lunes, 12 de noviembre de 2012

Jesús Silva-Herzog Márquez - Cercanía de nuevo tipo

La suerte del próximo gobierno depende más del liderazgo del Presidente sobre su partido que de su capacidad negociadora con la oposición. Es cierto, los electores reeligieron en 2012 al gobierno dividido. No le dieron al nuevo Presidente una mayoría en las asambleas federales y por ello lo obligaron a negociar con las oposiciones para promover cualquier cambio legislativo. Sin embargo, la perspectiva del acuerdo con otros partidos parece relativamente sencilla o, por lo menos, más sencilla de lo que parece el acuerdo del futuro Presidente con los muchos intereses que integran a su partido. Las propuestas que durante su campaña hizo el Presidente electo están, en efecto, más cerca de la plataforma y las propuestas de Acción Nacional que de la declaración de principios del PRI.




Una de las incógnitas del futuro inmediato es el carácter del liderazgo partidista de Peña Nieto. Doy por descontado que los dos precedentes son inservibles para lo que viene. El habitante de Los Pinos no puede volver a ser la cabeza de un partido hegemónico verticalmente disciplinado porque ya no controla todos los hilos del poder. No tendrá en sus manos los instrumentos que dispensan los premios y los castigos implacables de antaño. Bajo el viejo régimen, el Presidente era capaz de terminar fulminantemente una carrera política. Era también el gran proveedor de recompensas. Por eso, bajo aquellas reglas, la indisciplina era suicida. El Presidente tenía un inmenso poder en su partido porque era el supremo administrador de las ambiciones.

El segundo precedente fue extravagante y breve. El último Presidente priista quiso desentenderse de las responsabilidades del liderazgo partidista. Bajo la idea de que sus responsabilidades de Estado hacían incompatible la dirección informal del partido gobernante, quiso separarse ostentosamente de él. Bautizó a su política como "sana distancia" porque creía que el vicio estaba en la cercanía entre Presidencia y partido y no en el modo de ejercer influencia. No se había percatado el presidente Zedillo que el régimen había cambiado: el partido hegemónico se desvanecía a medida que los partidos ocupaban plazas de gobierno. La dinámica al interior del PRI no era ya la clave del régimen: lo importante era que la competencia ya se había instalado entre nosotros.

La confusión de aquellos años es significativa. La tesis de separar al Presidente de su partido proviene de una ingenuidad popular. Creer que las tareas del Presidente suponen alejamiento de las parcialidades partidistas: para ser un auténtico jefe de Estado hay que elevarse por encima de los partidos. Más aún, en aquellos tiempos se pensaba que un Presidente que se asumiera como cabeza del PRI estaría dispuesto a torcerlo todo para beneficiar al PRI. Hoy podemos ver las cosas de otra manera. Tener claro que el carácter democrático de un sistema proviene de la competencia entre los partidos, la mecánica de los poderes, la vigencia de la crítica, y no el liderazgo que un Presidente ejerza sobre su partido. De hecho, debemos decir que uno de los secretos de la gobernación en democracia es la capacidad del Presidente para conducir la acción legislativa de su partido. En un contexto como el nuestro, un Ejecutivo tiene que partir de su propia coalición partidista en busca de los votos necesarios para conformar mayoría. Sin el respaldo inicial de su partido, un Presidente puede hacer muy poco.

El liderazgo partidista del Presidente no es, en modo alguno, mancha democrática. Es, por el contrario, secreto de la gobernabilidad. Ahí es donde la Presidencia de Peña Nieto encara su reto más serio: cómo transformar una extensa coalición conservadora en una alianza reformista. El futuro Presidente no puede restablecer las viejas cadenas de la lealtad y de la disciplina. No tiene los instrumentos de antaño ni puede desentenderse de las responsabilidades del liderazgo. Sin los látigos ni los caramelos de antes, debe fundar un nuevo tipo de liderazgo, una nueva cercanía que sea, al mismo tiempo, eficaz y democrática. Para gobernar está obligado a conducir al PRI, pero tendrá que hacerlo en el contexto de un nuevo régimen que vive ya con rutinas de competencia entre los partidos y dentro del suyo propio; un régimen en el que la clase política no espera las instrucciones del centro sino que se mueve con los resortes locales.

La tarea del Presidente electo es propia de un equilibrista consumado. Si su vocación reformista es real, tendrá que caminar muy cerca de su partido y al mismo tiempo, tomar distancia de los intereses que ha protegido desde hace décadas.


http://www.reforma.com/blogs/silvaherzog/ Twitter: @jshm00

Leído en http://pulsoslp.com.mx/opinion/cercania-de-nuevo-tipo/

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