miércoles, 5 de diciembre de 2012

Jorge Zepeda Patterson - La izquierda: ¿MORENA o PRD?

Ahora que dicen que Peña Nieto es social demócrata y de izquierda moderada por sus 13 propuestas (diario alemán Die Welt) más confusión tendremos los mexicanos para entender qué es la izquierda en este país. ¿El PRD? ¿López Obrador? ¿Ebrard o Mancera? ¿PT o Convergencia? ¿#YoSoy132? ¿Todos y ninguno? 

El hecho de que todos ellos estuvieran a la sombra del gran paraguas de la candidatura de AMLO nos ahorraba el esfuerzo de hacer deslindes y precisiones, pero luego de la separación del tabasqueño y MORENA del PRD, a la izquierda le han salido muchos apellidos: radical o moderada, auténtica o entreguista, extremo izquierda y centroizquierda, etc. 

A mi no me parece una mala idea la separación de la izquierda en dos grandes corrientes. De hecho, me parece más útil. Primero, porque el país necesita ambas. 





Centroizquierda 

La vida institucional requiere de una izquierda que participe en las instancias públicas: en el poder legislativo para impulsar leyes y presupuestos que favorezcan al sector social o para denunciar y limitar aquellas que le sean lesivas. Es conveniente que encabece algunos gobiernos estatales, lo cual obliga al ejecutivo federal a operar con mayor pluralidad en el manejo territorial, entre otras cosas. 

Pero esta izquierda “institucional” está obligada a jugar el juego republicano y democrático. Tomarse la foto con las otras fuerzas, incluyendo al Presidente, negociar todos los días con sus contrapartes, ocupar espacios en el entramado institucional. Yo no encuentro nada reprochable en la firma que Jesús Zambrano estampó en el pacto político (más allá de saber si tenía o no las atribuciones para hacerlo). Esta izquierda está en la obligación de impulsar la agenda democratizadora, ciudadanizadora y a favor de la equidad. Así sea con un gobierno priísta. Es el que tenemos y eso no cambiará en seis años. Lo que si puede mejorar es la condición de lo ancianos, las madres solteras, los desempleados, o el combate a la corrupción.

Yo no se si las motivaciones de Peña Nieto para promover un pacto político como el que se firmó sean auténticas o demagógicas. Pero si cabe la posibilidad de que el Presidente sea democrático a su pesar, habría que crear las condiciones para ello. En teoría, difícilmente alguien de la izquierda puede estar en desacuerdo con los 95 compromisos firmados el domingo. Algunos son perfectibles, desde luego, pero no son un mal punto de partida. Cada uno posee fechas de cuando inicia y cuando termina, lo cual les convierte en algo más que paja demagógica. Se necesita que el PRD, sus legisladores y gobernadores, estén allí para participar e influir en los cambios. 

Izquierda radical 

Del otro lado, el país necesita la oposición de la calle que MORENA y el “#YoSoy132” pueden proporcionar. Podemos dar por descontado que las élites no van a ceder graciosamente algunos de los privilegios que el pacto pone en riesgo. Sin la presión externa es muy probable que Peña Nieto termine deslactosando los compromisos, y convirtiendo los cambios en meros maquillajes. Se necesita una fuerza externa al sistema que exhiba y confronte cuando haya retrocesos, distorsiones y exabruptos autoritarios. Un papel que pueden y deben hacer MORENA en la calle y los jóvenes politizados en las redes sociales. En ocasiones el único incentivo para que los poderes factuales cedan espacios y privilegios es la necesidad de legitimidad frente a la crítica, e incluso, frene al riesgo que entraña la inestabilidad. Y eso supone músculo para movilizar a sectores sociales y ciudadanos desvinculados de la política de todos los días. 

El problema con tener dos izquierdas, una moderada e institucional, y otra radical y ajena al status quo, es la tendencia al canibalismo que ha caracteriza a las izquierdas históricamente. Necesitamos a las dos tendencias, pero no si se van boicotear una a la otra. El problema es que en el pasado las distintas tribus han actuado como si su oponente principal estuviera en la propia casa. Sólo la candidatura de Andrés Manuel y la posibilidad real de llegar a Los Pinos habían posibilitado un frágil equilibrio. Pero ahora que hay una separación definitiva y MORENA podría convertirse en un partido rival del PRD las luchas fratricidas están a la vista.

Lo riesgos son evidentes. De entrada, la gobernanza de la ciudad. Los 12 años de buen gobierno que gozaron los capitalinos con el PRD fueron gracias a la coexistencia de los distintos grupos. Pero eso podría romperse ahora. Un boicot de las huestes bejaranistas en contra de Miguel Mancera, por ejemplo, pondría en jaque a la ciudad. Cuatro días sin recolecta de basura, un paro de taxistas, una huelga del sindicato del Metro o la invasión de comerciantes ambulantes a las zonas “liberadas”, lesionaría gravemente la imagen del PRD en el gobierno. 

No será fácil, pero las dos corrientes podrían ser complementarias. La presión de la calle “sensibilizaría” al ejecutivo y permitiría que los moderados tuviesen más margen de maniobra para participar en el diseño e implementación de las reformas. 

Por el momento no está del todo claro qué tribus se quedarán en el PRD y cuáles se irán a MORENA. Marcelo Ebrard, René Bejarano o Alejandro Encinas, entre muchos otros, no se han pronunciado en definitiva. En las próximas semanas cada cuál tendrá que tomar una decisión al respecto. 

Pero cualquiera que esta sea, MORENA o el PRD, las dos izquierdas deben entender que tienen mucho más en común una con la otra, que con el resto del arcoíris político. Eventualmente, incluso, podrían tener candidaturas únicas o de alianza para comicios intermedios y regionales.

 Lo cierto es que la maquinaria priista llegó mucho más aceitada de lo que todos habíamos imaginado. El propio pacto político firmado al día siguiente de la toma de posesión lo confirma. Si la izquierda, con sus dos muy válidas acepciones, termina enfrentada entre sí, será barrida por el trabuco político y económico que están armando en Los Pinos.   

@jorgezepedap

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