sábado, 12 de octubre de 2013

Jaime Sánchez Susarrey - ¿180 grados?

El mimetismo del gobierno de Peña Nieto con el PRD, y en particular con López Obrador, se puede ejemplificar también con el discurso sobre la violencia y el delito

La izquierda está de plácemes. Jesús Zambrano, presidente del PRD, lo ha puesto negro sobre blanco:

"Nadie podrá negar que el PRD ha influido para evitar el IVA en alimentos y medicinas, lograr una reforma hacendaria progresiva, avanzar en la eliminación de los paraísos fiscales, reconocer la necesidad de un nuevo régimen fiscal para Pemex, hacer a un lado el dogma del déficit cero para reactivar la economía, y dar pasos decisivos en el establecimiento de un sistema de seguridad social universal y lo hemos logrado gracias a nuestros esfuerzos en el Pacto, en las cámaras y en los distintos espacios públicos" (El Universal, 12/sep/13).







El presidente del PRD tiene razón punto por punto. Reconoce claramente lo que el gobierno de la República disfraza o matiza.

La razón de mantener la exención a medicinas y alimentos no derivó de la coyuntura económica; fue estrictamente política. Por eso el secretario de Hacienda ratificó que no se abriría ese capítulo en lo que resta del sexenio.

La idea de una reforma progresiva, que se ha traducido en una serie de medidas que golpean a la clase media, tiene también el sello perredista.

Y qué decir del nuevo régimen fiscal de Pemex que se incluye sin amarrar con la izquierda el apoyo a una reforma cabal del sector energético.

En lo que se refiere al "tabú del cero déficit fiscal" la historia no miente. La izquierda -priista y socialista- fue partidaria de la intervención masiva del Estado en la economía y del gasto, vía déficit fiscal, durante los gobiernos de Echeverría y López Portillo.

Por las mismas razones se opuso y denunció a Miguel de la Madrid, Salinas y Zedillo, para no hablar de Fox y Calderón.

De ahí que no sea casual que, en el citado artículo, Zambrano se refiera a que estas "reformas parten del reconocimiento de que el modelo económico y social, de esencia neoliberal, implantado en México desde hace 30 años, no sólo no ayudó al desarrollo del país, sino que agudizó los problemas estructurales de falta de crecimiento económico, desigualdad social y ausencia de oportunidades para las nuevas generaciones, amén de que fácticamente se asume que se ha tocado fondo y que es imperativo un golpe de timón y un cambio de rumbo".

Ese es el lenguaje que AMLO ha utilizado una y otra vez para confirmar la tesis de que la Revolución Mexicana extravió el rumbo en 1982, con la llegada de Miguel de la Madrid a la Presidencia de la República.

Vale agregar que las omisiones de la iniciativa de reforma fiscal son tan importantes y sintomáticas como su contenido.

La miscelánea carece de un mecanismo efectivo para ampliar la base fiscal. Ésa nunca ha sido una preocupación de la izquierda. Si lo fuera, se vería obligada a reconocer que el fin de los paraísos fiscales, es decir, de los regímenes especiales de recaudación, pasaría obligadamente por la eliminación de la exención fiscal a medicinas y alimentos.

Tampoco figura en la agenda la preocupación por simplificar la regulación sobre las empresas ni crear condiciones para incrementar la productividad. Eso explica que el reclamo justiciero de un sistema de seguridad social universal prevalezca sobre cualquier otra consideración y que no se tenga empacho en incrementar la regulación y los costos para las empresas.

Por eso el seguro contra el desempleo supondrá una contribución adicional para los empresarios sin que a cambio se toque la ley federal de trabajo ni el sistema de liquidaciones, que funciona -en los hechos- como un seguro contra el desempleo.

Por todas esas razones no hay duda que la iniciativa de reforma fiscal pasará, como lo ha adelantado el propio Zambrano, con el voto del PRD en el Congreso.

¿Cómo entender lo que está ocurriendo? ¿Como un simple guiño del gobierno de Peña Nieto al PRD? ¿O como un giro de 180 grados respecto del "neoliberalismo" que se habría impuesto en el país durante los últimos 30 años?

No es posible, por el momento, dar una respuesta definitiva. Porque si uno se atiene a lo que está sucediendo, se podría concluir que el PRI que regresó al poder no es el partido reformador de De la Madrid, Salinas y Zedillo, sino el estatista de Luis Echeverría y López Portillo.

Más aún, la convergencia PRI-PRD en materia hacendaria abriría la posibilidad de un acuerdo de largo plazo que podría convertirse, incluso, en una alianza electoral. No sobra recordar que el PRI se ha asumido siempre como un partido de centro-izquierda.

El mimetismo del gobierno de Peña Nieto con el PRD, y en particular con AMLO, se puede ejemplificar también con el discurso sobre la violencia y el delito. La marginación y la pobreza se esgrimen como las únicas causas relevantes para explicar esos fenómenos.

De ahí que la agenda de seguridad y cuerpos policiacos ocupe el último lugar en las preocupaciones del gobierno actual. Baste citar, como ejemplos, el impasse en que se encuentran la Gendarmería Nacional y la unificación de los mandos policíacos.

Así que, si por los elementos enumerados fuera, se podría afirmar, sin lugar a dudas, que el gobierno de Peña Nieto está tendiendo puentes con la izquierda para forjar una alianza de largo aliento.

La incógnita que queda por resolver en esa ecuación es la reforma energética. Porque, hasta ahora, la única posibilidad que tiene de prosperar la iniciativa presentada por Peña Nieto es en alianza con el PAN. Además que le generará un enfrentamiento, sin cuartel, con toda la izquierda.

En las semanas que vienen sabremos si estamos ante un pragmatismo extravagante, que da un paso a la izquierda para dar dos a la derecha, o ante un giro de 180 grados respecto del "neoliberalismo", como postula Jesús Zambrano.


Leído en Reforma

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