejamos de escribirnos, cosa muy normal entre hombres. Es fácil darse cuenta de que la escasa disposición a redactar una sencilla carta de tono social está en razón del cuadrado de la distancia entre el destinatario y el remitente. Se trata, simple y llanamente, de una ley.

Recordaba a Dampier como un compañero, fuerte y bien parecido, con gustos semejantes a los míos, que odiaba trabajar y mostraba una señalada indiferencia hacia muchas de las cuestiones que suelen preocupar a la gente; entre ellas la riqueza, de la que, sin embargo, disponía por herencia en cantidad suficiente como para no echar nada en falta. En su familia, una de las más aristocráticas y conocidas del país, se consideraba un orgullo que ninguno de sus miembros se hubiera dedicado al comercio o a la política, o hubiera recibido distinción alguna. Mohum era un poco sentimental y su carácter supersticioso lo hacía inclinarse al estudio de temas relacionados con el ocultismo. Afortunadamente gozaba de una buena salud mental que lo protegía contra creencias extravagantes y peligrosas. Sus incursiones en el campo de lo sobrenatural se mantenían dentro de la región conocida y considerada como certeza.







jueves, 24 de julio de 2014

Ambrose Bierce - Parker Adderson, filósofo

Ambrose Birce
1842 - 1914
Parker Adderson, filósofo  

—Prisionero, ¿cuál es su nombre?

—Como debo perderlo mañana al amanecer, no creo que valga la pena ocultarlo: Parker Adderson.

—¿Su grado?

—Más bien humilde. La vida de los oficiales de carrera es demasiado preciosa para que se la exponga en el peligroso oficio de espía. Soy sargento.

—¿De qué regimiento?

—Le ruego que me disculpe. Si le contesto, entiendo que podría darle una idea de los efectivos que tienen al frente. Me he introducido en las filas de ustedes para obtener y no para comunicar esa clase de informes.

—Veo que no le falta chispa.

—Si tiene la paciencia de aguardar, le pareceré bastante apagado mañana.

—¿Cómo sabe que debe morir mañana por la mañana?

—Así se acostumbra con los espías capturados en la noche. Es una de las bonitas reglas del oficio.
El general, olvidando la dignidad que convenía a un oficial confederado de alto rango y de vasto renombre, se permitió sonreír. Pero ninguno de aquellos que habían caído en su desfavor, estando bajo sus órdenes, habría augurado nada bueno de ese signo exterior y visible de aquiescencia. No era benévolo ni contagioso; no se comunicaba con los hombres allí presentes: el espía capturado que lo provocó y el centinela armado que condujo a éste a la tienda y que ahora se mantenía a cierta distancia, vigilando al prisionero a la luz amarilla de una vela. Sonreír no formaba parte del deber de aquel guerrero: muy otras eran sus tareas. Continuó la conversación; era, en realidad, el proceso de un delito que merecía la pena capital.







lunes, 7 de julio de 2014

Ambrose Bierce - El golpe de gracia

Ambrose Bierce
1842 - 1914
El golpe de gracia


La lucha había sido dura e incesante. Todos los sentidos lo atestiguaban: hasta el gusto de la batalla flotaba en el aire. Pero ya había terminado; sólo quedaba auxiliar a los heridos y enterrar a los muertos...; "limpiar un poco", como decía el humorista del pelotón de sepultureros. Era bastante lo que había que limpiar. Hasta donde abarcaba la vista dentro del bosque, entre los árboles descuajados, veíanse restos de hombres y caballos, entre los que se movían los camilleros recogiendo y transportando a los pocos que daban señales de vida. La mayor parte de los heridos habían muerto desangrados, cuando hasta el derecho de atenderlos se hallaba en disputa. Los heridos tenían que esperar, reglamentaban las ordenanzas del ejército. La mejor manera de cuidarlos es ganar la batalla. Debe admitirse que la victoria es una indudable ventaja para un hombre que necesita atención médica, pero muchos no viven para sacarle partido. Los muertos eran puestos en hilera, en grupos de quince o veinte, mientras se cavaban las fosas que habían de recibirlos. A algunos, que estaban demasiado lejos, se les enterraba donde habían caído. Nadie se esforzaba demasiado por identificarlos, aunque en la mayoría de los casos los pelotones de enterradores que espigaban en el mismo terreno que contribuyeran a segar anotaban los nombres de los muertos victoriosos. A las bajas enemigas, ya era bastante que las contaran. Aunque esto tenía su compensación, porque a muchos los contaban varias veces; de ahí que el total que aparecía en el comunicado del comandante vencedor denotaba más bien una esperanza que un resultado.








sábado, 25 de enero de 2014

Ambrose Bierce - Chickamauga

Ambrose Bierce
1842 - 1914

Chickamauga

En una tarde soleada de otoño, un niño perdido en el campo, lejos de su rústica vivienda, entró en un bosque sin ser visto. Sentía la nueva felicidad de escapar a toda vigilancia, de andar y explorar a la ventura, porque su espíritu, en el cuerpo de sus antepasados, y durante miles y miles de años, estaba habituado a cumplir hazañas memorables en descubrimientos y conquistas: victorias en batallas cuyos momentos críticos eran centurias, cuyos campamentos triunfales eran ciudades talladas en peñascos. Desde la cuna de su raza, ese espíritu había logrado abrirse camino a través de dos continentes y después, franqueando el ancho mar, había penetrado en un terreno donde recibió como herencia la guerra y el poder.

Era un niño de seis años, hijo de un pobre plantador. Este, durante su primera juventud, había sido soldado, había luchado en el extremo sur. Pero en la existencia apacible del plantador, la llama de la guerra había sobrevivido; una vez encendida, nunca se apagó. El hombre amaba los libros y las estampas militares, y el niño las había comprendido lo bastante para hacerse un sable de madera que el padre mismo, sin embargo, no hubiera reconocido como tal. Ahora llevaba este sable con gallardía, como conviene al hijo de una raza heroica, y separaba de tiempo en tiempo en los claros soleados del bosque para asumir, exagerándolas, las actitudes de agresión y defensa que le fueron enseñadas por aquellas estampas. Enardecido por la facilidad con que echaba por tierra a enemigos invisibles que intentaban detenerlo, cometió el error táctico bastante frecuente de proseguir su avance hasta un extremo peligroso, y se encontró por fin al borde de un arroyo, ancho pero poco profundo, cuyas rápidas aguas le impidieron continuar adelante, a la caza de un enemigo derrotado que acababa de cruzarlo con ilógica facilidad. Pero el intrépido guerrero no iba a dejarse amilanar; el espíritu de la raza que había franqueado el ancho mar ardía, invencible, dentro de aquel pecho menudo, y no era sencillo sofocarlo. En el lecho del río descubrió un lugar donde había algunos cantos rodados, espaciados a un paso o a un brinco de distancia; gracias a ellos pudo atravesarlo, cayó de nuevo sobre la retaguardia de sus enemigos imaginarios, y los pasó a todos a cuchillo.